Cada año, cuando el calendario se aproxima a la Cuaresma, el carnaval irrumpe con fuerza en calles, pantallas y discursos públicos. Se presenta como sinónimo de alegría, libertad, identidad cultural y expresión popular. Quien se atreve a cuestionarlo corre el riesgo de ser tachado de moralista, aguafiestas o enemigo de la cultura. Sin embargo, la fe cristiana —cuando es honesta— no puede renunciar al discernimiento.
La pregunta no es si el cristiano puede alegrarse, sino qué tipo de alegría estamos celebrando.
Una fiesta con memoria… hoy olvidada
El carnaval no nació como una exaltación del desorden sin sentido. Históricamente, fue una frontera simbólica: el último tramo antes de entrar en la Cuaresma. Su nombre mismo —carne vale, “adiós a la carne”— recuerda que no era un culto al cuerpo, sino una despedida de la abundancia para disponerse al ayuno, a la sobriedad y a la conversión.
La fiesta tenía un límite. Y el límite le daba sentido.
Hoy, en cambio, el carnaval se ha emancipado de toda referencia espiritual. Ya no prepara para nada. No conduce a ningún silencio posterior. No abre camino a la conversión. Se ha convertido en un fin en sí mismo, y ahí radica el problema.
Cuando la máscara deja de ser juego
El carnaval siempre utilizó máscaras. En su origen, eran una licencia simbólica: una breve inversión del orden para recordar que ningún poder humano es absoluto. Pero cuando la máscara deja de ser juego y se vuelve identidad, algo se quiebra.
Hoy la máscara ya no protege: esconde.
Esconde el vacío interior, la falta de sentido, la incapacidad de estar a solas con uno mismo. Se ríe mucho, se grita más, se bebe hasta perder el control… porque el silencio duele.
La fiesta se vuelve anestesia.
El cuerpo: de lenguaje a mercancía
Uno de los signos más preocupantes del carnaval contemporáneo es la forma en que trata el cuerpo. Ya no como lenguaje de comunión o belleza, sino como objeto de exhibición, consumo y uso.
El cuerpo —que en la fe cristiana es templo, don y promesa de resurrección— es reducido a espectáculo. La sexualidad, vaciada de misterio, se convierte en provocación. La embriaguez deja de ser excepción y se normaliza como rito.
No es libertad.
Es pérdida de dominio de sí, y toda pérdida de dominio termina esclavizando.
Alegría sin verdad no libera
El cristianismo no es enemigo de la fiesta. Jesús participó en bodas, compartió mesas y fue acusado de “comilón y bebedor”. Pero su alegría siempre estuvo unida a la verdad del corazón.
Por eso la fe cristiana sospecha de toda alegría que:
• necesita olvidar,
• requiere perder el control,
• exige apagar la conciencia.
Cuando la alegría huye de la verdad, termina devorándose a sí misma.
¿Qué celebramos realmente?
La pregunta decisiva no es cultural, sino antropológica y espiritual:
¿qué imagen del ser humano expresa hoy el carnaval?
¿Un ser llamado a la comunión y al sentido,
o un ser que necesita desbordarse porque no sabe quién es?
La Cuaresma comienza con una frase brutalmente honesta:
“Recuerda que eres polvo”.
No para humillar, sino para despertar.
El carnaval, separado de la conversión, dice lo contrario:
“Olvida quién eres… al menos por unos días”.
El desafío cristiano: purificar la fiesta
La respuesta cristiana no es la condena fácil ni la ingenua justificación. Es más exigente: purificar la alegría, reconciliar la fiesta con la verdad, devolverle al cuerpo su dignidad y al corazón su centro.
No toda música alegra.
No todo baile humaniza.
No todo exceso es celebración.
La verdadera alegría no nace del ruido, sino de la reconciliación interior. Y esa alegría —la única que no se agota— no necesita máscaras.
Epílogo incómodo
Tal vez el problema del carnaval actual no es que sea demasiado alegre, sino que revela cuán poco sabemos alegrarnos de verdad.
Y por eso la Iglesia, cada año, no responde con más ruido, sino con ceniza.
No con desprecio, sino con una pregunta:
“¿Quieres seguir huyendo… o estás listo para volver al corazón?”