Un Dios que desciende: la audacia misericordiosa que ilumina nuestras tinieblas

Por el padre Jorge Luis Zarazúa Campa, fmap
jorgeluiszarazua@hotmail.com

En un mundo saturado de luces artificiales y pantallas deslumbrantes, resulta casi escandaloso volver la mirada a lo oscuro: al dolor oculto, al pecado silente, al abandono interior. Sin embargo, al meditar el descenso de Cristo a los infiernos —recordado por el Papa León XIV como una acción profunda de salvación— somos invitados a una renovación de la esperanza y de la presencia compasiva de Dios en las grietas de la existencia humana.

1. “Infiernos”: condición existencial antes que lugar geográfico

El Papa subraya que, en la concepción bíblica, los infiernos no son tanto un espacio terrestre distinto, cuanto una realidad existencial: “esa condición en la que la vida está debilitada y reinan el dolor, la soledad, la culpa y la separación de Dios y de los demás”.

No es necesario que alguien haya fallecido para estar en “infierno”: la vida diaria está llena de pequeñas muertes interiores: resentimientos no sanados, traiciones, heridas afectivas, adicciones, desánimo profundo, sensación de ser irrelevante. Aquello que llamamos “infierno” muchas veces empieza en el silencio de un corazón quebrantado.

Cuando Cristo “desciende”, entra precisamente en esas zonas oscuras donde el ser humano piensa que Dios no llega, donde las tinieblas parecen más densas. No va para castigar, sino para rescatar.

2. La audacia de Dios: autoridad y dulzura conjugadas

León XIV cita una tensión fecunda: Dios “llama con plena autoridad, pero con infinita dulzura”.   No es un Dios autoritario sin misericordia, ni un Dios blando sin gravitación: Él entra con poder, pero con ternura.

La autoridad divina no es dominio despótico, sino afecto fuerte que puede penetrar las tinieblas definitivas del alma humana. La misericordia no cancela justicia, sino que la eleva, entraña un compromiso de conversión. Cristo desciende para “liberar, no para culpabilizar”.

Este modo divino de comportarse —proclamado por León XIV— debe inspirar nuestra manera de acompañar pastoralmente: una autoridad que no oprime, una exigencia que no degrada, una verdad que cura más que lacera.

3. Historia rota, redención posible

Quizás una de las frases más consoladoras del Papa es esta:

“No hay pasado tan arruinado, no hay historia tan comprometida que no pueda ser tocada por su misericordia.”

Ese enunciado implica que ninguna vida está fuera del alcance de la gracia —por más humillada, fragmentada o averiada que parezca. Cristo va por los márgenes, recorre los escombros. Él vuelve a presentar la Creación al Padre el Sábado Santo, “hecha de personas que se han vuelto a levantar, de corazones perdonados, de lágrimas secadas”.

La Iglesia no puede hablar jamás de rechazo definitivo: su misión es extender el toque redentor de Dios en las historias heridas. Pero para ello requiere coraje para adentrarse en las periferias existenciales, no solo las geográficas.

4. Implicaciones pastorales para hoy

¿Qué significa esta doctrina del descenso para la experiencia real de los fieles y para la tarea pastoral concreta? Aquí algunas líneas de reflexión:

            • Acoger al herido del alma. No mirar solo al público, al que “funciona”, sino a quien se oculta detrás de la sonrisa, con heridas profundas. Escuchar el silencio, ofrecer espacio para el llanto, acompañar sin juicio.

            • Ministros con profundidad espiritual. El sacerdote, la consejera, el acompañante espiritual debe tener fortaleza interior, arraigo en la Escritura y en la oración, para no rehuir las zonas oscuras. No basta tener métodos: se necesita corazón contemplativo.

            • Liturgia y sacramentos como lugares de descenso anticipado. En la confesión, en la unción de los enfermos, en la Eucaristía, nosotros también “descendemos” simbólicamente para que la gracia penetre lo oculto. La liturgia no debe quedar en la superficialidad de lo estético: ha de invitar a la inmersión sanadora.

            • Comunidades que no tengan miedo del dolor. Una parroquia saludable sabe contener los gemidos del alma, acoger testimonios incómodos, caminar con los que se alejan, rezar por los que caen. Comunidades que no teman el eco de la cruz, porque saben que Dios ha bajado también ahí.

            • Testimonio de resurrección. Aun al contemplar lo más oscuro, la misión no es quedarse en el pozo, sino encarnar una esperanza activa: recordar que la cruz termina en la resurrección. Cuando el descenso ha ocurrido, Cristo ascenderá con nosotros resucitado y victorioso.

5. Desafíos para nuestra fe contemporánea

Vivimos en un ambiente cultural que tiende a negar el mal real, a reducirlo a metáforas psicológicas o estructuras sociales. Decir “infierno” o “tinieblas” suena para muchos anticuado o alarmista. Pero la fe nos recuerda que las palabras las creemos no porque estén de moda, sino porque describen una realidad espiritual que no podemos eludir.

Además, hay tentación de que el dolor se normalice: que aceptemos las pequeñas muertes interiores como inevitables. Pero la fe nos exige esperanza activa: no resignación, sino transformación. Cristo desciende al infierno, precisamente para que ya no vivamos como prisioneros, sino como liberados.

Finalmente, debemos cuidar que el “descenso” no sea usado de modo fantasioso, manipulador o “esotérico”. No todo sufrimiento espiritual es demoníaco. El discernimiento teológico, acompañamiento prudente y el diálogo con ciencias como la psicología son necesarios.

Conclusión

El Papa León XIV nos recuerda que el misterio pascual no se agota en el sepulcro ni en la cruz: incluye la audacia de que Cristo “descienda” al infierno humano, toque nuestras heridas más oscuras, proclame la luz en las regiones de sombra. Esa acción no es simbólica solamente: es real, salvadora, compasiva.

Que como Iglesia aprendamos a no huir del dolor, a descender con Cristo cuando sea necesario, pero siempre con la mirada puesta en la resurrección. Que ningún corazón herido quede sin que Él toque su historia. Y que nosotros —ministros, comunidades, creyentes— seamos signos vivos de ese Dios que no teme bajar, para que tu nombre sea alabado incluso en el exilio del alma.

https://www.religionenlibertad.com/vaticano/250924/leon-descenso-infiernos_114146.html

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