La Misión Ad Gentes: el corazón siempre joven de la Iglesia

Por el padre Jorge Luis Zarazúa Campa, FMAP

Hablar hoy de la Misión Ad Gentes puede parecer, para algunos, evocar una etapa pasada de la historia de la Iglesia, ligada a mapas antiguos y a territorios lejanos. Sin embargo, una mirada teológica y pastoral más profunda revela todo lo contrario: la Misión Ad Gentes no pertenece al pasado, sino al corazón siempre joven de la Iglesia, porque nace del mismo impulso que la hace existir.

1.⁠ ⁠La Iglesia nace enviada
La Iglesia no surge primero como institución para luego asumir una misión. Nace misionera. Su origen está en el envío del Hijo por el Padre y en el don del Espíritu Santo. Por eso, cuando la Iglesia anuncia el Evangelio a quienes aún no conocen a Cristo, no está realizando una actividad secundaria, sino siendo fiel a su identidad más profunda.

La Misión Ad Gentes expresa esta verdad de manera paradigmática: la Iglesia sale de sí misma para encontrarse con el otro, no por estrategia, sino por amor. Evangelizar no es conquistar, sino compartir una vida nueva recibida gratuitamente.

2.⁠ ⁠El primer anuncio: una urgencia permanente
En el centro de la Misión Ad Gentes se encuentra el primer anuncio, el kerigma: Jesucristo ha muerto y ha resucitado, y en Él todo ser humano puede encontrar salvación, sentido y esperanza. Este anuncio no envejece, porque el corazón humano sigue siendo el mismo: sediento de verdad, de amor y de vida plena.

Pastoralmente, esto recuerda que ninguna acción social, educativa o cultural puede sustituir el anuncio explícito de Cristo. Sin él, la misión pierde su alma. Pero, al mismo tiempo, este anuncio solo es creíble cuando se hace desde el respeto, la cercanía y el testimonio de una vida transformada.

3.⁠ ⁠Más allá de las fronteras geográficas
Durante mucho tiempo se pensó la Misión Ad Gentes casi exclusivamente en términos geográficos. Hoy, sin negar esa dimensión, la Iglesia reconoce nuevos “territorios de misión”: grandes ciudades, culturas secularizadas, migraciones, pueblos originarios, ambientes digitales, jóvenes sin referencias religiosas claras.

Esto implica una conversión pastoral profunda. Ya no basta con “esperar” a que otros vengan; es necesario salir, aprender lenguajes nuevos, escuchar antes de hablar y discernir los signos del Espíritu en contextos inéditos.

4.⁠ ⁠Diálogo y anuncio: una tensión fecunda
Uno de los desafíos más delicados de la Misión Ad Gentes es mantener un equilibrio entre el diálogo interreligioso y el anuncio explícito del Evangelio. La Iglesia no renuncia a ninguno de los dos. Dialoga porque respeta la libertad y reconoce las semillas de verdad presentes en otras tradiciones; anuncia porque cree que Cristo es don para todos.

Pastoralmente, esta tensión no debe vivirse como conflicto, sino como fecundidad. El diálogo prepara el terreno; el anuncio ofrece el tesoro recibido. Ambos requieren humildad, paciencia y una profunda confianza en la acción del Espíritu.

5.⁠ ⁠La misión como camino de santidad
La Misión Ad Gentes no es solo una tarea que se realiza; es un camino de santidad. A lo largo de la historia, los grandes misioneros no fueron simples organizadores, sino hombres y mujeres profundamente enamorados de Cristo. Su fecundidad no brotó de estrategias, sino de la oración, el sacrificio y la entrega total.

Esta dimensión espiritual sigue siendo decisiva hoy. Una Iglesia que pierde el ardor misionero suele ser una Iglesia cansada espiritualmente. En cambio, cuando se renueva la pasión por la misión, se renueva también la fe, la alegría y la esperanza.

6.⁠ ⁠Una responsabilidad de todo el Pueblo de Dios
La Misión Ad Gentes no es responsabilidad exclusiva de algunos especialistas. Todo bautizado participa, de un modo u otro, en este envío: con la oración, el testimonio, el apoyo material, la disponibilidad personal o la entrega total de la vida.

Desde una perspectiva pastoral, esto exige formar comunidades con conciencia misionera, capaces de mirar más allá de sus propias necesidades y de abrirse a la universalidad del Evangelio.

7.⁠ ⁠Conclusión: una Iglesia que vive para anunciar
La Misión Ad Gentes recuerda a la Iglesia quién es y para qué existe. No es una carga añadida, sino una gracia que la mantiene viva y en salida. En un mundo marcado por la fragmentación, el relativismo y la indiferencia religiosa, el anuncio de Cristo sigue siendo una buena noticia urgente y liberadora.

Mientras haya un solo hombre o mujer que no conozca a Cristo, la Iglesia no puede detenerse. Y mientras anuncie con humildad, valentía y amor, la Misión Ad Gentes seguirá siendo el latido misionero del corazón de la Iglesia.

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