Septiembre, Mes de la Biblia
Por el padre Jorge Luis Zarazúa Campa, FMAP
Cada vez que abrimos el Nuevo Testamento encontramos 27 libros: cuatro evangelios, los Hechos de los Apóstoles, 21 cartas y el Apocalipsis.
Estamos tan acostumbrados a encontrarlos juntos que rara vez nos preguntamos cómo llegaron hasta nosotros. ¿Quién decidió que fueran precisamente esos libros? ¿Por qué tenemos cuatro evangelios y no uno solo? ¿Qué ocurrió con los evangelios atribuidos a Tomás, Judas o María Magdalena? ¿Fue el emperador Constantino quien seleccionó los textos oficiales?
La respuesta es mucho más interesante que las teorías de conspiración: el canon del Nuevo Testamento surgió mediante un largo discernimiento realizado en la vida de la Iglesia.
Antes del Nuevo Testamento estuvo Jesucristo
Jesús no escribió ningún libro ni entregó a los apóstoles un Nuevo Testamento encuadernado. Lo que hizo fue anunciar el Reino de Dios, llamar discípulos, sanar enfermos, perdonar pecados, morir en la cruz y resucitar.
El cristianismo comenzó con un acontecimiento y con un encuentro:
«Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1,41).
Después de la Pascua, los apóstoles no comenzaron repartiendo ejemplares del Nuevo Testamento. Salieron a predicar:
«A este Jesús, Dios lo resucitó, y todos nosotros somos testigos» (Hch 2,32).
Antes del Evangelio escrito estuvo el Evangelio anunciado. Antes de las cartas estuvo la vida de las comunidades. Antes del libro estuvo la Tradición apostólica.
San Pablo expresa esta dinámica con dos verbos fundamentales:
«Les transmití, en primer lugar, lo que también yo recibí» (1 Cor 15,3).
Recibir y transmitir: así comenzó a extenderse la Buena Noticia.
Las cartas llegaron primero
Los primeros escritos del Nuevo Testamento que se conservan son algunas cartas de san Pablo. Primera de Tesalonicenses suele fecharse alrededor del año 50, apenas dos décadas después de la muerte y resurrección de Jesús.
Pablo no escribía pensando que estaba componiendo capítulos de una futura Biblia. Respondía a situaciones concretas:
- Divisiones en las comunidades.
- Dudas sobre la resurrección.
- Problemas matrimoniales.
- Abusos durante la Cena del Señor.
- Conflictos entre cristianos procedentes del judaísmo y del paganismo.
- Preguntas sobre la segunda venida de Cristo.
Estas cartas eran leídas públicamente y comenzaron a circular de una comunidad a otra:
«Una vez que hayan leído esta carta, procuren que también sea leída en la Iglesia de Laodicea» (Col 4,16).
Con el tiempo, las comunidades recopilaron las cartas apostólicas. Segunda de Pedro habla ya de «todas las cartas» de Pablo y las coloca junto a «las demás Escrituras» (cf. 2 Pe 3,15-16). Era una señal importante: algunos escritos cristianos estaban siendo reconocidos como Palabra autorizada de Dios.
¿Por qué se escribieron los evangelios?
Durante las primeras décadas, los recuerdos de Jesús fueron conservados mediante la predicación, la catequesis y la celebración litúrgica.
Los apóstoles y otros testigos repetían sus parábolas, milagros, controversias y enseñanzas. Estas tradiciones no circulaban como recuerdos desordenados. Eran proclamadas dentro de comunidades que conocían a quienes habían acompañado al Señor.
Cuando los testigos comenzaron a morir, las comunidades crecieron y el Evangelio llegó a nuevos territorios, se hizo necesario poner por escrito aquellas tradiciones.
El evangelista Lucas explica su método:
«Muchos han tratado de relatar ordenadamente los acontecimientos que se cumplieron entre nosotros, tal como nos los transmitieron quienes desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra» (Lc 1,1-2).
