María, la Llena de Gracia: su colaboración única en la Redención

Catequesis con corazón de Iglesia, verdad luminosa y ternura filial

Hay palabras que, al rozar el misterio, se vuelven incienso. Así ocurre cuando pronunciamos el nombre de María. Detrás de esas cinco letras respira un designio eterno: la mujer escogida por Dios, la señal de que el cielo no se ha olvidado de la tierra. Contemplarla es descubrir cómo la gracia puede modelar un corazón hasta hacerlo totalmente disponible a Dios.

En esta catequesis queremos contemplar su colaboración singular y única en la obra redentora de Cristo, sin exageraciones devocionales, sin temores y sin durezas, con la certeza de la fe católica y la ternura de los hijos. Y al hacerlo, veremos también por qué la Iglesia, con sabiduría, no la llama “corredentora”, aunque reconoce su misión incomparable junto al Salvador.

1.⁠ ⁠El designio de Dios: una mujer junto al Redentor

Desde las primeras páginas de la Biblia, Dios deja entrever su propósito: “Pondré enemistad entre ti y la mujer” (Gn 3,15). Detrás de esa profecía se oculta una figura futura, una mujer asociada al triunfo del Mesías sobre el pecado.

Cuando el tiempo se cumplió, esa mujer tuvo un nombre: María de Nazaret. No fue espectadora del plan divino, sino protagonista humilde. Su “sí” abrió la puerta al Salvador. San Ireneo lo expresó así: “Lo que fue atado por la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María”. Ella no nos redime, pero coopera de manera única en la llegada del Redentor.

Su maternidad divina y espiritual hace que formen un solo latido: Cristo y María. Pero siempre recordando: Él es el Redentor, ella es la servidora fiel.

2.⁠ ⁠La Anunciación: colaboración desde la libertad

La redención entra en la historia a través de un consentimiento. Dios no irrumpe como conquistador, sino como mendigo de amor. El ángel espera una palabra: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38).

En ese instante, María ofrece todo su ser para que el Hijo eterno se encarne. No aporta la gracia —porque toda gracia viene de Dios—, pero se entrega como espacio sagrado donde Dios puede habitar. Su cooperación es real, pero es fruto de la gracia previa: “Llena de gracia” (Lc 1,28). Su sí está transfigurado por la iniciativa divina, no brota de una grandeza autónoma.

Aquí descubrimos un principio precioso:

María colabora porque primero fue amada; sirve porque fue revestida de gracia; responde porque fue elegida.

3.⁠ ⁠Al pie de la Cruz: compañía dolorosa y fecunda

Si queremos ver la máxima colaboración de María en la obra redentora, debemos ir al Calvario. Allí no hay discursos, ni gestos grandiosos, ni protesta. Solo está de pie, en silencio, envuelta en un dolor obediente que participa misteriosamente del sacrificio de Cristo.

Jesús derrama su Sangre para expiar nuestros pecados. Solo su entrega tiene poder salvador. Pero María está junto a Él como la Madre que consiente, sufre y ofrece con el corazón traspasado (cf. Lc 2,35). Ni añade nada a la eficacia de la Cruz, ni disminuye lo que Cristo realiza. Su colaboración es de compasión, de fe y de ofrecimiento, no de igualdad.

Los santos y los Papas han visto ahí una unión profunda: la Madre que participa con amor, no como causa de salvación, sino como criatura redimida que se asocia desde dentro al misterio pascual.

Por eso, Benedicto XVI pudo decir que María “participó íntimamente en la obra de la Redención” bajo la Cruz, no porque fuese corredentora, sino porque su corazón entregado se unió al corazón amante de Cristo.

4.⁠ ⁠Madre en la Iglesia: servicio, no protagonismo

Desde la Cruz, Jesús nos regaló a María: “Ahí tienes a tu Madre” (Jn 19,27). Ella no se retiró al olvido, sino que permaneció en el núcleo de la Iglesia naciente. No para ocupar el centro —donde solo está Cristo—, sino para acompañar, fortalecer, interceder.

