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16 enero, 2017 @ 11:27 PM by Emmanuelle Cueto

CONFESIONES DE UN SEMINARISTA -Tan humanos, pero elegidos- Parte I

 

Por el Diácono Emmanuelle Cueto Ramos, fmap

El humano es complejo, mucho más que cualquier máquina o fórmula química. Querer explicar la complejidad del ser humano en su totalidad es como desear comprender en su totalidad el universo mismo. El ser humano no se puede explicar sólo en procesos físico-químicos, sería reducir al mismo hombre y limitar la grandeza de la creación de Dios dada al hombre. El ser humano es sentimientos, pasiones, facultades… es un todo, no un simple cúmulo de emociones y procesos físico-químicos. La psicología en gran medida ha ayudado a comprender esta complejidad del hombre, pero existe un gran abismo entre sus alcances y la totalidad del ser humano.

¿Qué es un seminarista?

Ante todo: un hombre. Un hombre como cualquier otro, con debilidades, virtudes, defectos, limitaciones, propenso a cometer errores y creado para aprender de ellos. La idea generalizada que posee la gente,  es que todo joven que desea entrar al seminario es un tipo de “ángel” inmune a cualquier tentación o problema. Se cree –muchas veces- que al entrar al seminario las cosas se dan por arte de magia: fuera problemas, fuera tentaciones, no más dificultades familiares… etc. ¡Cuán equivocada está la gente! ¡Si supieran! ¿Por qué? Porque el hecho de entrar a un seminario no quita para nada lo que cualquier persona puede pasar. Porque estamos sometidos a los avatares del mundo, a las tentaciones, a los problemas, a la dificultad de convivir con personas que en un principio son extrañas al círculo familiar y de amistad.

El seminario es como un campo, un lugar donde se siembra a la espera de que esa semilla pueda dar fruto si es preservado con amor, delicadeza y cuidado sincero. En realidad la palabra seminario significa “semillero” “lugar donde se siembra la semilla”. Por eso el seminarista es esa semilla sembrada en un lugar donde junto con otras  procura encontrar el lugar o el campo donde Dios desea que florezca y pueda dar frutos.

Tan humanos como todos, tan elegidos para Dios

Alguien por ahí me decía: “Es que los seminaristas se creen mucho; se sienten los elegidos” hay gran verdad en esta expresión pero un error también. Y es que no en pocos casos los que entramos a un seminario venimos de familias sencillas y humildes y una vez dentro ocurre una transformación sorprendente: ya no somos los mismos de antes, nos volvemos especiales con las cosas y las personas. ¡Cierto, hay que ser realistas y sinceros! Muchos ya no comemos cualquier cosa, nos volvemos delicados y deseamos que la gente nos aplauda y nos trate de forma especial por el hecho de “ser seminaristas” Y lo triste del asunto es que cuando volvemos a casa la gente se extraña porque perdemos La sensibilidad con el prójimo por sentirnos “especiales”. En este sentido es cierta la expresión: “Es que los seminaristas se creen mucho; se sienten los elegidos” pareciera que el seminario nos vuelve orgullosos y soberbios ¿A todos nos sucede? Ciertamente que no, existen muchos casos de seminaristas sinceros, humildes en su personalidad y auténticos en su forma de ser.

Pero está la otra cara de la moneda: “Sentirse elegido” Cierto, si nos sentimos elegidos como pensando que nadie está a nuestro nivel ya nos estamos “saliendo del calcetín” sin duda alguna. No somos más importantes que cualquier feligrés, sacerdote o religiosa. Pero si entendemos correctamente el “ser elegidos” comprendemos que el primer paso lo ha dado el Señor al llamarnos: “No fueron ustedes los que me han elegido a mí, he sido yo el que los ha elegido a ustedes” (Jn 15,16) en este sentido somos elegidos y hemos de sentirnos como tal.

Somos elegidos para transitar  un camino específico. La vida de un seminarista es una búsqueda. Pero ¿Qué tipo de búsqueda? ¿La comodidad a futuro? ¿El aplauso del pueblo? ¿El ser amado por los demás? ¿El poseer un buen carro o una buena casa? ¿La seguridad económica?  Si éstas son las cosas que uno busca como seminarista, es muestra de que hemos perdido la brújula que dará dirección a nuestro caminar. Seremos como los magos que iban a Belén y al perder la estrella que los guiaba… fueron a parar a casa de Herodes.

