¿Quién escribió la Biblia?
Lo que los nombres de sus autores nos enseñan sobre la Palabra de Dios
Por el padre Jorge Luis Zarazúa Campa, FMAP
Septiembre, Mes de la Biblia, es una oportunidad privilegiada para abrir la Sagrada Escritura, leerla con mayor atención y formular preguntas que quizá nunca nos habíamos atrevido a plantear. Una de las más interesantes es también una de las más difíciles:
¿Cómo sabemos quiénes escribieron los libros de la Biblia?
En algunas ediciones encontramos nombres conocidos: Moisés, David, Salomón, Isaías, Mateo, Marcos, Lucas, Juan y Pablo. Esto podría hacernos pensar que conocemos con absoluta certeza al autor de cada libro. Sin embargo, cuando examinamos atentamente los textos, descubrimos una historia mucho más compleja y fascinante.
Algunos libros identifican claramente a su autor. Otros son anónimos. Algunos conservan la predicación de un profeta, pero fueron organizados posteriormente por sus discípulos. Otros reúnen materiales que circularon durante generaciones antes de alcanzar su forma definitiva.
Lejos de disminuir el valor de la Biblia, esta historia nos permite comprender mejor cómo Dios quiso hablarnos mediante palabras verdaderamente humanas.
La Biblia no nació como un libro moderno
Actualmente, cuando compramos un libro, encontramos en la portada el nombre del autor, el título, la editorial y el año de publicación. Los libros bíblicos surgieron en un mundo muy diferente.
Muchos textos antiguos circularon inicialmente sin portada ni firma. Eran copiados a mano y recibían su nombre por sus primeras palabras, por su contenido o por el personaje más importante de la narración.
Además, en la antigüedad la idea de autor era más amplia que la nuestra. Un maestro podía ser considerado autor de las enseñanzas que sus discípulos conservaron y pusieron por escrito. Una escuela profética podía continuar, aplicar y actualizar el mensaje de su fundador. Incluso una carta podía ser dictada a un secretario.
San Pablo, por ejemplo, es el autor de la Carta a los Romanos, pero al final aparece el saludo de su escribiente:
«Yo, Tercio, que he escrito esta carta, los saludo en el Señor» (Rom 16,22).
San Pablo es responsable del mensaje, mientras Tercio participó materialmente en su redacción. Este pequeño detalle nos advierte que la composición de un libro puede involucrar a más de una persona.
¿Moisés escribió todo el Pentateuco?
La tradición judía y cristiana relacionó siempre los primeros cinco libros de la Biblia —Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio— con Moisés.
Esta relación tiene un fundamento sólido: Moisés es la figura central del éxodo, la alianza y la entrega de la Ley. La misma Biblia afirma que puso por escrito algunas palabras y disposiciones recibidas de Dios (cf. Éx 24,4; Núm 33,2; Dt 31,9).
Sin embargo, el Pentateuco también narra la muerte y sepultura de Moisés (Dt 34,5-8), contiene repeticiones, recoge leyes formuladas en contextos diferentes y presenta señales de una organización posterior.
Por eso, la mayoría de los biblistas sostiene actualmente que estos libros alcanzaron su forma definitiva mediante un proceso prolongado. En ellos encontramos antiguas tradiciones vinculadas con Moisés, relatos transmitidos por generaciones, colecciones legales y la labor de redactores posteriores.
Reconocer este proceso no significa negar la importancia de Moisés. Significa comprender que su experiencia fundadora originó una tradición viva que Israel conservó, meditó y actualizó bajo la acción de Dios.
¿David escribió todos los salmos?
El libro de los Salmos se encuentra profundamente relacionado con el rey David. La Biblia lo presenta como poeta, músico y cantor de Israel. Numerosos salmos llevan su nombre.
Pero el Salterio es una colección formada a lo largo de varios siglos. Algunos salmos evocan el templo de Jerusalén, otros el destierro en Babilonia y otros el regreso del pueblo a su tierra. También aparecen composiciones relacionadas con Asaf, los hijos de Coré, Salomón y Moisés.
