Introducción: una Iglesia convocada por la Palabra
La institución del Domingo de la Palabra de Dios por el Papa Francisco no puede leerse como una iniciativa aislada ni como un simple recurso pastoral añadido al calendario litúrgico. Se trata, más bien, de un gesto magisterial de fuerte densidad teológica, que interpela la identidad misma de la Iglesia en su relación con la Revelación, la liturgia y la misión.
Al fijar este Domingo en el III del Tiempo Ordinario, el Papa no “crea” un nuevo contenido, sino que hace visible lo constitutivo: la Iglesia nace, vive y se renueva en la escucha obediente de la Palabra de Dios.
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1. Fundamento teológico: la Revelación como acontecimiento vivo
Desde la perspectiva de la teología de la Revelación, el Domingo de la Palabra de Dios se sitúa claramente en la estela de Dei Verbum. La Palabra no es concebida como un depósito estático de verdades, sino como acto comunicativo de Dios, que se dirige hoy a su pueblo.
La elección del título Aperuit illis (cf. Lc 24,45) es decisiva. La comprensión de las Escrituras no es fruto exclusivo del esfuerzo exegético ni de la competencia intelectual, sino don pascual: es Cristo resucitado quien abre la inteligencia y el corazón.
Aquí se afirma un principio teológico clave: la Escritura se comprende plenamente dentro del misterio de Cristo y en el seno de la Iglesia.
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2. Palabra y liturgia: unidad sacramental
Uno de los aportes más significativos del Domingo de la Palabra de Dios es su insistencia en la unidad intrínseca entre Palabra y Eucaristía. No se trata de dos momentos yuxtapuestos, sino de un único acto salvífico celebrado sacramentalmente.
Desde esta perspectiva:
• la proclamación bíblica es acto litúrgico, no simple lectura;
• la homilía es ministerio interpretativo, no comentario improvisado;
• la asamblea es sujeto oyente, no público pasivo.
Teológicamente, esto corrige tanto el ritualismo vacío como el intelectualismo bíblico. La Palabra proclamada realiza lo que significa, y la Eucaristía sella sacramentalmente esa Palabra escuchada.
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3. Dimensión eclesiológica: Iglesia oyente
El Domingo de la Palabra de Dios posee una clara carga eclesiológica. Antes de ser una Iglesia que enseña, organiza o envía, la Iglesia es una Iglesia que escucha. La escucha precede a la acción y funda la comunión.
En clave sinodal —tan querida al magisterio del Papa Francisco— este Domingo recuerda que no hay auténtico discernimiento sin referencia constante a la Escritura. La Palabra:
• purifica los proyectos pastorales,
• relativiza ideologías e intereses,
• devuelve centralidad al Evangelio frente al activismo.
Una Iglesia que no escucha corre el riesgo de hablar de sí misma en lugar de anunciar a Cristo.
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4. Dimensión pastoral: de la celebración al proceso
Pastoralmente, el mayor desafío del Domingo de la Palabra de Dios es evitar su reducción a un evento anual simbólico. Su verdadera fecundidad depende de su integración en un proceso formativo y espiritual permanente.
Esto implica:
• comunidades iniciadas en la lectio divina,
• agentes pastorales formados bíblica y espiritualmente,
• homilías que unan exégesis, teología y vida,
• una catequesis que nazca explícitamente de la Escritura.
Desde esta óptica, el Domingo de la Palabra actúa como principio generador, no como celebración aislada.
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5. Palabra y misión: evangelizar desde la escucha
El Papa Francisco subraya reiteradamente que la Palabra de Dios es el alma de la evangelización. No hay misión auténtica sin escucha previa. Quien no se deja evangelizar por la Palabra, termina anunciando ideas, normas o experiencias personales, pero no el Evangelio.
Este Domingo, por tanto, tiene una clara proyección misionera:
• la Palabra forma discípulos,
• los discípulos se convierten en testigos,
• los testigos anuncian desde la experiencia de haber sido alcanzados por Dios.
La misión nace de la escucha, no del activismo.
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Conclusión: una Iglesia que vuelve a su fuente
El Domingo de la Palabra de Dios es, en última instancia, una llamada a la conversión eclesial. Invita a la Iglesia a volver a su fuente originaria: el Dios que habla, convoca y transforma.
No se trata solo de “promover la Biblia”, sino de reaprender a vivir de la Palabra, a dejar que ella juzgue, ilumine y configure la vida personal y comunitaria.
Cuando la Iglesia escucha de verdad, la Palabra no solo se proclama:
se hace carne en la historia.