Septiembre, Mes de la Biblia
Por el padre Jorge Luis Zarazúa Campa, FMAP
Cuando escuchamos la palabra «confesión», pensamos en una iglesia, un sacerdote, la acusación personal de los pecados, la absolución y la penitencia. Pero ¿qué ocurría antes de Cristo? ¿Confesaban los israelitas sus pecados? ¿Qué función tenían los sacerdotes? ¿Bastaba con ofrecer un animal para recuperar el perdón de Dios?
El Antiguo Testamento no conoció todavía el sacramento de la Reconciliación tal como Cristo lo confió a su Iglesia. Sin embargo, contiene sus raíces más profundas: reconocer el pecado, confesar la culpa, reparar el daño, volver a Dios, recibir el perdón y reintegrarse a la comunidad.
En este Septiembre, Mes de la Biblia, recorramos esa historia. Descubriremos que la confesión no comenzó con un mueble llamado confesionario, sino con una pregunta que Dios dirigió al ser humano desde las primeras páginas de la Escritura:
«¿Dónde estás?» (Gn 3,9).
El pecado comenzó con un escondite
Después de comer del fruto prohibido, Adán y Eva escucharon los pasos de Dios y se escondieron.
Dios preguntó a Adán:
«¿Dónde estás?».
No lo hizo porque ignorara su ubicación. La pregunta buscaba que Adán reconociera dónde lo había llevado su desobediencia.
Pero Adán no asumió plenamente su responsabilidad. Culpó a Eva y, de manera indirecta, al mismo Dios:
«La mujer que me diste por compañera me dio del fruto y comí» (Gn 3,12).
Eva, a su vez, culpó a la serpiente.
Así aparece una de las consecuencias más persistentes del pecado: el ser humano se esconde, se justifica, culpa a otros y se resiste a reconocer la verdad.
La reconciliación comienza cuando dejamos de escondernos.
Pecar es romper una relación
En la Biblia, el pecado no es solamente infringir una norma. Es romper una alianza, herir al prójimo y dañar la comunión del pueblo.
Por eso David, después de cometer adulterio con Betsabé y provocar la muerte de Urías, reconoce:
«He pecado contra el Señor» (2 Sam 12,13).
David había pecado también contra Betsabé, contra Urías, contra su familia y contra el pueblo que gobernaba. Sin embargo, todo pecado contra el prójimo es también una ofensa contra Dios, porque el ser humano ha sido creado a su imagen.
El pecado posee simultáneamente una dimensión:
- Personal.
- Comunitaria.
- Social.
- Espiritual.
Nadie peca completamente solo. Nuestras decisiones alcanzan a la familia, la comunidad y la Iglesia. Del mismo modo, la reconciliación con Dios exige trabajar también por sanar las relaciones humanas.
«Confesará aquello en que pecó»
El libro del Levítico contiene una de las primeras disposiciones explícitas sobre la confesión:
«Cuando alguien se haga culpable de alguna de estas cosas, confesará aquello en que pecó» (Lv 5,5).
Después debía presentar una ofrenda. El sacerdote realizaba el rito de expiación y el texto concluye:
«Le será perdonado» (Lv 5,10).
Ya aparecen varios elementos que posteriormente ayudarán a comprender la reconciliación cristiana:
- La persona reconoce su pecado.
- Confiesa la culpa.
- Se presenta ante Dios.
- Interviene el sacerdote.
- Se realiza la expiación.
- Dios concede el perdón.
Sin embargo, no debemos imaginar un confesionario como los actuales. El sacerdote israelita no escuchaba necesariamente un relato privado y detallado de todos los pecados. Su función principal consistía en recibir la ofrenda, realizar el rito y ayudar a restablecer la comunión cultual.
Había confesión y mediación sacerdotal, pero todavía no existía el sacramento cristiano.
No bastaba con ofrecer un sacrificio
La Biblia no permitía comprar el perdón mediante una ofrenda. Cuando el pecado había perjudicado a otra persona, era necesario reparar el daño:
«Confesará el pecado cometido, restituirá íntegramente el objeto de su delito y añadirá una quinta parte» (Nm 5,7).
La persona debía devolver lo robado o defraudado y agregar un veinte por ciento.
Esta norma contiene una enseñanza muy actual: no hay reconciliación verdadera sin reparación.
Quien roba no puede tranquilizar su conciencia con una oración mientras conserva lo robado. Quien difama no puede limitarse a pedir perdón a Dios sin intentar reparar la fama destruida. Quien ha engañado debe corregir el engaño. Quien ha causado un daño económico debe restituir, hasta donde sea posible.
