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13 octubre, 2017 @ 5:28 PM by Rodríguez

2do. capítulo de la Realidad Eclesial a la luz de la Palabra de Dios 3ra. parte.

2.- LA LIBERTAD RELIGIOSA 

¿En qué consiste?

                La Declaración Conciliar “Dignitatis Humanae” sobre “La Libertad Religiosa” reza textualmente:

“Este Concilio Vaticano declara que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres tienen que estar inmunes de coacción, sea de parte de personas particulares como de grupos sociales y de cualquier potestad humana; y esto de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra consciencia, ni se le impida actuar conforme a ella en privado y en público, solo o asociado con otros, dentro de los límites debidos. Declara, además, que el derecho a la libertad religiosa está fundado en la dignidad misma de la persona humana, tal como se la conoce por la palabra revelada de Dios y por la misma razón natural” (DH, 2). 

Interpretación equivocada

                No obstante la extrema claridad con que el mismo Concilio Ecuménico Vaticano II presenta el asunto de la “Libertad Religiosa” como falta de coacción externa, en la práctica, no falta algún pastor de almas, que, para evitarse la molestia de aclarar a sus feligreses alguna duda, surgida por el contacto con los grupos proselitistas, apela al principio de la “Libertad Religiosa” para concluir que tranquilamente, para evitarse cualquier problema, cada uno puede escoger la religión que más le guste, sin ninguna preocupación de orden moral.

El mismo Dios

¡Como si todo fuera lo mismo: catolicismo, pentecostalismo, budismo o islamismo! Hasta se llega a decir: “En el fondo, todos servimos al mismo Dios”.

Claro que todos servimos al mismo Dios. En realidad, el problema no está en Dios, sino en nosotros, que nos relacionamos con Él de una manera u otra, según el camino que nos señala cada religión.

Sin olvidar que la religión católica representa el “camino real” para relacionarnos con Dios de la manera más correcta posible, puesto que tiene como fundador al mismo Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre (cfr. “Buscando a Dios”, de nuestras ediciones).

Apostasía y herejía

                Y sin olvidar tampoco que, entre nosotros, existen también los pecados de apostasía y herejía. 

                ¡Hasta qué punto pueden llevar la superficialidad y la flojera en asuntos de tanta importancia!

La conciencia

Entiendo que, en el fondo, lo que determina el valor de todo lo que se hace es la propia conciencia. Según su manera de ver las cosas, seremos juzgados al final de nuestra vida. Sin embargo, por otro lado, sería también oportuno recordar que cada ser humano tiene la obligación de formar su propia conciencia según los medios que tiene a disposición.

                Claro que las mismas costumbres fácilmente pueden inducir al error, especialmente cuando en algún lugar haya una religión oficial, en la cual casi todos estén metidos. Ni modo. En este caso no nos queda que dejarlo todo en las manos de Dios, que sin duda comprende la situación concreta en que cada uno se haya desenvuelto.

Nuestra misión

                Para nosotros, lo que importa es no dejar de cumplir con nuestra misión, que consiste esencialmente en “dar testimonio de nuestra fe” (Mt 5, 13-14) y “predicar” sin descanso el Evangelio de Cristo (Mc 16, 15).

                Después lo dejamos todo en las manos misericordiosas de Dios, que sin duda bien sabe lo que hace.

PALABRA DE DIOS

“Dios hizo que lo buscaran y lo encontraran aún a tientas. Porque no está lejos de ninguno de nosotros, ya que en Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hech 17, 27-28).

“Cuando los paganos, que no tienen la ley, cumplen espontáneamente lo que exige la ley, no teniendo ley, ellos son su ley, y así demuestran que llevan la exigencia de la ley grabada en el corazón. Lo demuestra también el testimonio de la propia conciencia, que unas veces los acusa y otras los disculpa hasta el día en que, de acuerdo con mi Buena Noticia y por medio de Cristo Jesús, Dios juzgará lo oculto del hombre” (Rom 2, 14-16).

“Dios quiere que todos los hombres se salven” (1Tim 2, 4).

“Si, haciendo el bien, tienen que aguantar sufrimientos, eso es una gracia de Dios. En efecto, esa es su vocación, porque también Cristo padeció por ustedes, dejándoles un ejemplo para que sigan sus huellas” (1Pe 2, 20-21).

 

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