David puede ser llamado legítimamente el gran inspirador y padre de la tradición salmódica, pero eso no significa que haya escrito personalmente los 150 salmos.
Algo semejante sucede con Salomón. Debido a su fama como rey sabio, fueron asociados con él libros como Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los Cantares y Sabiduría. Sin embargo, estos escritos proceden de épocas y ambientes diferentes.
La atribución a Salomón no siempre funciona como una firma moderna. Puede indicar que un escrito pertenece a la tradición sapiencial de la cual el monarca fue considerado representante eminente.
Los profetas y sus discípulos
Los libros proféticos conservan la predicación de hombres concretos llamados por Dios: Isaías, Jeremías, Ezequiel, Amós, Oseas y muchos otros.
Sin embargo, los profetas no trabajaron necesariamente solos. A su alrededor hubo discípulos que escucharon, memorizaron, recopilaron y actualizaron sus mensajes. Jeremías menciona expresamente a Baruc, quien escribió en un rollo las palabras dictadas por el profeta (Jer 36,4).
El libro de Isaías es uno de los ejemplos más conocidos. Sus primeros capítulos reflejan especialmente la situación del siglo VIII antes de Cristo, cuando el Imperio asirio amenazaba a Judá. Otros capítulos se dirigen a los israelitas desterrados en Babilonia, mientras los últimos parecen corresponder al periodo posterior al regreso.
Por eso, muchos estudiosos hablan de varias etapas dentro de la tradición de Isaías. Esto no elimina al profeta histórico. Al contrario, muestra la fecundidad de su mensaje: sus discípulos continuaron interpretándolo ante nuevas circunstancias.
La palabra profética no quedó encerrada en el pasado. Siguió iluminando la historia del pueblo de Dios.
¿Quién escribió los Evangelios?
Los Evangelios no incluyen una firma dentro de la narración. Mateo nunca dice: «Yo, Mateo, escribí este libro». Marcos y Lucas tampoco mencionan sus propios nombres. Juan relaciona su testimonio con el «discípulo amado», pero no lo identifica expresamente.
Los nombres de Mateo, Marcos, Lucas y Juan proceden de la antigua tradición cristiana y aparecen de manera consistente en los manuscritos y testimonios de los primeros siglos. No encontramos, por ejemplo, manuscritos que atribuyan el primer Evangelio a Pedro o el tercero a Santiago.
Esta unanimidad otorga un valor histórico importante a la tradición, aunque no resuelva cada cuestión sobre el proceso de composición.
Lucas nos ofrece una pista especialmente valiosa. Al comenzar su Evangelio reconoce que otros habían narrado anteriormente los acontecimientos y explica que él investigó cuidadosamente las tradiciones recibidas:
«Después de investigarlo todo diligentemente desde los orígenes, también yo he decidido escribírtelo por su orden» (Lc 1,3).
El evangelista no fue simplemente un copista. Investigó, seleccionó, ordenó e interpretó testimonios para ayudar a sus lectores a conocer la solidez de la enseñanza cristiana.
El Evangelio de Juan presenta una situación todavía más interesante. Al final afirma:
«Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero» (Jn 21,24).
El texto parece distinguir entre el testimonio del discípulo y la comunidad que lo recibió, conservó y transmitió. Detrás del Evangelio puede encontrarse un testigo apostólico, pero también una comunidad y una labor posterior de redacción.
Las cartas de san Pablo
En el caso de san Pablo poseemos mayor seguridad. Existe amplio consenso académico en que al menos siete cartas proceden directamente del Apóstol:
- Romanos;
- Primera y Segunda Corintios;
- Gálatas;
- Filipenses;
- Primera Tesalonicenses;
- Filemón.
La autoría de otras cartas, como Efesios, Colosenses, Segunda Tesalonicenses, Primera y Segunda Timoteo y Tito, continúa siendo discutida. Algunos investigadores las consideran obras de discípulos que conservaron y aplicaron el pensamiento paulino después de su muerte. Otros defienden la autoría directa de Pablo o una participación significativa de secretarios.
