Por el padre Jorge Luis Zarazúa Campa, fmap
La parábola del trigo y la cizaña (cf. Evangelio según San Mateo 13,24-30.36-43) sigue siendo una de las enseñanzas más realistas y exigentes de Jesús para la Iglesia y para el mundo actual. Lejos de ofrecer una visión idealizada de la vida cristiana, esta parábola nos sitúa ante una verdad incómoda: el bien y el mal crecen juntos en la historia, en la sociedad, en la Iglesia y en el corazón humano.
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1. Un campo real, no ideal
Jesús no describe un campo perfecto, sino un campo sembrado con trigo bueno, donde un enemigo introduce cizaña mientras todos duermen. Esto rompe una expectativa frecuente: pensar que el Reino de Dios se manifiesta solo donde todo es claro, puro y ordenado.
Hoy, como entonces, el campo del mundo y de la Iglesia es mezclado. Hay fe sincera y hay incoherencias; hay entrega generosa y hay pecado; hay santos y hay escándalos. La parábola no niega esta realidad, la asume.
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2. La tentación de arrancar la cizaña
La reacción inmediata de los siervos es lógica y bienintencionada:
“¿Quieres que vayamos a arrancarla?”
Esta pregunta sigue resonando hoy. En un contexto marcado por polarizaciones, cancelaciones, juicios rápidos y condenas públicas, la tentación es clara: eliminar al que no encaja, excluir al que falla, dividir entre “buenos” y “malos”.
Jesús, sin embargo, sorprende con su respuesta:
“No, no sea que al arrancar la cizaña arranquéis a la vez el trigo”.
Aquí hay una profunda enseñanza pastoral: el celo sin discernimiento puede destruir más de lo que salva. No todo lo que parece cizaña lo es, ni todo el trigo es visible desde el inicio.
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3. La paciencia de Dios en tiempos de impaciencia
La orden del dueño del campo es clara:
“Dejad crecer juntos el trigo y la cizaña hasta la siega”.
En una cultura de la inmediatez, esta paciencia resulta escandalosa. Pero es la paciencia de Dios, que no renuncia al bien posible, que da tiempo a la conversión, que sabe esperar procesos.
Hoy, esta palabra interpela a la pastoral y a la vida cristiana:
• paciencia con las personas en proceso,
• paciencia con comunidades heridas,
• paciencia con uno mismo.
Dios no justifica el mal, pero no se apresura a condenar.
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4. El juicio pertenece a Dios
La parábola no niega el juicio final. Lo sitúa en su lugar justo:
“En el tiempo de la siega…”
Esto es decisivo: el discernimiento último no nos pertenece. Cuando la Iglesia o los creyentes se arrogan el papel de jueces definitivos, se desfigura el Evangelio.
Hoy, la parábola recuerda con fuerza que:
• nuestra tarea es cuidar el trigo,
• no adelantar la siega,
• no ocupar el lugar que solo corresponde a Dios.
El juicio existe, pero es acto de justicia y verdad de Dios, no de venganza humana.
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5. Trigo y cizaña en el corazón
Una lectura honesta de la parábola nos obliga a ir más lejos: el campo no es solo “el mundo” o “la Iglesia”; también es nuestro propio corazón. En cada persona conviven luces y sombras, fidelidades y contradicciones.
La palabra de Jesús nos libera de dos extremos:
• del perfeccionismo que no tolera la fragilidad,
• y del relativismo que se resigna al mal.
La paciencia de Dios no es permisividad, es esperanza activa.
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6. Clave pastoral para hoy
En el contexto actual, la parábola del trigo y la cizaña invita a la Iglesia a:
• anunciar el Evangelio sin ingenuidad,
• ejercer la corrección sin dureza,
• acompañar sin condenar,
• confiar más en la acción silenciosa de Dios que en la prisa humana.
No se nos pide arrancar la cizaña, sino ser trigo, crecer, dar fruto y no dejar que el mal nos vuelva estériles.
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7. Conclusión
La parábola del trigo y la cizaña es profundamente actual porque nos enseña a vivir en un mundo imperfecto sin perder la esperanza. Dios no ha perdido el control del campo. El trigo crecerá, aunque hoy conviva con la cizaña.
Mientras llega la siega, el llamado es claro:
vivir como trigo bueno, confiar en la justicia de Dios y trabajar con paciencia para que el bien siga creciendo, aun en medio de la ambigüedad de la historia.