Historia, teología y horizonte pastoral de una llamada evangélica permanente
Por el padre Jorge Luis Zarazúa Campa, FMAP
Introducción
Cada año, del 18 al 25 de enero, la Iglesia católica, junto con otras Iglesias y comunidades eclesiales, celebra la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. No se trata de un simple gesto protocolario ni de una concesión al diálogo moderno, sino de una iniciativa profundamente evangélica, enraizada en la oración de Jesucristo y sostenida por una convicción teológica clara: la división entre los cristianos contradice el designio de Dios y debilita el anuncio del Evangelio.
Esta semana constituye un espacio privilegiado donde convergen la memoria histórica, la reflexión teológica y el compromiso pastoral.
1. Origen histórico: una intuición nacida de la oración
La Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos tiene su origen a comienzos del siglo XX, en un contexto marcado por fuertes divisiones confesionales y escasa comunicación entre Iglesias.
En 1908, el ministro anglicano Paul Wattson impulsó una Octava de oración por la unidad, celebrada del 18 al 25 de enero, fechas que en la tradición romana corresponden a la Cátedra de San Pedro y a la Conversión de San Pablo. La elección no fue casual: expresaba el deseo de una unidad visible y apostólica.
Con el paso del tiempo, esta iniciativa fue acogida y profundizada por la Iglesia católica, especialmente a partir del Concilio Vaticano II. El decreto Unitatis redintegratio (1964) afirmó con claridad que el movimiento ecuménico pertenece a la misión misma de la Iglesia y que la oración es su alma.
Desde entonces, la Semana de Oración se prepara de manera conjunta por organismos ecuménicos, entre ellos el Consejo Mundial de Iglesias, lo que le confiere un carácter verdaderamente compartido.
2. Fundamento bíblico: la oración de Jesús por la unidad
El corazón teológico de esta semana se encuentra en el capítulo 17 del Evangelio de san Juan. Allí, Jesús ora al Padre:
“Que todos sean uno… para que el mundo crea” (Jn 17,21).
Esta oración revela una verdad central: la unidad de los discípulos no es un fin en sí mismo, sino que está orientada a la misión. La división no solo hiere la comunión interna, sino que oscurece el testimonio cristiano ante el mundo.
La Escritura presenta la unidad como:
• don del Espíritu (cf. Ef 4,3-6),
• vocación permanente de la Iglesia,
• signo escatológico del Reino que ya comienza a manifestarse.
3. Perspectiva teológica: unidad, verdad y conversión
Desde la teología católica, la unidad cristiana no se entiende como uniformidad ni como simple consenso mínimo. Se trata de una comunión en la verdad y en la caridad, donde la fidelidad al depósito de la fe camina inseparablemente unida al amor fraterno.
El Concilio Vaticano II subrayó que la división entre los cristianos es consecuencia del pecado humano y que la búsqueda de la unidad exige:
• conversión interior,
• renovación eclesial,
• diálogo teológico serio,
• y, ante todo, oración perseverante.
La Semana de Oración recuerda que la unidad no se fabrica, se recibe como don. Por eso, la Iglesia ora no desde la autosuficiencia, sino desde la humildad.
4. Dimensión pastoral: una escuela de actitudes evangélicas
Pastoralmente, la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos es una auténtica escuela espiritual. Educa a los fieles en actitudes fundamentales para la vida eclesial:
• Escucha respetuosa, incluso en la diferencia.
• Lenguaje purificado, libre de descalificaciones.
• Caridad en la verdad, sin relativismo ni agresividad.
• Paciencia histórica, consciente de que la unidad es un proceso.
En parroquias, comunidades y familias, esta semana puede vivirse integrando la intención ecuménica en la liturgia, en la oración personal y en la catequesis, ayudando a distinguir entre legítimas diferencias doctrinales y prejuicios heredados.
5. Unidad y misión en el mundo actual
En un mundo fragmentado por la polarización, la violencia y la desconfianza, la unidad de los cristianos tiene una dimensión profética. No es solo un asunto interno de las Iglesias, sino un signo de esperanza para la humanidad.
Cuando los cristianos oran juntos, aun sin plena comunión visible, proclaman que la reconciliación es posible y que el Evangelio no es una ideología más, sino una fuerza de comunión.
Por ello, la Semana de Oración tiene una clara dimensión misionera: la unidad hace creíble el anuncio de Cristo.
Conclusión
La Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos es un acontecimiento donde historia, teología y pastoral convergen armónicamente. Nacida de la oración, sostenida por la reflexión teológica y vivida en la práctica pastoral, recuerda a la Iglesia que la unidad no es un añadido opcional, sino una exigencia del Evangelio.
Orar por la unidad no significa negar las diferencias reales, sino confiar en que el Espíritu Santo puede transformarlas en un camino de comunión. Mientras caminamos hacia la plena unidad visible, la Iglesia sigue orando, esperando y trabajando, para que, como quiso el Señor, el mundo crea.