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DOS MUNDOS DIFERENTES: LA RELIGIÓN DEL PUEBLO Y EL EVANGELIO

Una vida según los usos y las costumbres del pueblo y una vida inspirada en el Evangelio; una vida sumergida en los ritos y encerrada en sí misma, que mira hacia el pasado y no sabe qué hacer ante los cuestionamientos que presenta el mundo actual, y una vida con una identidad cristiana bien definida y al mismo tiempo en una continua búsqueda del plan de Dios, abierta al diálogo con todos y capaz de encontrar una respuesta ante las interrogantes del presente y el futuro. Yo opté por una vida según el Evangelio. ¿Y los usos y las costumbres? Hasta cierto punto.

Por el P. Flaviano Amatulli Valente, fmap

Una mezcla

La Religión del Pueblo es un total sincretismo o mezcla de los elementos más variados: creencias del antiguo mundo indígena, algunos contenidos cristianos interpretados de manera diferente según los lugares, chispas de sabiduría divina y popular e intuiciones acerca del origen del mundo, el sentido de la vida y el más allá. Valores y antivalores, algo bueno y algo malo, verdades y errores, y todo esto a la insignia de la fe y al amparo de la máxima autoridad, representada por el Pueblo.

Agua bendita y aguardiente, santos y naguales, curas, rezanderos y brujos; petición confiada a Dios (¿cuál dios?) y hechizo, peregrinación al santuario, fiesta patronal, sacramento y borrachera. Todo cabe en la Religión del Pueblo. Así es cuando el pueblo manda y no la Palabra de Dios.

Un camino truncado

En el fondo se trata de un camino truncado, una evangelización a medias, algo natural en el acontecer de los individuos, las comunidades y los pueblos. ¿Dónde radica el problema? En querer considerar la Religión del Pueblo como algo definitivo, un punto de referencia seguro y un camino de salvación a secas, sin necesidad de intervención alguna.

De ahí el triste espectáculo de una religión descompuesta, hecha de folklor más que de espiritualidad, un catolicismo popular híbrido, del cual nadie se hace responsable.

Conversión

¿Acaso los contemporáneos de Jesús no tenían ninguna religión? Y sin embargo Jesús les habló de un cambio: “Conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1, 15). Un cambio de mentalidad y actitudes prácticas, dictadas por el Evangelio. En realidad, para el discípulo de Cristo el Evangelio tiene que ser su ley suprema, el camino obligado para llegar a la plenitud.

Para eso está la Iglesia con todo su aparato ministerial. De otra manera, ¿qué sentido tendría su presencia en el mundo?

Origen de una opción

Y, sin embargo, entre los mismos pastores, no faltan elementos que toman la Religión del Pueblo como norma suprema de conducta o un pretexto para hacer lo que más les conviene, dándole al Pueblo lo que les pide con tal de no meterse en problemas y conseguir el pan de cada día . ¿A qué se debe? A una falta de conversión.

Surgen de la Religión del Pueblo, se mueven en ella, viven de ella y la alimentan. De ahí un cierto rechazo instintivo hacia la Palabra de Dios, vista como una amenaza más que como una ayuda para una vida espiritual más digna. Se sienten cuestionados por ella y por eso no la quieren. Su mundo es otro.

La estudian como una materia obligatoria para acceder al ministerio ordenado, pero no están dispuestos a hacer de ella su fuente principal de inspiración. La soportan por tratarse de algo que rebasa por completo las exigencias de la Religión del Pueblo, que en muchos casos se reduce a una pura pantalla cristiana con contenidos muy diferentes.

Clero regular y clero secular

Antes se manejaba esta distinción, viendo en el clero regular (los religiosos) una mayor entrega al servicio de Dios y del prójimo y en el clero secular (los diocesanos) menos entrega. Hoy en día, debido a factores de orden ideológico que han infestado ambos cleros, posiblemente esta distinción ya no tiene la misma vigencia. Sería mucho mejor hablar de clero según el Evangelio, que sale de una conversión personal, y clero según la Religión del Pueblo, imbuido de ideas y prácticas, que tienen poco que ver con el Evangelio.

Alguien que vive en el quinto piso, posiblemente podría escandalizarse ante este planteamiento y tacharme de exagerado. En este caso, pregunte a la gente de la calle, aunque medianamente sensible a los valores espirituales, y le dará una respuesta.

¿Cuál pueblo?

Además, hay que examinar otro detalle muy importante: ¿de qué Pueblo estamos hablando? En efecto, antes la sociedad era una realidad monolítica. Todos tenían la misma religión, los mismos usos y las mismas costumbres, con raras excepciones. Por lo tanto, la expresión Religión del Pueblo tenía algún sentido. Pero ahora cambiaron las cosas. En el mismo ambiente existe una enorme diversidad de creencias, usos y costumbres. La sociedad se volvió plural.

En este contexto, entonces, ¿qué sentido tiene hablar de Religión del Pueblo? ¿Cuál Pueblo? ¿Acaso los testigos de Jehová, los indiferentes religiosamente y los no creyentes no forman parte del mismo pueblo?

Conclusión

Dejémonos de sofismas y empecemos a trabajar en serio. Aprendamos a llamar cada cosa por su nombre y nos evitaremos problemas inútiles. Ya basta de llenarnos la boca de palabras altisonantes. O la Gran Misión o Misión Continental se volverá en pura palabrería, sin una incidencia real en la vida de la Iglesia.

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