¿De qué nos sirve ayunar?

Por el P. Jorge Luis Zarazúa Campa, FMAP

En tiempos de Cuaresma vuelve una pregunta incómoda, tan antigua como actual: «¿De qué nos sirve ayunar?». No es una duda irreverente ni una provocación moderna. Es una pregunta bíblica, nacida del corazón de un pueblo creyente que cumple prácticas religiosas y, sin embargo, no experimenta conversión ni frutos.

La encontramos con fuerza en la primera lectura del Viernes después de Ceniza, cuando el pueblo de Israel reclama a Dios la aparente inutilidad de su ayuno. La respuesta divina, transmitida por el profeta Isaías (cf. Is 58), es tan clara como exigente:
un ayuno exterior sin conversión interior es inútil y estéril.

1.⁠ ⁠El problema no es el ayuno, sino su falsificación

Hoy, especialmente en redes sociales, el ayuno y la abstinencia son temas recurrentes. El problema no es que se hable de ellos, sino cómo se presentan.

a) El ayuno convertido en dieta

Algunas propuestas parecen más propias de un consultorio de nutrición que de la espiritualidad cristiana. Cuando el centro del ayuno es el cuerpo, el rendimiento o la autoimagen, Dios desaparece del horizonte. El ayuno cristiano no busca bienestar, sino humildad; no apunta al control estético, sino a la conversión del corazón.

b) El falso “ayuno moral”

También circulan propuestas que invitan a “ayunar de malas palabras”, “ayunar de enojos” o “ayunar de pensamientos negativos”. Aunque puedan tener un valor pedagógico, no sustituyen el ayuno cristiano.

La razón es sencilla y teológicamente sólida: del pecado no se ayuna; el pecado se evita siempre. Nadie puede presentarse ante Dios diciendo que hoy “ayunó” de algo que nunca debió hacer.

2.⁠ ⁠¿Cómo se ayuna según la fe de la Iglesia?

Frente a estas confusiones, la tradición cristiana ofrece criterios claros y profundamente humanos.

1.⁠ ⁠Ayuno como oración, ofrenda y sacrificio

El ayuno es una oración corporal. A través de él, el creyente confiesa con su cuerpo que necesita a Dios más que al alimento. Sin esta intención, el ayuno se vacía de sentido.

2.⁠ ⁠Ayuno como obediencia eclesial

Ayunar cuando la Iglesia lo manda no es legalismo: es obediencia filial. La Cuaresma no es un proyecto personal de espiritualidad, sino un camino comunitario. Recibir el ayuno como mandato de la Iglesia es honrar a la Madre que nos guía en la fe.

3.⁠ ⁠Ayuno para educar los apetitos

Ayunar nos recuerda que no todo deseo debe ser satisfecho. En una cultura que absolutiza el consumo y el placer inmediato, el ayuno es un acto profundamente contracultural: devuelve al ser humano el dominio de sí.

4.⁠ ⁠Ayuno que se convierte en limosna

El ayuno auténtico no termina en uno mismo. Lo que se ahorra en comida y bebida debe transformarse en caridad concreta. Sin esta apertura al necesitado, el ayuno se vuelve egoísta y estéril.

5.⁠ ⁠Ayuno para despertar hambre de Dios

Este es el corazón del ayuno cristiano. Ayunamos para tener hambre y sed de Dios, especialmente cuando hemos perdido el deseo de la Eucaristía, cuando llevamos tiempo sin confesarnos o cuando la fe se ha vuelto costumbre sin pasión.

El ayuno nos duele porque revela una ausencia más profunda: la falta de Dios en nuestra vida.

3.⁠ ⁠Una llamada profética para nuestro tiempo

Denunciar las caricaturas del ayuno no es dureza espiritual, sino caridad pastoral. La Cuaresma no fue pensada para acomodar conciencias, sino para despertarlas. Defender el ayuno auténtico es defender su poder de conversión.

No se trata de ser “más espirituales” que otros, ni de despreciar a nadie, sino de recuperar la verdad del Evangelio: las prácticas religiosas solo agradan a Dios cuando conducen a la justicia, la reconciliación y la comunión sacramental.

Conclusión

Ayunar sirve cuando:
• nos conduce al arrepentimiento sincero,
• nos abre al prójimo necesitado,
• y nos devuelve el deseo de Dios vivo y presente en los sacramentos.

Cuando el ayuno no lleva a la confesión, a la Eucaristía y a una vida más justa, deja de ser camino de salvación y se convierte en apariencia.

Que nuestro ayuno y nuestra abstinencia no busquen originalidad ni aplausos,
sino que sean agradables a los ojos de Dios y fecundos para nuestra conversión.

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