La Maternidad espiritual de María no añade nada al único mediador, pero hace que, como una lámpara cercana, el rostro de Cristo brille más. Todo lo que hace es para conducirnos hacia Él:
• ruega por nosotros,
• nos ayuda con su ejemplo,
• nos sostiene con su ternura,
• nos recuerda que la santidad se aprende a los pies del Maestro.

La Iglesia la llama “Abogada, Auxiliadora y Mediadora de gracia”, pero siempre reconociendo que su mediación es participada, subordinada, dependiente y totalmente orientada a Cristo.

5.⁠ ⁠¿Por qué no corredentora?

Algunos cristianos, movidos por gran amor a Nuestra Señora, han querido llamarla “corredentora”. Sin embargo, la Iglesia, con sabiduría teológica y prudencia pastoral, ha preferido no emplear ese título.

¿Por qué?

✦ Porque Cristo es el único Redentor

La Sagrada Escritura afirma con claridad:

“Hay un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo” (1 Tim 2,5).
Él solo cargó el pecado del mundo, Él solo derramó la Sangre que salva, Él solo resucitó para abrirnos las puertas de la vida eterna.

✦ Porque el término puede causar confusión

En el lenguaje contemporáneo, “co” suena a “igualdad”, a “copropietario”, “cocreador”. La Iglesia ha preferido evitar expresiones que podrían hacer creer que María comparte la misma dignidad redentora de Cristo o que sufre en igualdad de condiciones el sacrificio del Hijo.

El amor genuino a María incluye custodiar la pureza de la fe. La Madre no desea títulos ambiguos que opaquen a su Hijo, sino que toda gloria recaiga en Él.

6.⁠ ⁠¿Significa esto rebajar a María? Al contrario

Decir que María no es corredentora no disminuye su grandeza. La purifica, la coloca en el lugar más bello:
• criatura totalmente salvada por Cristo,
• discípula perfecta,
• colaboradora humilde y obediente,
• reflejo sin sombras del amor de Dios.

Su misión es única porque fue la Madre del Redentor y la primera creyente. Su colaboración fue incomparable porque nadie estuvo tan íntimamente unido a Cristo como ella, desde Belén hasta el Calvario.

Pero toda su grandeza es gracia: Cristo es la Fuente; María, el cántaro lleno. Cristo es el Sol; María, la luna que lo refleja. Cristo es el Salvador; María, la primera salvada.

7.⁠ ⁠María, escuela de la colaboración fiel

Mirar a María es aprender cómo colaborar con la obra redentora, no como causa, sino como respuesta:
• Aceptando la voluntad de Dios, incluso cuando duele.
• Viviendo la fe, incluso cuando el cielo se oscurece.
• Entregando el corazón, incluso cuando la Cruz parece inexplicable.

Ella nos enseña que la verdadera grandeza espiritual no está en los títulos, sino en la obediencia. La plenitud de la vida cristiana está en el amor que se entrega, no en la exaltación de uno mismo.

Conclusión: María, Madre nuestra, guía hacia Cristo

La Virgen María tuvo una participación única y singular en la Redención:
• al acoger al Salvador,
• al vivir en perfecta comunión con Él,
• al permanecer junto a la Cruz,
• y al ser madre de la Iglesia.

Pero Cristo es el único Redentor. Ella misma lo proclama en el Magníficat:

“Mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador”.

Quien la ama de verdad, la contempla como la Iglesia la contempla: luminosa como la aurora, humilde como la tierra fecunda, obediente como la Sierva. No busca para ella títulos que puedan oscurecer a Cristo, sino que aprende de su corazón maternal a decir:
“Hagan lo que Él les diga” (Jn 2,5).

Que esta catequesis nos confirme en una devoción sana, profunda y filial: una devoción que se arrodilla ante Cristo y toma la mano de María, para que ella nos conduzca siempre hacia el Salvador, con la ternura de una Madre y la fidelidad de una discípula.

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