El sacrificio no sustituía la justicia.
Muchos siglos después, Zaqueo comprenderá esta verdad al encontrarse con Jesús:
«Si he defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces más» (Lc 19,8).
¿Para qué servían los sacrificios?
En el antiguo Israel existían sacrificios relacionados con el pecado y la reparación. Su significado no puede reducirse a la idea de «castigar a un animal en lugar del culpable».
Los ritos expresaban que el pecado era algo serio, que dañaba la relación con Dios y que necesitaba ser purificado. También manifestaban que era Dios quien ofrecía a su pueblo un camino para recuperar la comunión.
El sacerdote realizaba la expiación y se repetía una frase esperanzadora:
«Le será perdonado» (Lv 4,26).
Pero los sacrificios no eran actos mágicos. No servían cuando la persona pretendía continuar deliberadamente en la injusticia.
Dios no quería animales ofrecidos por manos que explotaban a los pobres. No deseaba incienso acompañado de corrupción, violencia y mentira.
Por eso los profetas levantaron la voz.
Cuando Dios se cansó de celebraciones vacías
Isaías denunció una religiosidad que multiplicaba sacrificios mientras mantenía la injusticia:
«¿Qué me importa la multitud de sus sacrificios? —dice el Señor—. Estoy harto de holocaustos» (Is 1,11).
Después explicó el culto que Dios esperaba:
«Dejen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien, busquen la justicia, defiendan al oprimido» (Is 1,16-17).
Amós fue igualmente contundente:
«Que el derecho fluya como agua y la justicia como torrente inagotable» (Am 5,24).
Los profetas no rechazaban el culto querido por Dios. Rechazaban la contradicción de quienes cumplían los ritos sin convertirse.
También hoy podemos confesarnos, rezar, participar en procesiones y asistir a Misa sin abandonar una conducta injusta. La Biblia nos recuerda que ningún acto religioso sustituye la conversión.
Dios no desea solamente que cumplamos una ceremonia. Quiere que regresemos a él.
Convertirse significa cambiar de dirección
Uno de los verbos más importantes del Antiguo Testamento es el hebreo shub, que significa «volver», «regresar» o «convertirse».
La conversión no consiste únicamente en sentirse mal. Es reconocer que hemos tomado un camino equivocado, dar la vuelta y regresar al Dios de la alianza.
Oseas invita:
«Vuelve, Israel, al Señor tu Dios, pues has tropezado por tu culpa. Tomen consigo palabras y vuelvan al Señor» (Os 14,2-3).
«Tomen consigo palabras». Ya no basta llevar animales al templo. Es necesario presentarse con palabras sinceras, confesar la culpa y pedir misericordia.
Joel profundiza:
«Conviértanse a mí de todo corazón, con ayuno, llanto y luto. Rasguen su corazón y no sus vestidos» (Jl 2,12-13).
Rasgarse los vestidos era un signo visible de dolor. Pero Dios pedía algo más profundo: rasgar el corazón, romper la dureza interior y abandonar el pecado.
David dejó de esconderse
El rey David intentó ocultar su pecado. Después de cometer adulterio con Betsabé y dejarla embarazada, buscó que Urías pareciera el padre del niño. Cuando el plan fracasó, provocó la muerte de aquel hombre.
David podía engañar a los demás, pero no podía engañar a Dios.
El Señor envió al profeta Natán, quien le contó la historia de un hombre rico que arrebató a un pobre su única oveja. David se indignó y condenó al culpable.
Entonces Natán pronunció una de las acusaciones más directas de la Biblia:
«¡Ese hombre eres tú!» (2 Sam 12,7).
La Palabra de Dios hizo caer las defensas de David. El rey respondió:
«He pecado contra el Señor».
Natán le anunció:
«También el Señor ha perdonado tu pecado» (2 Sam 12,13).
No se trata todavía de la absolución sacramental. Natán actúa como profeta. Sin embargo, encontramos una dinámica que conserva gran actualidad:
- Dios busca al pecador.
- Su Palabra desenmascara el mal.
- La persona deja de justificarse.
- Confiesa su culpa.
- Recibe una palabra de perdón.
- Asume las consecuencias de sus actos.
Dios perdonó a David, pero no convirtió en bueno lo que había hecho. La misericordia no borra mágicamente las consecuencias temporales del pecado.