Lucas investiga, consulta tradiciones, selecciona materiales y los organiza. Quiere que Teófilo conozca «la solidez de las enseñanzas» que ha recibido (Lc 1,4).
Los evangelios no nacieron de una fantasía tardía, sino de la memoria apostólica conservada en la comunidad.
Un solo Evangelio en cuatro voces
La Iglesia terminó reconociendo cuatro evangelios:
- Mateo.
- Marcos.
- Lucas.
- Juan.
Cada uno contempla a Jesús desde una perspectiva propia. Marcos destaca su camino hacia la cruz; Mateo lo presenta como el nuevo Moisés y el Mesías esperado; Lucas subraya la misericordia y la universalidad de la salvación; Juan profundiza en el misterio del Verbo hecho carne.
Las diferencias entre ellos no fueron ocultadas. La Iglesia pudo haber redactado una versión única, eliminando todo lo que pareciera repetido o difícil de armonizar. De hecho, hacia el año 170, Taciano compuso el Diatessaron, una narración continua que combinaba los cuatro evangelios.
Sin embargo, la Iglesia prefirió conservar las cuatro voces. Comprendió que la unidad del Evangelio no exige uniformidad. El misterio de Cristo es tan rico que necesita ser contemplado desde distintas perspectivas.
Hacia el año 180, san Ireneo de Lyon ya defendía expresamente la existencia de un Evangelio «cuadriforme». Esto ocurrió casi siglo y medio antes del emperador Constantino.
Marción quiso reducir la Biblia
Hacia el año 140 apareció Marción de Sínope. Rechazaba el Antiguo Testamento porque consideraba que el Dios creador anunciado en él era distinto del Padre revelado por Jesús.
Aceptaba solamente una versión recortada del Evangelio de Lucas y diez cartas de san Pablo, también modificadas.
Marción no creó la idea de un canon. Los evangelios y las cartas ya circulaban en las comunidades. Pero su selección arbitraria obligó a la Iglesia a expresar con mayor claridad qué escritos había recibido.
La respuesta cristiana fue decisiva: no se puede separar a Jesús de la historia de Israel. El Padre de Jesucristo es el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. El Evangelio no destruye el Antiguo Testamento; revela su plenitud.
No todo escrito cristiano era Palabra de Dios
En los primeros siglos circularon numerosas obras cristianas. Algunas eran plenamente ortodoxas y edificantes:
- La Didaché.
- La Primera carta de Clemente.
- Las cartas de san Ignacio de Antioquía.
- La Carta de Policarpo.
- El Pastor de Hermas.
- La Carta de Bernabé.
Estos escritos ayudan a conocer la fe, la liturgia y la organización de las primeras comunidades. Algunos fueron leídos públicamente en determinadas Iglesias.
¿Por qué no entraron en el Nuevo Testamento?
Porque ser un libro bueno no equivale a ser un libro inspirado. Una homilía de san Agustín, una obra de santo Tomás de Aquino o una encíclica pontificia pueden ser extraordinarias sin formar parte de la Biblia.
El Pastor de Hermas, por ejemplo, fue muy apreciado. Sin embargo, el Fragmento Muratoriano afirma que podía ser leído para la formación personal, pero no debía proclamarse entre los escritos de los profetas y los apóstoles porque había sido compuesto recientemente.
La Iglesia distinguió entre libros útiles para crecer en la fe y libros pertenecientes al testimonio apostólico normativo.
¿Y los evangelios «prohibidos»?
Con frecuencia se habla de supuestos «evangelios prohibidos» que la Iglesia habría eliminado para esconder otra versión de Jesús.
La historia real es diferente.
Durante los primeros siglos aparecieron obras atribuidas a Tomás, Pedro, Felipe, Judas, María y otros personajes del cristianismo primitivo. Algunas conservan tradiciones antiguas, pero muchas fueron compuestas bastante después de los evangelios canónicos y reflejan las doctrinas de grupos particulares.
