Parecía una reunión normal con tópicos, que nadie se atrevía a discutir, frases que parecían inocentes y al contrario escondían un veneno mortal. Qué bueno que a un cierto momento descubrí la trampa y tuve el valor de intervenir, callando al orador de turno que no se cansaba de despotricar contra los ricos y los poderosos, haciendo de ellos los principales culpables de todos los males habidos y por haber, hasta de la muerte de Cristo. No se cansaba de repetir que “los ricos mataron a Cristo”. Con eso parecía que estaba a favor de los pobres, cuando en realidad los estaba llenando de odio contra los hacendados con miras a empujarlos a la guerrilla.
Puesto que se trataba de auténticas barbaridades en campo teológico, no me resultó difícil callarlo, dejándolo lleno de vergüenza delante de todos. En realidad, estaba hablando como si nosotros fuéramos una bola de ignorantes en espera de algún oráculo mesiánico.
Naturalmente mi intervención le cayó como un balde de agua fría, despertando en él un profundo rencor contra mi persona. Ni modo. No era la primera vez que me pasaba esto. Por lo tanto, no me afectó mínimamente. Lo que sí me quedó claro, fue que desde entonces los presentes se pusieron en estado de alerta, empezando a medir distancia con este tipo de gente, cuyos planteamientos están totalmente al margen del sentir cristiano.
Claro que, al verse descubierto, el fulano no tuvo otro remedio que alejarse de la diócesis, en busca de gente más fácilmente manipulable y decidida a todo, con tal de alcanzar el paraíso en la tierra, dejando a los ricos sin nada y adueñándose de sus bienes. En el fondo, se trataba de un vendedor de ilusiones, en busca de fama y aventuras. Se decía que era consejero de un comandante de la guerrilla, con el cual estaba en contacto constante por internet.
Por eso muchos lo consideraban como un héroe, hasta que alguien descubrió que se paseaba tranquilamente por el mundo, hospedándose en los mejores hoteles y disfrutando de las mejores viandas, mientras sus fans se desangraban en las montañas. Con eso y el fracaso de la guerrilla, desapareció de la escena política, regresando a su trabajo de siempre y viviendo a espaldas de los pobres (administrándoles sacramentos al por mayor).
Pasaron los años y volví a encontrarlo: ya anciano, borracho empedernido y teórico de la nueva manera de trabajar a favor de los indígenas, los más pobres entre los pobres, utilizando una nueva palabra: “acompañamiento”, una palabra mágica como las antiguas palabras de “revolución” y “guerrilla”, ya pasadas de moda.
En su nueva versión del compromiso con los pobres, el papel de la Iglesia, del sacerdote y de la religiosa según él tenía que consistir sencillamente en “acompañar” a los indígenas, conviviendo con ellos especialmente en sus fiestas religiosas. Conviviendo y tomando con ellos evidentemente, como uno cualquiera. De ahí su nueva adicción al alcohol, que según él representaba la prueba máxima de su “inserción” en el ambiente y la cultura indígena.
– ¿Y los reclamos del Evangelio?– le pregunté.
– El Evangelio –fue su respuesta– no tiene nada que ver con el mundo indígena, puesto que la visión religiosa de los indígenas y sus prácticas de culto no tienen nada que envidiar al mundo cristiano, aparte de representar algo propio en comparación con el cristianismo, algo impuesto por extranjeros.
– ¿Y qué tal la costumbre de emborracharse, cometer adulterio y matarse el uno al otro como si fueran animales de la selva?
– Ni modo. Es su cultura. Nadie tiene derecho a meterse en la cultura ajena.
La “cultura”: otra palabra mágica, cuyo contenido no podía ser sometido a discusión; algo sagrado, como si se tratara de un oráculo o un tabú. Hasta que… Siempre hay un “hasta que”, máxime cuando se trata de un pretexto y nada más, para esconder algo que no se quiere expresar claramente, como en nuestro caso.
“Hasta que” llegaron los de la competencia y todo su teatrito se le fue abajo. Sin más ni más, esos amigos con la Biblia en la mano les presentaron a los “inditos” un panorama totalmente diferente del que les habían pintado hasta la fecha, haciéndolos despertar a una nueva vida, dejando a un lado ciertos vicios “culturales” y aprendiendo a relacionarse mejor entre sí y con el único Dios vivo y verdadero.
Así el ex guerrillero de salón e ideólogo “cultural” quedó solo, ya decrépito. Pero no se dio por vencido. A los que le pedían alguna explicación acerca de la nueva situación que se había creado con la presencia de los recién llegados, sencillamente les contestaba:
–Los indígenas son libres de hacer lo que les dé su regalada gana. Nadie los puede obligar a ser católicos a la fuerza.
Así que… todo es bueno, menos ser auténticos católicos. Desde un principio no tuve la menor duda de que en todo el asunto había gato encerrado.
Preguntas
1. Teniendo en cuenta tu experiencia personal, ¿qué te hace recordar esta historia?
2. Según tu opinión, ¿cuál tiene que ser la relación entre la cultura y el Evangelio?