El pecado oculto pesa
El Salmo 32 describe con impresionante realismo el sufrimiento de quien se niega a confesar:
«Mientras callé, se consumían mis huesos, gimiendo todo el día» (Sal 32,3).
El silencio culpable desgasta. La persona tiene que ocultar, mentir, justificarse y construir nuevas explicaciones para defender la primera mentira.
La liberación comienza cuando reconoce la verdad:
«Te confesé mi pecado, no te oculté mi culpa. Dije: “Confesaré al Señor mis transgresiones”, y tú perdonaste mi culpa y mi pecado» (Sal 32,5).
Confesar no significa contarle a Dios algo que desconoce. Significa dejar de luchar contra la verdad y permitir que la misericordia entre precisamente en aquello que queríamos ocultar.
Dios no puede sanar la imagen falsa que presentamos. Quiere sanar a la persona real que somos.
«Crea en mí un corazón puro»
El Salmo 51, conocido como Miserere, es la gran oración penitencial de la Biblia:
«Misericordia, Dios mío, por tu bondad; por tu inmensa compasión borra mi culpa» (Sal 51,3).
El orante no se excusa ni culpa a otros:
«Yo reconozco mi culpa; mi pecado está siempre delante de mí» (Sal 51,5).
Pero tampoco se queda atrapado en el remordimiento. Pide una transformación:
«Crea en mí, Dios mío, un corazón puro y renueva en mí un espíritu firme» (Sal 51,12).
El verbo «crear» es particularmente significativo. El pecador no pide solamente una pequeña reparación moral. Suplica una nueva creación.
El perdón bíblico no consiste únicamente en borrar una cuenta. Dios quiere reconstruir a la persona desde dentro.
Por eso el verdadero sacrificio es:
«Un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias» (Sal 51,19).
El gran día del perdón
La celebración penitencial más solemne de Israel era el Día de la Expiación o Yom Kippur, descrito en Levítico 16.
Una vez al año, el sumo sacerdote entraba en el lugar más sagrado del templo y realizaba la expiación por sí mismo, por los sacerdotes, por el santuario y por todo el pueblo.
Un momento especialmente expresivo ocurría cuando imponía las manos sobre un macho cabrío:
«Confesará sobre él todas las iniquidades de los israelitas, todas sus rebeliones y todos sus pecados» (Lv 16,21).
Después, el animal era conducido al desierto, llevando simbólicamente las culpas lejos del campamento.
El gesto proclamaba que Dios no deseaba que su pueblo viviera indefinidamente aplastado por el peso de sus pecados. Quería alejar la culpa, purificar a la comunidad y renovar la alianza.
Era una confesión colectiva. El pueblo reconocía que el pecado no es solamente un problema individual: contamina las relaciones, rompe la unidad y hiere a toda la comunidad.
Cuando todo un pueblo confesó
Después del exilio, Israel desarrolló grandes celebraciones penitenciales comunitarias.
Nehemías relata que el pueblo se reunió para escuchar la Ley:
«Durante una cuarta parte del día leyeron el libro de la Ley del Señor y durante otra cuarta parte hicieron confesión y adoraron al Señor» (Neh 9,3).
El orden resulta iluminador:
Escucharon la Palabra, reconocieron su pecado, confesaron y renovaron la alianza.
No fue un sentimiento pasajero. La Palabra les permitió revisar su historia y descubrir una dolorosa diferencia: Dios había sido fiel, mientras ellos se habían rebelado repetidamente.
Sin embargo, la oración no se convirtió en desesperación. En medio de la confesión proclamaron:
«Tú eres un Dios dispuesto a perdonar, clemente y compasivo, lento para la ira y rico en misericordia» (Neh 9,17).
La confesión cristiana conserva esta misma estructura. Examinamos nuestra vida a la luz de la Palabra, reconocemos la culpa y acudimos al Dios que está siempre dispuesto a perdonar.
«Nosotros hemos pecado»
Esdras, Nehemías, Daniel y Baruc contienen grandes confesiones comunitarias.
Daniel ora:
«Hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos sido malos, nos hemos rebelado y nos hemos apartado de tus mandamientos» (Dan 9,5).
Resulta significativo que Daniel no diga simplemente: «Mis antepasados pecaron». Se incluye en la historia de su pueblo.
Esta espiritualidad evita dos actitudes opuestas:
- Culpar a las generaciones anteriores de todos nuestros problemas.
- Negar las consecuencias comunitarias de los pecados históricos.
