Recordar con amor, orar con esperanza y vivir nuestras tradiciones a la luz de la fe
P. Jorge Luis Zarazúa Campa, FMAP
Para un mexicano en particular, hay ausencias que se hacen más presentes cuando llega noviembre. Una fotografía, el aroma del pan, unas flores de cempasúchil o una receta familiar despiertan recuerdos de quienes compartieron nuestra vida.
En muchos hogares mexicanos, esos recuerdos encuentran un lugar en la ofrenda de Día de Muertos. Entonces surgen preguntas: ¿puede un católico colocarla?, ¿los difuntos regresan a comer?, ¿qué elementos son compatibles con nuestra fe?
Un católico puede colocar una ofrenda como expresión de memoria, gratitud y oración, siempre que sus elementos y las prácticas que la acompañan sean compatibles con el Evangelio. Para discernirla necesitamos considerar qué hacemos, con qué intención y qué significado tiene en nuestro contexto.
1. Recordar a nuestros difuntos es profundamente cristiano
La Iglesia honra la memoria de los fallecidos y ora por ellos desde los primeros siglos. El amor y la comunión en Cristo no quedan destruidos por la muerte.
El Catecismo enseña que existe una comunión espiritual entre los fieles que peregrinamos en la tierra, quienes se purifican después de morir y quienes gozan de Dios en el cielo —nn. 954-958—.
Por eso, conservar fotografías, visitar las tumbas, colocar flores y recordar con gratitud la vida de nuestros familiares puede expresar un amor iluminado por la esperanza cristiana.
El Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, n. 257, pide examinar cuidadosamente las costumbres relacionadas con los difuntos y evitar calificarlas apresuradamente como restos del paganismo cuando no se oponen al Evangelio. Al mismo tiempo, exige que sean educadas por la fe.
Las tradiciones merecen respeto y discernimiento: podemos conservar sus expresiones legítimas y corregir y purificar las creencias que contradigan nuestra esperanza en Cristo.
2. ¿Los difuntos regresan a comer?
La fe católica no enseña que las almas regresen cada año a nuestras casas para consumir alimentos, beber agua o recuperar fuerzas.
Los platillos pueden tener un significado afectivo y cultural: recordar la cocina de nuestra madre, el pan que compartíamos con el abuelo o las reuniones familiares. Pero no alimentan a las almas ni tienen poder para hacerlas volver.
Podemos colocar un alimento como recuerdo de la mesa compartida. Lo que debemos evitar es presentarlo como algo que el difunto necesita para sobrevivir, descansar o emprender un viaje.
Tampoco las flores trazan un camino que las almas necesiten para orientarse, ni las veladoras garantizan su llegada. La Iglesia advierte contra la aplicación inadecuada de nuestras categorías de espacio y tiempo a la condición de los difuntos —Directorio, n. 258—.
La ofrenda puede expresar nuestra memoria; no es un mecanismo para provocar una visita del más allá.
3. ¿Por qué rezamos por nuestros difuntos?
Encomendamos nuestros difuntos a la misericordia de Dios sin presumir conocer el estado de cada uno ante Él.
El Catecismo explica que quienes mueren en la gracia y amistad de Dios, pero todavía necesitan purificación, pasan por una purificación final antes de entrar en la plenitud de la alegría del cielo —nn. 1030-1032—.
Esto es el purgatorio. Quienes se encuentran en él tienen asegurada su salvación: no están esperando que se decida entre el cielo y el infierno.
La oración por los difuntos expresa nuestra fe en la misericordia divina y en la comunión de los santos. La Sagrada Escritura reconoce como santa y piadosa la oración por los fallecidos para que sean liberados de sus pecados —cf. 2 Macabeos 12,46—.
La Iglesia recomienda especialmente ofrecer por ellos la Santa Misa, además de oraciones, limosnas, indulgencias y obras de penitencia.
Una ofrenda puede ayudarnos a recordar. La oración y los sufragios expresan nuestra caridad espiritual hacia quienes han partido.
4. ¿Qué prácticas debemos evitar?
El cariño hacia nuestros familiares debe expresarse mediante acciones compatibles con la fe. Una buena intención no justifica cualquier práctica —cf. Catecismo, nn. 1750-1756—.
Por ello, debemos evitar:
- Evocar o consultar espíritus: recurrir a médiums, sesiones espiritistas o rituales para obtener mensajes de los difuntos.
- Intentar provocar su aparición: realizar ceremonias para obligarlos a manifestarse o regresar.
- Atribuir poderes mágicos a los objetos: creer que las velas abren portales, que las flores atraen necesariamente a las almas o que ciertos alimentos determinan su descanso.
- Interpretar supuestos mensajes como órdenes: vivir atemorizados por sueños o señales a los que atribuimos exigencias de los fallecidos.
- Dar culto divino a la muerte o a poderes ocultos: nuestra adoración pertenece únicamente a Dios.
El Catecismo rechaza la superstición, la adivinación y las prácticas espiritistas —nn. 2111 y 2116-2117—.
