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¿Podemos pedir la intercesión de los santos que están en el cielo?

Por Andrés García Méndez fmap.

andres_gmap@hotmail.com

  1. intercesionOBJETIVO: Conocer la base bíblica que nos habla de la intercesión de los santos que están en el cielo para dar una respuesta a las personas que nos cuestionan sobre este tema.
  2. IDEA CENTRAL: “Vi debajo del altar a las almas de los inmolados a causa de la palabra de Dios y del testimonio que mantuvieron. Clamaron con gran voz: ¡Señor santo y veraz! ¿Para cuándo dejas el hacer justicia y vengar nuestra sangre contra los habitantes de la tierra? Entonces se les dio a cada uno una túnica blanca y se les dijo que aguardaran todavía un poco, hasta que se completase el número de sus hermanos y compañeros de servicio que iban a ser inmolados como ellos” (Ap 6, 9-11).

 

  1. DINÁMICA:

Te invito a ofrecer a Dios, por el alma de tus familiares y conocidos difuntos el siguiente “Rosario por los Difuntos”.

Guía: Por la señal de la Santa Cruz de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Guía: Para que nuestra oración pueda agradar a Dios, purifiquemos nuestro corazón, arrepintiéndonos de nuestros pecados. Recemos todos el ACTO DE CONTRICIÓN:

Todos: ¡Oh Jesús mío!, me arrepiento de haberte ofendido, porque eres infinitamente bueno, padeciste y moriste por mí clavado en la cruz. Te amo con todo mi corazón y propongo nunca volver a pecar. Amén.

Guía: Vamos a meditar las siguientes jaculatorias bíblicas, repitiéndolas e interiorizándolas 10 veces, ofreciéndolas a Dios por nuestros familiares y conocidos difuntos.

Primer Misterio: Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que murieron (1Cor 15,20). -Repetir 10 veces-

Segundo Misterio: Habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos (1Cor 15,21). -Repetir 10 veces-

Tercer Misterio: El alma de los justos está en manos de Dios y ningún tormento les afectará (Sabiduría 3,1). –Repetir 10 veces-

Cuarto Misterio: Padre, en tus manos pongo mi Espíritu (Lc 23,46). –Repetir 10 veces-

Quinto Misterio: Caminaré en presencia del Señor en el mundo de los vivos (Salmo 116,9). –Repetir 10 veces-

Después de haber meditado 10 veces la primera jaculatoria bíblica, se alaba a la Santísima Trinidad diciendo:

+ Gloria al Padre y al Hijo, y al Espíritu Santo.

- Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

+ María, Madre de gracia, Madre de misericordia,

- en la vida y en la muerte, ampáranos, gran Señora.

+ Sagrado Corazón de Jesús,

- En ti confío.

+ Oh Jesús mío, perdona nuestras culpas, presérvanos del fuego del infierno. Lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu misericordia. Amén.

(Se sigue con el segundo Misterio, hasta terminar los cinco misterios).

+ Se reza el Padre Nuestro.

+ Dios te salve, María, hija de Dios Padre, Virgen purísima y castísima antes del parto, en tus manos encomendamos nuestra fe para que la alumbres. Llena eres de gracia; el Señor está contigo. Bendita eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

- Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

+ Dios te salve, María, Madre de Dios Hijo, Virgen purísima y castísima en el parto, en tus manos encomendamos nuestra esperanza para que la alientes. Llena eres de gracia; el Señor está contigo. Bendita eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

- Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

+ Dios te salve, María, esposa del Espíritu Santo, Virgen purísima y castísima después del parto, en tus manos encomendamos nuestra caridad para que la inflames, llena eres de gracia; el Señor está contigo. Bendita eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

- Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

+ Dios te salve, María, templo, trono y sagrario de la Santísima Trinidad, Virgen concebida sin la culpa original…

Salve

+ Dios te salve, Reina y Madre, Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra. Dios te salve. A ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce siempre Virgen María!

+ Ruega por nosotros, santa Madre de Dios.