La Biblia enseña que existe responsabilidad personal, pero también solidaridad. Podemos sufrir las consecuencias de decisiones que no tomamos y participar en situaciones injustas que no comenzamos.
Por eso existen pecados personales y dimensiones sociales del pecado. La reconciliación necesita conversión individual, pero también purificación de la memoria, justicia y renovación comunitaria.
Nínive: cuando los enemigos se convirtieron
El libro de Jonás narra la conversión de Nínive, una ciudad pagana identificada con los enemigos de Israel.
Ante la predicación de Jonás, sus habitantes ayunaron y se vistieron de saco. Pero el rey comprendió que los signos externos no bastaban:
«Que cada uno se convierta de su mala conducta y de la violencia de sus manos» (Jon 3,8).
El texto no dice solamente que Dios vio sus ayunos. Afirma:
«Dios vio lo que hacían y cómo se convertían de su mala conducta» (Jon 3,10).
La conversión auténtica se hace visible en las obras.
Pero el relato contiene una sorpresa: Jonás se enoja porque Dios perdona a sus enemigos. Aceptaba la misericordia para sí mismo y para Israel, pero no para Nínive.
Tal vez uno de los mayores obstáculos para la reconciliación sea precisamente este: queremos que Dios nos perdone, pero nos molesta que sea misericordioso con quienes nos han herido.
Confesar y abandonar
El libro de los Proverbios resume el camino penitencial en una sola frase:
«Quien encubre sus faltas no prosperará; quien las confiesa y las abandona alcanzará misericordia» (Prov 28,13).
No basta confesar. Es necesario abandonar.
Una persona puede decir repetidamente «me equivoqué» y continuar haciendo lo mismo sin intención de cambiar. La confesión bíblica no es una fórmula para tranquilizar la conciencia, sino un paso hacia una vida nueva.
Esto no significa que el creyente nunca vuelva a caer. Significa que no convierte la misericordia en pretexto para permanecer voluntariamente en el pecado.
La conversión auténtica incluye lucha, vigilancia, reparación y deseo sincero de cambiar.
Dios promete un corazón nuevo
Con el paso del tiempo, Israel comprendió que las leyes, los sacrificios y las exhortaciones no bastaban. El problema se encontraba en lo profundo del corazón humano.
Jeremías anunció una alianza nueva:
«Pondré mi Ley dentro de ellos y la escribiré en sus corazones» (Jer 31,33).
Y añadió:
«Perdonaré su culpa y no recordaré más su pecado» (Jer 31,34).
Ezequiel formuló una promesa semejante:
«Los rociaré con agua pura y quedarán purificados» (Ez 36,25).
Pero Dios no se limitaría a limpiar exteriormente:
«Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo; arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne» (Ez 36,26).
Esta es la meta de la reconciliación: no solamente evitar un castigo, sino recibir un corazón nuevo.
Dios no quiere pecadores aterrorizados que obedezcan únicamente por miedo. Quiere hijos transformados por su Espíritu.
El Siervo que cargó con nuestros pecados
El libro de Isaías presenta a un personaje misterioso, el Siervo del Señor:
«Él soportó nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores» (Is 53,4).
Y añade:
«Fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. El castigo que nos da la paz cayó sobre él» (Is 53,5).
El Siervo no solamente intercede desde lejos:
«Cargó con el pecado de muchos e intercedió por los pecadores» (Is 53,12).
Para los cristianos, esta profecía alcanza su plenitud en Jesucristo. En él convergen el sacrificio, la intercesión, la expiación y la promesa de una alianza nueva.
Los sacrificios del antiguo Israel debían repetirse. Cristo, en cambio, ofrece su vida de una vez para siempre. Él es al mismo tiempo sacerdote, víctima y mediador de la reconciliación.
Del templo al Cenáculo
El Antiguo Testamento preparó el sacramento cristiano, pero no lo instituyó.
En Israel encontramos:
- Reconocimiento de la culpa.
- Confesión personal y comunitaria.
- Reparación del daño.
- Mediación sacerdotal.
- Sacrificios de expiación.
- Llamadas proféticas a la conversión.
- Anuncio del perdón.
- Promesa de una alianza nueva.
La novedad definitiva aparece después de la resurrección. Jesús se presenta ante los apóstoles, sopla sobre ellos y dice:
«Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos» (Jn 20,22-23).
El sacerdote cristiano no ofrece un animal ni sustituye el sacrificio de Cristo. Hace presente sacramentalmente la reconciliación obtenida por la muerte y resurrección del Señor.
