Por el P. Flaviano Amatulli Valente, fmap
San Juan Pablo II:
el papa político
Normalmente, entre nosotros, los políticos no gozan de buena fama por su afán de poder, asociado al fenómeno de la corrupción. Basta ver la triste situación de ciertos personajes, que, antes de entrar en la política, eran unos pobres diablos y después se volvieron en gente importante, dueña de haciendas y nadando en la abundancia.
En el caso del Papa san Juan Pablo II, al contrario, nos encontramos ante una personalidad totalmente diferente, puesto que su grande preocupación fue la de conseguir la paz y el bienestar a nivel mundial, amenazados esencialmente por el estado de ebullición en que se encontraba la Unión Soviética y el peligro de un enfrentamiento armado entre el mundo musulmán y el mundo cristiano.
Pues bien, el Papa san Juan Pablo II, manejando oportunamente los hilos de la grande política, contribuyó de manera determinante a superar estos dos escollos, preservando así la paz mundial y evitando a la humanidad enormes sufrimientos.
Evidentemente, para poder actuar como árbitro supremo y de una manera eficaz en el concierto mundial, tenía que dar prueba de ser un hombre “súper partes”, es decir, más allá de todo interés de parte. De ahí la apertura del Papa san Juan Pablo II hacia todas las creencias religiosas, lo que, sin quererlo, tuvo como consecuencia mucha confusión en los ambientes católicos, dando la impresión de que, según el mismo papa, con el Concilio Ecuménico Vaticano II (1962 – 1965) se hubiera producido una fractura entre el pasado de la Iglesia, marcado por un fuerte espíritu de intolerancia, y el presente, hecho de comprensión y aceptación de todo tipo de creencia, como si todo fuera lo mismo.
Lo malo fue que hasta entre los teólogos y pastores de almas hubo confusión, privilegiando el tema de la igualdad radical entre todos los pueblos con sus culturas (incluyendo el aspecto religioso) en detrimento del papel único e insustituible de Cristo y su Iglesia en orden a la salvación.
Lo peor del caso fue que, con miras a no entorpecer el diálogo ecuménico e interreligioso, se llegó hasta considerar el anuncio explícito del Evangelio como una forma más de intolerancia y proselitismo religioso, con las consecuencias que todos conocemos (muerte de la misión, indiferentismo religioso y éxodo masivo de los católicos hacia todo tipo de propuestas religiosas, al quedar totalmente desamparados ante la embestida de los grupos proselitistas).
Que quede bien claro: una cosa fue la vida ejemplar del Papa san Juan Pablo II, con sus arraigadas convicciones personales, totalmente ortodoxas, y otra fue la interpretación que muchos le dieron, de manera irreflexiva, a su gestión, basándose normalmente en lo que aparecía en los medios masivos de comunicación.
Benedicto XVI:
el papa teólogo
Ya con la Declaración “Dominus Iesus” de la Congregación para la Doctrina de la Fe, de la cual el futuro Papa Benedicto XVI era prefecto (6 de agosto del año 2000), se había tratado de poner un freno a ciertas desviaciones doctrinales, debidas a una interpretación arbitraria del dato revelado. De todos modos, su influjo real en el mundo católico fue muy limitado a causa del escaso apoyo que tuvo de parte del Papa san Juan Pablo II, por el papel que estaba desempeñando a nivel mundial y por su estado de salud, bastante deteriorado.
Se esperaba que, una vez elegido papa el autor de la Declaración, se iba a tomar en serio el documento “Dominus Iesus”. Pero no fue así. Hasta la fecha ni se menciona, menos se estudia o se trata de ponerlo en práctica. Parece demasiado conservador, lo que pondría en peligro el dichoso “diálogo ecuménico e interreligioso”, considerado por muchos como la panacea en orden a conseguir una auténtica vida cristiana y a superar todas las dificultades habidas y por haber en orden a conseguir una pacífica convivencia entre todos los pueblos del mundo con sus culturas y creencias.
De todos modos, no obstante todas las manifestaciones de rechazo y oposición, el Papa Benedicto XVI logró llevar a cabo su tarea de aclarar la doctrina tradicional de la Iglesia, que cuenta con el respaldo de dos mil años de historia, emprender la obra de purificación del clero (curas pederastas) y dar inicio a la reforma de las estructuras eclesiásticas (Banco del Vaticano y Curia Romana).
A propósito del asunto de los curas pederastas, escuchemos un comentario del Papa Francisco:
“Los casos de abusos son tremendos porque dejan heridas profundísimas. Benedicto XVI fue muy valiente y abrió un camino, ha hecho mucho. Tal vez más que nadie. Las estadísticas sobre el fenómeno de las agresiones contra los niños son impresionantes, pero muestran también con claridad que la mayoría de los abusos suceden en el entorno familiar y de parte de gente cercana. La Iglesia Católica es tal vez la única institución pública que se ha movido con transparencia y responsabilidad. Ningún otro ha hecho tanto. Y sin embargo, la Iglesia es la única que es atacada” (Zenit-org, 05 de marzo de 2014).
