Ser humano no es un error

Una mirada pastoral ante el fenómeno “transespecie”

Por el padre Jorge Luis Zarazúa Campa, FMAP

En los últimos años han comenzado a circular imágenes y testimonios que sorprenden y desconciertan: personas adultas —hombres y mujeres— que dicen sentirse animales, que imitan sus conductas, caminan en cuatro patas, emiten sonidos propios de perros o gatos, y se presentan públicamente con disfraces que refuerzan esa identificación. A este fenómeno se le ha dado el nombre de “transespecie”.

Ante estas realidades, la tentación suele irse a los extremos: la burla fácil, el rechazo inmediato, o, en el polo opuesto, la aceptación acrítica en nombre de la empatía. Ninguno de esos caminos es propio del Evangelio. La Iglesia está llamada a hablar en serio, con verdad y con misericordia.

1.⁠ ⁠Antes que nada: personas, no caricaturas

La primera afirmación pastoral es clara: no estamos hablando de animales, sino de personas. Personas reales, con historia, heridas, búsquedas y sufrimientos concretos.

La Iglesia nunca empieza su discernimiento preguntando “¿qué hace esta persona?”, sino “¿quién es esta persona?”. Y la respuesta no cambia por el modo en que alguien se vista o se comporte: es un ser humano, creado a imagen de Dios, con dignidad inalienable.

Por eso, toda burla, desprecio o deshumanización es incompatible con la fe cristiana.

2.⁠ ⁠Una distinción necesaria: juego, expresión y autodefinición

Desde una mirada pastoral, es importante distinguir:
• El juego o la performance (disfraces, eventos puntuales, expresiones artísticas).
• La expresión simbólica (uso de imágenes animales para comunicar emociones o identidad).
• La autodefinición ontológica: “yo no soy humano, soy un animal”.

El fenómeno transespecie, en sentido estricto, se refiere a este último punto. Y aquí la Iglesia debe ser clara: sentirse o comportarse como un animal no cambia lo que una persona es.

3.⁠ ⁠La verdad que cuida: la antropología cristiana

La fe cristiana afirma algo profundamente liberador:
el ser humano no es un error de la evolución ni un accidente biológico, sino una criatura querida, pensada y amada por Dios.

El hombre y la mujer:
• no son solo instinto,
• no se reducen al cuerpo ni a la emoción,
• no están definidos por lo que sienten en un momento de su vida.

Ser humano implica razón, libertad, responsabilidad moral y apertura a Dios.
Por eso, la idea de “ser animal” no es una identidad alternativa válida, sino una confusión antropológica.

Decir esto no es falta de amor; al contrario, es defender la verdad que protege a la persona.

4.⁠ ⁠¿De dónde nace este fenómeno?

Pastoralmente, conviene escuchar antes de juzgar. En muchos casos, estas conductas pueden expresar:
• dolor no elaborado,
• rechazo de la propia historia,
• dificultades profundas de identidad,
• deseo de escapar de la responsabilidad y del sufrimiento humano,
• búsqueda desesperada de pertenencia.

El animal aparece simbólicamente como una figura sin culpa, sin exigencias morales, sin responsabilidad. Pero esa “libertad” es engañosa: no libera, empobrece.

5.⁠ ⁠¿Es pecado? ¿Es enfermedad?

La Iglesia evita etiquetas automáticas.
• No toda persona que vive estas conductas es moralmente culpable.
La responsabilidad depende del grado de conciencia y libertad.
• En muchos casos, se requiere acompañamiento psicológico y espiritual, no condena.
• Sí existe un problema cuando se promueve activamente una visión que niega la dignidad humana o se invita a otros a deshumanizarse.

La Iglesia no actúa como juez de conciencias, sino como madre que discierne y acompaña.

6.⁠ ⁠La respuesta pastoral: verdad con ternura

La Iglesia no dice:
• “sé lo que quieras ser” (porque eso abandona a la persona),
• ni “estás perdido” (porque eso la aplasta).

Dice algo mucho más exigente y esperanzador:

“No eres un animal que sueña ser humano.
Eres un ser humano que sufre y necesita redescubrir quién es.”

La pastoral cristiana propone:
1. Respeto absoluto por la persona.
2. Claridad serena sobre la verdad del ser humano.
3. Acompañamiento paciente y personalizado.
4. Una propuesta positiva de sentido, no solo una negación del error.

7.⁠ ⁠Una palabra final de esperanza

El drama de nuestro tiempo no es que algunos se comporten como animales,
sino que muchos han dejado de creer que ser humano vale la pena.

La Iglesia sigue creyendo —contra toda moda— que ser humano es una vocación alta, exigente, hermosa. Y que nadie se cura de la confusión rebajando su dignidad, sino descubriendo que es infinitamente más de lo que imagina.

Porque, al final, el Evangelio no deshumaniza para consolar:
humaniza para salvar.

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