En la absolución actúa Cristo, que busca al pecador, perdona su culpa, lo reconcilia con la Iglesia y le devuelve la paz.
Lo que el Antiguo Testamento enseña sobre una buena confesión
La experiencia de Israel permite descubrir siete elementos fundamentales.
- Dejar de esconderse
Adán huyó; David ocultó su pecado; el Salmo 32 describe el sufrimiento de callar. La reconciliación comienza cuando nos presentamos ante Dios sin máscaras.
- Llamar al pecado por su nombre
David no dijo: «Cometí algunos errores». Reconoció: «He pecado contra el Señor». Confesar exige verdad, sin exageraciones, pero también sin excusas.
- Escuchar la Palabra
En Nehemías, el pueblo escuchó primero la Ley y después confesó. La conciencia cristiana no se forma únicamente según lo que sentimos, sino a la luz de la Palabra de Dios.
- Reparar el daño
Números exigía devolver lo defraudado y añadir una quinta parte. Cuando sea posible, debemos corregir las consecuencias de nuestras acciones.
- Abandonar el mal
«Quien las confiesa y las abandona alcanzará misericordia» (Prov 28,13). La confesión necesita propósito de enmienda.
- Confiar en la misericordia
Daniel confiesa la gravedad del pecado, pero proclama: «Al Señor nuestro Dios pertenece la misericordia y el perdón» (Dan 9,9).
- Pedir un corazón nuevo
No basta limpiar la superficie. Necesitamos suplicar con el salmista: «Crea en mí, Dios mío, un corazón puro» (Sal 51,12).
De la culpa a la alegría
La confesión no pretende encerrar al pecador en la vergüenza. Quiere devolverle la alegría de vivir reconciliado.
El Salmo 51 no termina en tristeza. El orante pide:
«Devuélveme la alegría de tu salvación» (Sal 51,14).
Esta es la finalidad del perdón: recuperar la amistad con Dios, la verdad sobre nosotros mismos y la capacidad de vivir en comunión.
El pecado promete libertad, pero termina esclavizando. La confesión parece humillante, pero libera. Reconocer la verdad delante de Dios no destruye nuestra dignidad; permite que Dios la restaure.
En este Mes de la Biblia
Septiembre no debería ser solamente el mes de entronizar la Biblia, organizar concursos o compartir frases bonitas. También es una oportunidad para permitir que la Palabra ilumine los rincones que preferimos mantener cerrados.
Podemos preguntarnos:
- ¿Qué pecado sigo justificando?
- ¿A quién he responsabilizado de mis propias decisiones?
- ¿Qué daño necesito reparar?
- ¿Existe alguna injusticia que pretendo compensar con prácticas religiosas?
- ¿Me cuesta creer que Dios puede perdonarme?
- ¿Acepto que Dios sea misericordioso con quienes me han lastimado?
- ¿Cuánto tiempo ha pasado desde mi última confesión?
La Biblia no revela nuestro pecado para condenarnos, sino para conducirnos hacia la misericordia.
Desde el «¿Dónde estás?» dirigido a Adán hasta el «Reciban el Espíritu Santo» pronunciado por Cristo resucitado, Dios aparece buscando al ser humano que se ha escondido.
Conclusión: volver a casa
La historia de la confesión en el Antiguo Testamento es, en el fondo, la historia de Dios enseñando a su pueblo a volver.
Volver de la mentira a la verdad.
De la injusticia a la reparación.
Del sacrificio vacío al corazón arrepentido.
Del aislamiento a la comunidad.
De la culpa a la misericordia.
Del corazón de piedra al corazón de carne.
El Antiguo Testamento no contiene todavía el sacramento de la Reconciliación, pero prepara su lenguaje y su esperanza. Cada confesión de Israel, cada salmo penitencial, cada llamada profética y cada sacrificio señalan hacia la promesa definitiva:
«Perdonaré su culpa y no recordaré más su pecado» (Jer 31,34).
En Jesucristo esta promesa se hace realidad. Él no espera al pecador con los brazos cruzados. Sale a buscarlo, carga sobre sí su pecado y abre nuevamente el camino hacia la casa del Padre.
Este Septiembre, Mes de la Biblia, acerquémonos a la Palabra con valentía. Dejemos que nos muestre la verdad, pero también que nos revele algo todavía más grande: la misericordia de un Dios que no se cansa de preguntar a cada hijo extraviado:
«¿Dónde estás? Regresa. Todavía puedes volver a casa».