Por el padre Jorge Luis Zarazúa Campa, FMAP
Cada generación parece convencida de vivir los “últimos tiempos”. Guerras, terremotos, pandemias, crisis económicas, colapso ecológico o violencia creciente reavivan una pregunta tan antigua como la fe misma: ¿se acerca el fin del mundo? En el imaginario colectivo, esta expresión suele evocar destrucción, castigo y miedo. Sin embargo, cuando se la mira desde la fe cristiana, el “fin del mundo” revela un significado radicalmente distinto: no es el triunfo del caos, sino la plenitud de la promesa de Dios.
1. El lenguaje del fin: símbolos que revelan esperanza
La Sagrada Escritura habla del fin con un lenguaje cargado de imágenes fuertes: cielos que se estremecen, estrellas que caen, juicios, trompetas, sellos y bestias (cf. Libro del Apocalipsis). Lejos de ser un guion de catástrofes, este lenguaje apocalíptico nace en contextos de persecución y sufrimiento. Su finalidad no es asustar, sino consolar: recordar a los creyentes que la historia no está en manos del mal, sino en las manos fieles de Dios.
Jesús mismo advierte contra la tentación de convertir estos signos en cálculos o fechas: “Nadie sabe el día ni la hora” (cf. Mt 24,36). El Evangelio no alimenta la curiosidad morbosa sobre el futuro, sino la responsabilidad ética en el presente.
2. El fin del mundo no es destrucción, sino cumplimiento
Desde la teología cristiana, el fin del mundo no significa aniquilación, sino consumación. San Pablo lo expresa con una imagen poderosa: la creación entera “gime con dolores de parto” (cf. Rom 8,22). No son dolores de muerte, sino de nacimiento. El mundo no es descartado por Dios, sino transfigurado.
Esta visión corrige dos errores frecuentes. El primero es el catastrofismo, que ve el futuro solo como amenaza. El segundo es el espiritualismo evasivo, que desprecia la historia concreta esperando una salvación “fuera del mundo”. La fe cristiana afirma, en cambio, que Dios llevará esta historia —con sus luces y sombras— a su plenitud definitiva en Cristo.
3. El juicio: verdad, justicia y misericordia
Hablar del fin implica hablar del juicio final, un tema que suele generar temor. Sin embargo, en la perspectiva cristiana el juicio no es una venganza divina, sino la manifestación plena de la verdad. Será el momento en que el amor, la justicia y la misericordia de Dios queden definitivamente a la vista.
Pastoralmente, esto tiene una fuerza enorme: nada de lo vivido con amor se pierde; ningún sufrimiento injusto queda sin sentido; ninguna fidelidad humilde pasa desapercibida. El juicio final no es la derrota del ser humano, sino la reivindicación de la verdad y del bien.
4. El verdadero “fin” que importa
La teología pastoral recuerda con realismo que, para cada persona, el fin decisivo no es el término de la historia universal, sino el encuentro personal con Cristo. Esta certeza no lleva a la angustia, sino a vivir con mayor hondura el presente. La pregunta cristiana no es: ¿cuándo se acabará el mundo?, sino: ¿cómo estoy viviendo hoy?
Cada Eucaristía lo proclama: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡hasta que vuelvas!”. La Iglesia vive entre la memoria agradecida y la esperanza vigilante.
5. Una palabra pastoral para hoy
En un mundo saturado de mensajes apocalípticos, teorías conspirativas y profecías alarmistas, la Iglesia está llamada a ofrecer una palabra distinta: una esperanza sobria, firme y comprometida. El fin del mundo, desde la fe, no paraliza ni aliena; impulsa a amar más, a trabajar por la justicia, a cuidar la creación y a vivir reconciliados.
El cristiano no espera el fin con miedo, sino con confianza. No huye del mundo, sino que lo sirve. Sabe que la última palabra de la historia no será el desastre, sino Dios mismo, que dirá: “He aquí que hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).
Ese es el verdadero final que esperamos: no el apagarse del mundo, sino su plenitud en Dios.