Estas son las confesiones de un seminarista y debo reconocer que no en pocas ocasiones muchos hemos perdido la estrella que conduce a Jesús. Porque muchos buscamos la comodidad, la seguridad económica y el fuerte deseo de “ser” y de “tener”; sirviéndonos del estatus de seminarista. ¡Dios nos libre cuando lleguemos a ser sacerdotes! Cuántas veces no he escuchado charlas entre seminaristas donde de lo que se habla es de “Cuando llegue a sacerdote, tendré tal o cual carro, tal o cual celular, tal o cual parroquia de mejor posición” Y se ve las parroquias como “plazas” donde el más cercano al obispo tendrá una mejor y el más amolado se va a la sierra o a tal o cual parroquia lejana.

Lo sé, es triste que muchos seamos así. Somos humanos, somos débiles y lo realmente triste es que muchos llegan a ser sacerdotes. Todos entramos al seminario con muy buenas intenciones y pocos llegan a ser sacerdotes con el ideal de ser santos.

 

Doble vida, una manía común

Qué difícil es para una persona el poder ser coherente entre lo que habla, profesa y dice y lo que realmente vive en la vida práctica. Y esto sucede también dentro del seminario. Cuántos seminaristas que llevan una doble vida, por un lado la vida dentro del seminario y por otra el tener novia. Y por desgracia –sí por desgracia- existen muchos “formadores del seminario” que al notar las incertidumbres vocacionales del seminarista aconsejan al joven diciendo: “Es bueno que tengas una experiencia de noviazgo para que así estés seguro de lo que quieres” Qué pésimo consejo. Es como decirle a un joven o señorita: ten muchos novios para que así sepas a qué le tiras.

Y partiendo de esto, no es raro ver a seminaristas que al mismo tiempo están dentro del seminario y tienen su novia en tal o cual parroquia. ¿Cómo le hacen? Salen con el típico: Estoy en mi año de probación, mi año para ver si es por aquí o no” Deja decirte mi querido hermano (a) que lees esto: No existe tal “año de prueba”. Es una falacia que se usa para llevar una doble vida. O es seminarista y no puede tener novia; o no lo es, y que mejor no diga ser seminarista, así de simple.

Y así muchos sobreviven la vida del seminario, con una doble vida. Llegan a ser sacerdotes y muy pronto dejan el ministerio ¿Razón? Nunca fueron sinceros. Las cosas como son. Otra cosa es que se va por el camino del seminario con sinceridad y en el proceso en un momento de debilidad  cae. Son cosas distintas: Tan humanos… pero elegidos. Cualquier puede caer, nadie está exento.

 

Continuará…

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Comentarios

4 comentarios a este artículo

  1. Muy bueno su comentario P.D

    Adri
    Responder
  2. Gostei muito do comentário sou do Brasil

    Jefferson Moreira luz
    Responder
  3. Muy interesante. Una reflexión incómoda para algunos seminaristas, pero muy cierto. El ser seminarista, no te quita el seguir siendo humano, el querer obtener ” cosas materiales”, el pensar como cualquier otra persona. Sigue siendo una persona quizá con las mismas carencias y debilidades como cualquier otra persona,solo que aquí se lucha por mantener una vida llena del Espíritu Santo, diferente a la vida anterior (claro, como dice el Diacono Cueto lamentablemente no todos son así). La diferencia es el llamado de Dios que le hace mediante diferentes situaciones o circunstancias. Lo que enorgullece, es que hay seminaristas que realmente buscan consolidar la paz interior y exterior con su historia de vida. Esa es mi humilde opinión una pequeña observación desde la sociedad como feligrés.

    Patricia Valles
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  4. Muy buena reflexión. Padre diácono, tuve el gusto de saludarlo cuando vino a su ordenación a San Andrés Tuxtla. Ver. Soy vecina del seminario en dicha ciudad. Dios lo bendiga.

    Verónica del Rocío Figueroa López
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