Colocar una cruz o una imagen religiosa tampoco vuelve legítimo un ritual que conserva prácticas contrarias a la fe. Los signos cristianos deben acompañarse de una comprensión y una conducta cristianas.
5. Pedir la intercesión de los santos es diferente del espiritismo
Esta distinción es esencial. Pedir a la Virgen María o a los santos que intercedan por nosotros pertenece a la comunión de los santos. No buscamos obtener información secreta ni provocar apariciones: confiamos en su oración ante Dios.
El Catecismo enseña que los santos interceden por nosotros y reconoce también la comunión espiritual con los difuntos —nn. 956-958—.
Por eso, debemos evitar afirmaciones ambiguas como «está prohibido invocar a cualquiera que haya muerto». La prohibición se refiere a la evocación espiritista y a la consulta de los muertos, no a la legítima petición de intercesión.
6. ¿Qué puede llevar una ofrenda vivida desde la fe?
No existe una lista universal y obligatoria de objetos. Podemos disponer un espacio familiar que nos invite al recuerdo agradecido y a la oración:
- Un crucifijo o una imagen de Cristo resucitado, que exprese nuestra esperanza.
- Fotografías de nuestros familiares y amigos.
- Flores, como signo de cariño y respeto.
- Una veladora que nos recuerde a Cristo, luz del mundo.
- La Biblia abierta en un pasaje sobre la resurrección y la vida eterna.
- Si se desea, alimentos con un significado cultural y familiar, sin atribuirles eficacia espiritual.
Lo decisivo es que ese espacio ayude a orar, agradecer y transmitir la fe.
Podemos reunir a la familia, leer la Palabra de Dios, recordar alguna enseñanza del difunto y rezar por su eterno descanso. También podemos compartir alimentos con una familia necesitada o realizar una obra de misericordia en su memoria.
Que el recuerdo se convierta en oración y que la gratitud dé frutos de caridad.
7. ¿Se pueden poner fotografías de nuestros seres queridos antes de que se cumpla un año de su fallecimiento?
Sí, se pueden colocar fotografías de nuestros seres queridos en la ofrenda aunque todavía no se cumpla un año de su fallecimiento. La Iglesia católica no establece ese tiempo de espera.
La creencia de que hay que esperar un año porque el alma «todavía no puede regresar», «no tiene permiso» o podría sufrir algún daño no forma parte de la enseñanza católica. La fotografía sirve para recordar con cariño; no atrae, retiene ni perjudica al alma.
Desde el momento del fallecimiento podemos orar por esa persona, ofrecer la Santa Misa por ella y conservar su memoria con fotografías y flores. El Catecismo recomienda los sufragios por los difuntos sin imponer una espera de un año —nn. 1030-1032—.
Si una familia prefiere esperar por motivos personales o de duelo, puede hacerlo libremente. Es una decisión familiar, no una obligación religiosa.
8. La ofrenda no sustituye la vida cristiana
Ningún arreglo doméstico reemplaza nuestra participación en la Eucaristía, la conversión personal ni los sufragios por los difuntos.
Podemos solicitar que se celebre la Santa Misa por ellos, rezar el Rosario, visitar sus tumbas y ofrecer obras de caridad. Nosotros seguimos llamados a recibir los sacramentos y a vivir reconciliados con Dios y con nuestros hermanos.
La conmemoración de los fieles difuntos, el 2 de noviembre, nos invita especialmente a esta oración. La solemnidad de Todos los Santos, el 1 de noviembre, celebra a quienes ya participan de la gloria celestial.
Ambas celebraciones orientan nuestra mirada hacia Cristo y hacia la plenitud de vida que esperamos en Él.
Nuestra esperanza tiene un nombre: Jesucristo
La fe cristiana nos permite recordar a nuestros difuntos con amor y llorar su ausencia sin perder la esperanza.
Jesús nos dice:
«Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá» (Jn 11,25).
Nuestra esperanza está en su victoria sobre la muerte, en la resurrección de los muertos y en la vida eterna.
Si colocamos una ofrenda, hagámoslo con una fe bien formada. Expliquemos a los niños qué significan sus elementos. Aprovechemos la ocasión para hablar de nuestros familiares, agradecer el bien recibido y orar por ellos.
La memoria conserva sus nombres en nuestro corazón; la fe nos mueve a confiarlos al corazón misericordioso de Dios.
Oración por nuestros difuntos
Señor Jesús, muerto y resucitado por nosotros,
encomendamos a tu misericordia
a nuestros familiares y amigos difuntos.Purifícalos de sus pecados
y concédeles participar de la alegría de tu Reino.Consuela a quienes lloran su ausencia
y enséñanos a vivir con fe, esperanza y caridad,
hasta que podamos reunirnos en tu presencia.Dales, Señor, el descanso eterno
y brille para ellos la luz perpetua. Amén.
Fuentes: Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 954-958, 1030-1032, 1750-1756, 2111 y 2116-2117; Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, nn. 256-260; 2 Macabeos 12,43-46; Juan 11,25-26.