Por el padre Jorge Luis Zarazúa Campa, fmap
El Sermón de la Montaña (Mt 5–7) constituye el corazón del mensaje evangélico y una de las expresiones más altas de la Palabra de Dios hecha enseñanza de vida. Leído en el marco del Domingo de la Palabra de Dios, este discurso de Jesús se revela como una verdadera escuela de escucha, donde la Palabra no solo se proclama, sino que forma, confronta y transforma a quienes la acogen.
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1. Jesús sube al monte: la Palabra que enseña con autoridad
El evangelista Mateo introduce el Sermón con una escena cargada de simbolismo:
“Al ver Jesús a la muchedumbre, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos. Y abriendo su boca, les enseñaba” (Mt 5,1-2, BJ).
En la Biblia de Jerusalén, la expresión “abriendo su boca” subraya la solemnidad del acto. Jesús aparece como el nuevo Moisés, pero no para entregar una ley externa, sino para revelar la voluntad del Padre desde dentro, tocando el corazón del discípulo.
El Domingo de la Palabra de Dios encuentra aquí una clave esencial: escuchar la Palabra es ponerse a los pies del Maestro, reconociendo su autoridad sobre la vida.
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2. Las Bienaventuranzas: la Palabra que invierte la lógica del mundo
El Sermón comienza con las Bienaventuranzas (Mt 5,3-12), verdadero pórtico del Reino:
“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt 5,3, BJ).
La Palabra proclamada por Jesús no confirma las seguridades del mundo, sino que las descoloca. En la Biblia de Jerusalén, el término “bienaventurados” no expresa solo consuelo futuro, sino una dicha presente fundada en la cercanía del Reino.
Celebrar el Domingo de la Palabra de Dios a la luz de las Bienaventuranzas implica preguntarse:
• ¿Aceptamos una Palabra que cuestiona nuestros criterios de éxito y poder?
• ¿Permitimos que la Escritura reoriente nuestras prioridades?
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3. “Habéis oído… pero yo os digo”: la Palabra que va a la raíz
Uno de los rasgos más fuertes del Sermón de la Montaña es la fórmula repetida por Jesús:
“Habéis oído que se dijo a los antepasados… pues yo os digo” (cf. Mt 5,21-22, BJ).
Jesús no abroga la Ley; la lleva a su plenitud, penetrando hasta la intención del corazón. La Palabra ya no se limita al cumplimiento exterior, sino que exige una conversión interior profunda: reconciliación, pureza de intención, verdad, amor a los enemigos.
Aquí se manifiesta una enseñanza clave para el Domingo de la Palabra de Dios: la Escritura no se escucha para tranquilizar la conciencia, sino para dejarse purificar y recrear.
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4. La Palabra que enseña a orar: el Padrenuestro
En el centro del Sermón, Jesús enseña a orar:
“Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro que estás en los cielos…” (Mt 6,9, BJ).
La Palabra de Dios se convierte aquí en oración en los labios del creyente. No solo escuchamos cómo debemos vivir, sino cómo debemos dirigirnos a Dios. El Domingo de la Palabra de Dios recuerda que la Escritura es también escuela de oración, fuente privilegiada de diálogo con el Padre.
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5. Escuchar y poner en práctica: la Palabra que edifica la vida
El Sermón concluye con una imagen contundente:
“Todo el que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a un hombre prudente que edificó su casa sobre roca” (Mt 7,24, BJ).
La Biblia de Jerusalén conserva el contraste dramático entre escuchar y no poner en práctica. Jesús deja claro que la verdadera escucha de la Palabra se verifica en la vida concreta. No basta admirar la enseñanza; es necesario construir sobre ella.
Este final ofrece una síntesis perfecta del Domingo de la Palabra de Dios: la Escritura no es solo para ser entronizada, estudiada o proclamada, sino vivida.
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6. Conclusión pastoral
El Sermón de la Montaña revela que la Palabra de Dios es exigente y liberadora a la vez. Exigente, porque llama a una justicia mayor; liberadora, porque abre el camino de la verdadera felicidad. En el Domingo de la Palabra de Dios, este gran discurso de Jesús resuena como una invitación clara: dejar que la Palabra modele el pensamiento, el corazón y las decisiones.
Hoy, como entonces, la multitud escucha admirada. Pero el Evangelio nos pregunta algo más profundo:
¿Estamos dispuestos a subir al monte, escuchar al Maestro y edificar la vida sobre su Palabra?
Solo entonces la Palabra proclamada se convierte en roca firme, capaz de sostener la existencia cristiana en medio de cualquier tormenta.