Francisco:
El papa pastor
Ahora viene el Papa Francisco, sumamente preocupado por el bien de todos, a nivel material y espiritual, privilegiando a los más pobres (E.G., 197, 198 y 200) y la misión, vista como anuncio de la salvación para todos, superando todo tipo de obstáculos.
Con el Papa Francisco, todo se hace sencillo y cercano. De la grande política se pasa a la política de todos los días (E.G., 179 y 183) y de la misión, confiada a personas con un carisma específico, se pasa a la misión de todo bautizado de buena voluntad. Para el Papa Francisco, nadie tiene que sentirse excluido de la vida eclesial (E.G., 47).
Para eso, es suficiente escucharlo en la homilías diarias que pronuncia en Santa Marta, donde se porta como “el buen pastor”, que aborda cualquier tipo de problemática y para todo tiene siempre una respuesta acertada y oportuna, a la luz de la Palabra de Dios y en un lenguaje extremadamente sencillo, que todos entienden con extrema facilidad (E.G., 158).
TEXTOS
1. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida. Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: «¡Dadles vosotros de comer!» (Mc 6,37). (E.G., 49).
2. La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo. Los evangelizadores tienen así «olor a oveja» y éstas escuchan su voz. (E.G., 24).
3. El obispo siempre debe fomentar la comunión misionera en su Iglesia diocesana siguiendo el ideal de las primeras comunidades cristianas, donde los creyentes tenían un solo corazón y una sola alma (cf. Hch 4,32). Para eso, a veces estará delante para indicar el camino y cuidar la esperanza del pueblo, otras veces estará simplemente en medio de todos con su cercanía sencilla y misericordiosa, y en ocasiones deberá caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados y, sobre todo, porque el rebaño mismo tiene su olfato para encontrar nuevos caminos. (E.G., 31).
4. Dado que estoy llamado a vivir lo que pido a los demás, también debo pensar en una conversión del papado. Me corresponde, como Obispo de Roma, estar abierto a las sugerencias que se orienten a un ejercicio de mi ministerio que lo vuelva más fiel al sentido que Jesucristo quiso darle y a las necesidades actuales de la evangelización. El Papa Juan Pablo II pidió que se le ayudara a encontrar «una forma del ejercicio del primado que, sin renunciar de ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva». (E.G., 32).
5. Los laicos son simplemente la inmensa mayoría del Pueblo de Dios. A su servicio está la minoría de los ministros ordenados. Ha crecido la conciencia de la identidad y la misión del laico en la Iglesia. Se cuenta con un numeroso laicado, aunque no suficiente, con arraigado sentido de comunidad y una gran fidelidad en el compromiso de la caridad, la catequesis, la celebración de la fe. Pero la toma de conciencia de esta responsabilidad laical que nace del Bautismo y de la Confirmación no se manifiesta de la misma manera en todas partes. En algunos casos porque no se formaron para asumir responsabilidades importantes, en otros por no encontrar espacio en sus Iglesias particulares para poder expresarse y actuar, a raíz de un excesivo clericalismo que los mantiene al margen de las decisiones. (E.G., 102).
El sacerdocio reservado a los varones, como signo de Cristo Esposo que se entrega en la Eucaristía, es una cuestión que no se pone en discusión, pero puede volverse particularmente conflictiva si se identifica demasiado la potestad sacramental con el poder. No hay que olvidar que cuando hablamos de la potestad sacerdotal «nos encontramos en el ámbito de la función, no de la dignidad ni de la santidad». El sacerdocio ministerial es uno de los medios que Jesús utiliza al servicio de su pueblo, pero la gran dignidad viene del Bautismo, que es accesible a todos. La configuración del sacerdote con Cristo Cabeza —es decir, como fuente capital de la gracia— no implica una exaltación que lo coloque por encima del resto. En la Iglesia las funciones «no dan lugar a la superioridad de los unos sobre los otros». (E.G., 104).
6. Si la Iglesia entera asume este dinamismo misionero, debe llegar a todos, sin excepciones. Pero ¿a quiénes debería privilegiar? Cuando uno lee el Evangelio, se encuentra con una orientación contundente: no tanto a los amigos y vecinos ricos sino sobre todo a los pobres y enfermos, a esos que suelen ser despreciados y olvidados, a aquellos que «no tienen con qué recompensarte» (Lc 14,14). No deben quedar dudas ni caben explicaciones que debiliten este mensaje tan claro. Hoy y siempre, «los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio», y la evangelización dirigida gratuitamente a ellos es signo del Reino que Jesús vino a traer. Hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres. Nunca los dejemos solos. (E.G., 48).
7. La solidaridad es una reacción espontánea de quien reconoce la función social de la propiedad y el destino universal de los bienes como realidades anteriores a la propiedad privada. La posesión privada de los bienes se justifica para cuidarlos y acrecentarlos de manera que sirvan mejor al bien común, por lo cual la solidaridad debe vivirse como la decisión de devolverle al pobre lo que le corresponde. (E.G., 189).
TAREA
1. Según tu opinión, ¿en qué sentido el Papa Francisco tiene “olor a oveja”?
2. Entre los últimos papas, ¿a quién se parece más el Papa Francisco? ¿Por qué?
3. El Papa Francisco, ¿en qué te llama más la atención en su manera de ser y actuar?