Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos

Por el padre Jorge Luis Zarazúa Campa, FMAP

Orar para que el mundo crea

Cada año, del 18 al 25 de enero, los cristianos de diversas confesiones elevan juntos una misma súplica: la unidad querida por Dios. No se trata de una iniciativa meramente simbólica ni de un gesto diplomático entre Iglesias, sino de una respuesta concreta al deseo más profundo del corazón de Cristo.

La Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos nos recuerda que la división no es solo un problema histórico, sino una herida espiritual que debilita el testimonio del Evangelio.

1.⁠ ⁠Un deseo nacido del corazón de Cristo

La unidad de los cristianos no es una idea moderna ni una estrategia pastoral reciente. Brota directamente de la oración de Jesucristo en la última cena:

“Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que el mundo crea” (Jn 17,21).

La unidad aparece aquí no como un lujo opcional, sino como condición para la credibilidad del anuncio cristiano. Donde hay división, el mensaje se oscurece; donde hay comunión, el Evangelio resplandece.

2.⁠ ⁠Una herida que atraviesa la historia

Las divisiones entre los cristianos no nacieron de la noche a la mañana. Son fruto de procesos históricos complejos: tensiones culturales, disputas doctrinales, errores humanos, pecados personales y colectivos.

Reconocer esto no significa relativizar la verdad, sino asumir con humildad la propia historia. La Semana de Oración no pretende borrar las diferencias reales, sino colocarlas ante Dios, pidiendo la gracia de caminar hacia una comunión cada vez más profunda.

3.⁠ ⁠Orar juntos: un acto profético

Cuando cristianos de distintas confesiones oran juntos, realizan un gesto profético. Aunque no exista aún plena comunión visible, la oración anticipa la unidad que esperamos.

Orar juntos significa:

• reconocer que todos hemos sido bautizados en Cristo,
• confesar que la unidad es don del Espíritu, no simple acuerdo humano,
• aceptar que la conversión comienza en el propio corazón.

La oración no elimina mágicamente las diferencias, pero cambia la mirada, purifica las intenciones y dispone el alma para el diálogo sincero.

4.⁠ ⁠Unidad no es uniformidad

Un error frecuente consiste en pensar que la unidad cristiana implica que todos piensen igual o celebren de la misma forma. La tradición cristiana enseña algo distinto: unidad en lo esencial, diversidad reconciliada en lo legítimo.

La Semana de Oración educa para una comunión que no aplasta la identidad, sino que la purifica. La verdadera unidad no se construye renunciando a la propia fe, sino viviéndola con mayor fidelidad y caridad.

5.⁠ ⁠Claves pastorales para vivir esta semana

Para comunidades, parroquias y familias, la Semana de Oración puede convertirse en una auténtica escuela espiritual:

• Orar con intención explícita por la unidad, integrándola en la liturgia y la oración personal.
• Evitar el lenguaje despectivo hacia otros cristianos, incluso cuando existan desacuerdos reales.
• Conocer mejor a los otros, no desde prejuicios, sino desde la escucha y el respeto.
• Examinarnos a nosotros mismos, preguntándonos si nuestras actitudes favorecen o dificultan la comunión.

6.⁠ ⁠Una misión que interpela al mundo

La división entre los cristianos no solo afecta a las Iglesias; afecta al mundo entero. En un contexto marcado por la fragmentación, la violencia y la polarización, la unidad visible de los discípulos de Cristo sería un signo luminoso de esperanza.

Por eso, orar por la unidad no es una tarea secundaria, sino una responsabilidad misionera. Cuando los cristianos se acercan unos a otros, el mundo puede intuir que el Evangelio no es ideología, sino vida reconciliada.

Conclusión

La Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos nos invita a volver a lo esencial: la comunión nace de la oración, se sostiene en la verdad y se expresa en la caridad. No es obra de la prisa ni del cálculo, sino del Espíritu que actúa en los corazones humildes.

Orar por la unidad no es resignarse a la división, sino creer que Dios puede hacer nuevas todas las cosas. Y mientras llega el día de la plena comunión visible, seguimos caminando, orando y esperando, para que el mundo crea.

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