«Guarda el depósito de la fe» (cf. 1 Tim 6,20): La tarea más grande y la misión más hermosa de todo bautizado

Estas palabras del apóstol san Pablo resuenan como un mandato y como un regalo. No se trata sólo de conservar un tesoro antiguo, sino de custodiar la verdad que salva, recibida de Cristo y transmitida por su Iglesia.

Guardar el depósito de la fe es:

• Amar la verdad hasta el punto de dejarse transformar por ella,
• Proteger la doctrina de distorsiones, modas o reduccionismos,
• Transmitir íntegro el Evangelio con valentía y humildad,
• Vivir coherentemente, de modo que la doctrina se haga carne en nuestro testimonio.

La fe no es museo, sino heredad viva. Se guarda creyendo, celebrando, orando y sirviendo, porque el depósito nunca es posesión privada: es don para el mundo.

Por eso, cada bautizado se vuelve centinela.
Centinela que vela, que escucha al Espíritu, que se deja purificar por la Palabra y, llegado el momento, habla con claridad.

Y mientras los siglos pasan y las corrientes cambian, los cristianos permanecen firmes, sabiendo que el tesoro confiado es eterno:

• Cristo, crucificado y resucitado,
• la comunión en su Iglesia,
• la promesa de la vida que no acaba.

Guardar el depósito de la fe significa abrazar con gozo la misión de custodiar la Verdad, no para encerrarla, sino para irradiarla, defenderla y entregarla intacta a quienes vendrán después.

Es, verdaderamente,
la tarea más grande y la misión más hermosa de todo bautizado.

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