1. Un grito que atraviesa la historia
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
El Salmo 22 se abre con uno de los clamores más sobrecogedores de toda la Escritura. No es un grito desesperado, sino una oración dirigida a Dios desde el abismo del sufrimiento. El orante no deja de llamar a Dios “mi Dios”, incluso cuando experimenta el silencio y la ausencia.
Este salmo encuentra su cumplimiento pleno en Jesucristo crucificado, que asume en la cruz la oración del justo sufriente. Jesús no cita el salmo para expresar derrota, sino para revelar que su pasión está inscrita en el designio salvador de Dios. En Él, el dolor humano entra definitivamente en la historia de la redención.
2. Un salmo profundamente mesiánico
Los detalles del salmo superan con creces la experiencia personal del salmista y apuntan claramente al Mesías:
• El escarnio de los enemigos:
«Se burlan de mí… confió en el Señor, que Él lo libre»
• El sufrimiento corporal extremo:
«Me taladran las manos y los pies»
• El despojo de las vestiduras:
«Se reparten mis ropas y sortean mi túnica»
Estos rasgos se cumplen de manera literal en la pasión de Cristo. La Iglesia ha leído siempre este salmo como profecía viva de la cruz, donde el Justo inocente sufre no por culpa propia, sino para la salvación de muchos.
Cristo es el verdadero orante del Salmo 22: en Él, la queja se transforma en obediencia, y el abandono aparente se convierte en entrega confiada al Padre.
3. Del lamento a la alabanza: estructura pascual del salmo
El Salmo 22 no termina en la oscuridad. A partir de la mitad, el tono cambia radicalmente:
• El clamor se convierte en confianza.
• El sufrimiento abre paso al anuncio.
• La soledad da lugar a la asamblea.
«Anunciaré tu nombre a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré».
Este giro revela la estructura pascual del salmo: pasión → salvación → alabanza. Es la misma dinámica que atraviesa la Pascua de Cristo. La cruz no es el final, sino el paso necesario hacia la glorificación.
Por eso, cuando Jesús ora este salmo en la cruz, incluye ya su desenlace: la victoria de Dios y la manifestación de su justicia.
4. Dimensión eclesiológica: nace un pueblo nuevo
El Salmo 22 no se queda en la experiencia individual del sufrimiento. Culmina con una visión universal y comunitaria:
• «Se acordarán del Señor y volverán a Él todos los confines de la tierra».
• «Anunciarán su justicia al pueblo que ha de nacer».
Aquí emerge con claridad la dimensión eclesiológica del salmo. Del sufrimiento del Justo nace un pueblo nuevo. La salvación no es privada; es convocatoria. La Iglesia nace del costado abierto de Cristo, del dolor ofrecido que se transforma en vida para muchos.
La comunidad creyente es el lugar donde se proclama lo que Dios ha hecho. La Iglesia no anuncia teorías, sino una obra realizada: la redención obrada por el Mesías sufriente.
5. El salmo en la vida de la Iglesia y del creyente
El Salmo 22 sigue siendo oración viva de la Iglesia:
• Es la oración de los perseguidos y de los que sufren injustamente.
• Es la oración de Cristo Cabeza y del Cuerpo que es la Iglesia.
• Es la oración del creyente que aprende a confiar incluso cuando no comprende.
Rezarlo no significa recrearse en el dolor, sino unir el propio sufrimiento al de Cristo, con la certeza de que Dios escucha y actúa, aunque no siempre de inmediato.
En la liturgia, especialmente en el Triduo Pascual, este salmo enseña a la Iglesia a atravesar la noche con fe, sabiendo que la última palabra no es el abandono, sino la alabanza.
Conclusión
El Salmo 22 es un salmo de la cruz y de la Iglesia.
En él, el Mesías ora, sufre y vence.
En él, la Iglesia aprende a esperar, a anunciar y a alabar.
Quien reza este salmo con Cristo descubre que ningún sufrimiento ofrecido es estéril, que la fe puede gritar sin romperse, y que incluso desde la oscuridad más profunda puede nacer un pueblo que proclame:
«Porque Él no ha despreciado la miseria del pobre,
ni le ha ocultado su rostro,
sino que lo escuchó cuando clamaba».