Esta discusión no cambia su pertenencia a la Biblia. La Iglesia las recibió como testimonios auténticos de la fe apostólica, independientemente de que Pablo haya escrito personalmente cada frase.
El gran misterio de la Carta a los Hebreos
Uno de los casos más llamativos es la Carta a los Hebreos. El escrito no menciona a su autor.
Durante siglos fue relacionado con san Pablo, pero ya los cristianos antiguos reconocían que su lenguaje y estilo eran diferentes. Se propusieron distintos nombres: Bernabé, Lucas, Apolo, Clemente de Roma e incluso Priscila.
En el siglo III, el gran biblista Orígenes resumió prudentemente la cuestión: quién escribió realmente la carta, «solo Dios lo sabe».
Después de tantos siglos, seguimos sin conocer su nombre. Pero la Carta a los Hebreos no pierde por ello su belleza, profundidad ni autoridad. Su autor humano permanece oculto, mientras su mensaje continúa conduciéndonos hacia Cristo, sumo y eterno sacerdote.
Autor humano y Autor divino
¿Significa todo esto que no sabemos quién escribió la Biblia?
Sabemos algunas cosas con gran seguridad, otras con distintos grados de probabilidad y otras quizá nunca podremos conocerlas. Pero para la fe católica hay una verdad todavía más profunda.
El Concilio Vaticano II enseña que Dios eligió autores humanos que utilizaron plenamente sus capacidades, conocimientos, cultura y recursos literarios. Actuaron como «verdaderos autores», mientras Dios obraba en ellos y por medio de ellos (Dei Verbum, 11).
La inspiración no fue un dictado mecánico. Los autores bíblicos no entraron en trance ni perdieron su personalidad. Investigaron, recordaron, seleccionaron fuentes, compusieron poemas, recopilaron leyes, escribieron cartas y organizaron relatos.
Dios no anuló su humanidad. Se sirvió de ella.
Por eso, en la Biblia encontramos simultáneamente la Palabra de Dios y palabras humanas. La voz divina nos llega mediante el lenguaje, la cultura, los géneros literarios y las circunstancias históricas de sus autores.
¿Podemos confiar en un libro cuyo autor desconocemos?
Sí. La inspiración de un libro no depende de que conozcamos el nombre de quien lo escribió.
La Iglesia no reconoció los libros bíblicos solamente porque llevaran el nombre de un apóstol o profeta. También discernió:
- su relación con la historia de la salvación;
- su fidelidad a la fe recibida;
- su origen profético o apostólico;
- su uso constante en la liturgia;
- su recepción en las comunidades;
- y su capacidad para alimentar la vida cristiana.
Algunos autores bíblicos permanecen anónimos, pero sus libros fueron reconocidos como Palabra de Dios dentro de la comunidad creyente.
La Biblia no es una colección de celebridades religiosas. Es el testimonio de un pueblo que experimentó la acción salvadora de Dios y transmitió esa memoria de generación en generación.
Una Palabra nacida en la historia
La Biblia no descendió del cielo terminada, encuadernada y dividida en capítulos y versículos. Nació dentro de la historia.
Antes de ser escritura, muchas veces fue acontecimiento. Después se convirtió en recuerdo, relato, oración, canto, ley, profecía y enseñanza. Finalmente, fue puesta por escrito, conservada, copiada y reconocida como norma de fe.
En ese proceso participaron profetas y apóstoles, sabios y poetas, evangelistas y secretarios, discípulos y redactores. Algunos dejaron su nombre; otros desaparecieron discretamente detrás de su obra.
Septiembre, Mes de la Biblia, nos invita a agradecer también a esos autores desconocidos. No buscaron necesariamente hacerse famosos. Pusieron sus talentos al servicio de una Palabra más grande que ellos.
Quizá no sepamos cómo se llamaban todos. Pero gracias a su fe, paciencia y trabajo podemos escuchar todavía hoy la voz de Dios.
La pregunta más importante no es solamente: «¿Quién escribió este libro?», sino también:
«¿Qué quiere decirnos Dios por medio de estas palabras y cómo podemos ponerlas en práctica?»