Por el padre Jorge Luis Zarazúa Campa, FMAP
El Nuevo Testamento no es simplemente una colección de textos antiguos ni un apéndice del Antiguo Testamento. Es, ante todo, la memoria creyente del acontecimiento que cambió la historia: Jesucristo, muerto y resucitado. En sus páginas no encontramos solo información sobre el pasado, sino una Palabra viva que sigue generando fe, comunidad y misión en cada tiempo y lugar.
1. Un libro nacido de la fe y para la fe
El Nuevo Testamento no cayó del cielo ya encuadernado. Nació en el seno de comunidades concretas que habían sido tocadas por el anuncio pascual. Antes de escribirse, el Evangelio fue proclamado, celebrado y vivido. Los textos surgen para responder a situaciones reales: persecuciones, dudas, conflictos internos, procesos de conversión y crecimiento.
Esta génesis eclesial es decisiva para comprender su naturaleza. El Nuevo Testamento no pertenece al ámbito privado, sino a la vida de la Iglesia. Por eso, leerlo fuera de la comunidad empobrece su sentido más profundo.
2. Los Evangelios: más que biografías
Los Evangelios no pretenden ofrecer una crónica exhaustiva de la vida de Jesús. Son testimonios de fe, escritos desde la certeza de la resurrección. Cada evangelista, con su estilo y sensibilidad, proclama una misma verdad: Jesús es el Hijo de Dios y el Salvador del mundo.
En ellos, el Jesús de la historia y el Cristo de la fe no se oponen, sino que se iluminan mutuamente. La fe no inventa a Jesús, pero tampoco se limita a repetir datos: confiesa su sentido último. Por eso, los Evangelios siguen interpelando hoy con una fuerza sorprendente: no solo cuentan lo que Jesús hizo, sino que preguntan quién es Él para nosotros.
3. Cartas y comunidades: la fe en proceso
Las cartas del Nuevo Testamento nos permiten asomarnos a la vida cotidiana de las primeras comunidades cristianas. Allí vemos una fe viva, pero no idealizada: comunidades con conflictos, tensiones, debilidades y búsquedas sinceras.
San Pablo y los demás autores no escriben tratados abstractos, sino cartas pastorales, cargadas de corrección fraterna, exhortación, consuelo y esperanza. Esto revela una verdad fundamental: la fe cristiana no se vive en la perfección, sino en el camino, sostenida por la gracia.
4. El Apocalipsis: esperanza en medio de la prueba
El lenguaje simbólico del Libro del Apocalipsis ha sido frecuentemente malinterpretado. No es un manual de catástrofes ni un calendario del fin del mundo. Es un libro de resistencia espiritual, escrito para comunidades perseguidas que necesitaban recordar que el mal no tiene la última palabra.
Su mensaje central es profundamente pastoral: Cristo resucitado reina, la historia está en manos de Dios y la fidelidad, incluso en la prueba, no es inútil. En tiempos de crisis, el Apocalipsis sigue siendo un grito de esperanza.
5. Palabra que se hace vida hoy
Desde una perspectiva pastoral, el Nuevo Testamento plantea un desafío urgente: pasar del texto a la vida. No basta con conocerlo; es necesario dejarse transformar por él. La lectio divina, la proclamación litúrgica y la catequesis bien fundamentada permiten que esta Palabra siga fecundando corazones.
El riesgo contemporáneo es doble: por un lado, el fundamentalismo, que reduce la Escritura a letra rígida; por otro, el academicismo estéril, que la convierte en objeto de estudio sin impacto vital. La Iglesia está llamada a una lectura creyente, inteligente y orante, que una rigor y espiritualidad.
6. Conclusión: un libro siempre joven
El Nuevo Testamento no envejece porque no habla solo de ayer. Habla del Dios que sigue actuando hoy. En cada generación, vuelve a plantear la pregunta decisiva: ¿Quién es Jesucristo para ti? Y, al mismo tiempo, envía a la misión: “Vayan y anuncien”.
En un mundo fragmentado, herido y sediento de sentido, el Nuevo Testamento permanece como fuente de esperanza, criterio de discernimiento y fuerza de transformación. No es solo el libro fundante del cristianismo; es la Palabra que sigue haciendo nuevas todas las cosas.