- Para que seamos dignos de alcanzar las divinas gracias y Promesa de Nuestro Señor Jesucristo. Amén.

+ Se reza la letanía.

+ Al concluir la letanía, se realiza la siguiente oración:

Guía: OREMOS: Señor, concede a tus hijos gozar siempre de completa salud de alma y cuerpo; y por la intercesión de la gloriosa siempre Virgen María, líbranos de las tristezas de esta vida y concédenos disfrutar de las alegrías eternas. Por Cristo nuestro Señor.

Todos: Amén.

Guía: Concluyamos nuestro Santo Rosario, rezando todos juntos:

Todos: Por la señal de la santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

  1. DESARROLLO DEL TEMA: Sabemos que los santos están en la gloria. Es razonable preguntarnos, sin embargo, cómo viven ahora, y cuáles son los límites de su conocimiento y de su actividad. El Apocalipsis nos da algunas respuestas.

San Juan el profeta podía “ver” los cielos porque él había entrado en esa nube de gloria. Al recibir aquella visión, “caí en éxtasis un domingo y oí detrás de mí una gran voz, como una trompeta” (Ap1, 10). Entre los huéspedes del cielo, vio una multitud de santos y distinguió tres categorías: mártires, vírgenes y confesores. Su primer encuentro con los mártires es particularmente elocuente:

“Vi debajo del altar a las almas de los inmolados a causa de la palabra de Dios y del testimonio que mantuvieron. Clamaron con gran voz: ¡Señor santo y veraz! ¿Para cuándo dejas el hacer justicia y vengar nuestra sangre contra los habitantes de la tierra? Entonces se le dio a cada uno una túnica blanca y se les dijo que aguardaran todavía un poco, hasta que se completase el número de sus hermanos y compañeros de servicio que iban a ser inmolados como ellos (Ap 6,9-11).

¿Se basa este breve pasaje en lo que sabemos sobre los mártires que ya gozan del cielo? Conocemos que ellos se comunican con Dios: claman a Dios y Él les responde. Sabemos que conocen lo que ocurre en la tierra, y que abogan por la causa del justo frente al injusto, y por la causa de la Iglesia frente a la de sus perseguidores. Sabemos también que poseen algún conocimiento previo del futuro, por la gracia de Dios. Saben lo que va a suceder a “sus compañeros y hermanos”. Lo que vemos en el Apocalipsis confirma lo que se lee en la carta a los Hebreos: los mártires en el cielo son como una “nube de testigos” (Heb 12,1) alrededor de sus hermanos cristianos de la tierra. Además, en el cielo son intercesores de las necesidades de la Iglesia en la tierra.

En el siguiente capítulo del Apocalipsis, encontramos a los confesores, aquéllos “que vienen de la gran tribulación, los que han lavado sus túnicas y las han blanqueado con la sangre del Cordero (Ap 7,14). Y vemos que este grupo está “ante el trono de Dios, y le sirven día y noche en su Templo (v. 15). Su servicio es rezar, como comprobamos unos versículos más adelante: “Vino otro ángel y se quedó en pie junto al altar con un incensario de oro. Le entregaron muchos perfumes para que los ofreciera, con las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro que está ante el trono” (8,3-4). Su poderosa oración, mediada por los ángeles, se alza hacia el cielo, pero tiene efecto inmediato en la tierra: “Tomó el ángel el incensario, lo lleno con las brasas del altar y las arrojó a la tierra. Entonces se produjeron truenos, voces, relámpagos y un gran terremoto” (v.5).

Observamos de nuevo que los santos no sólo hablan con Dios, sino también que su conversación trata sobre asuntos de la tierra, y que esta conversación tiene un efecto inmediato y poderoso en los acontecimientos de la tierra.

Los santos reciben su poder como una bendición de Dios. Juan refiere una voz que dice: “Bienaventurados los muertos”, dice el Espíritu, “que descansen de sus trabajos, porque sus obras les acompañan (Ap 14,13).

Está claro, por el Apocalipsis de San Juan, que la bendición de los santos en los cielos se derrama en cascada para bendecir también la tierra.

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