El Evangelio de Tomás, por ejemplo, contiene una colección de dichos atribuidos a Jesús, algunos próximos a los evangelios canónicos y otros marcadamente diferentes. El Evangelio de Judas presenta una interpretación vinculada con determinadas corrientes gnósticas. Los llamados evangelios de la infancia desarrollan relatos legendarios sobre los primeros años de Jesús.
Estos libros no fueron retirados de un Nuevo Testamento previamente establecido. La mayoría nunca tuvo una recepción amplia en las Iglesias.
No estaban todos en igualdad de condiciones y después unos obispos eligieron sus favoritos. Los cuatro evangelios canónicos poseían una antigüedad, difusión, vinculación apostólica y uso litúrgico que los otros no alcanzaron.
¿Cómo reconoció la Iglesia los libros inspirados?
No existió un examen escrito ni una votación repentina. Sin embargo, podemos identificar algunos criterios fundamentales.
Su vinculación con los apóstoles
El libro debía transmitir el testimonio de un apóstol o de alguien perteneciente a su círculo.
Marcos fue relacionado con la predicación de Pedro. Lucas estuvo vinculado a Pablo. Lo decisivo no era únicamente el nombre del autor, sino la fidelidad al testimonio apostólico.
Su conformidad con la fe
Un libro no podía contradecir la fe que las comunidades habían recibido desde los apóstoles.
La Iglesia ya confesaba que el Dios creador es el Padre de Jesucristo; que el Hijo se hizo verdaderamente hombre; que murió y resucitó; que el Espíritu Santo actúa en la Iglesia y que esperamos la resurrección de los muertos.
Los escritos que presentaban una doctrina incompatible con esta regla de fe no podían considerarse apostólicos.
Su uso en la liturgia
Los libros proclamados habitualmente en la celebración cristiana adquirieron una autoridad singular.
En la liturgia, la comunidad no buscaba solamente información religiosa. Escuchaba la voz de Dios y alimentaba su fe.
Su recepción en las Iglesias
También se consideraba si un escrito era conocido en diversas regiones, especialmente en comunidades de origen apostólico.
Un texto utilizado únicamente por un grupo aislado despertaba reservas. La fe apostólica no pertenecía a una secta secreta, sino a la Iglesia extendida por el mundo.
Su antigüedad
El libro debía proceder del tiempo apostólico o estar directamente vinculado con él.
Este criterio dejó fuera obras ortodoxas muy apreciadas, pero compuestas demasiado tarde para pertenecer al testimonio fundacional.
Un núcleo reconocido y algunos libros discutidos
La formación del canon no fue un caos. Desde muy temprano existió un amplio núcleo de libros reconocidos:
- Los cuatro evangelios.
- Hechos de los Apóstoles.
- Las principales cartas de Pablo.
- Primera de Pedro.
- Primera de Juan.
Las dudas se concentraron principalmente en siete libros:
- Hebreos.
- Santiago.
- Segunda de Pedro.
- Segunda y Tercera de Juan.
- Judas.
- Apocalipsis.
Las razones eran distintas. Hebreos no identificaba a su autor y su estilo era diferente del de Pablo. Segunda de Pedro tuvo una circulación más limitada. Segunda y Tercera de Juan eran cartas muy breves. Judas utilizaba tradiciones conocidas por otros escritos judíos. El Apocalipsis fue interpretado de manera extravagante por algunos grupos y provocó reservas en varias Iglesias orientales.
Estas dudas no significan que fueran considerados falsos por toda la Iglesia. Significan que necesitaron más tiempo para ser conocidos y recibidos universalmente.
Eusebio tomó una fotografía del proceso
A principios del siglo IV, Eusebio de Cesarea clasificó los libros cristianos según la recepción que tenían en las Iglesias.
Distinguió entre:
- Libros reconocidos.
- Libros discutidos, pero aceptados por muchos.
- Obras edificantes no canónicas.
- Escritos heréticos.
Entre los discutidos mencionó Santiago, Judas, Segunda de Pedro y Segunda y Tercera de Juan. También reconoció que existían opiniones diferentes sobre el Apocalipsis.
Su clasificación es muy valiosa porque demuestra que la Iglesia no escondió las dudas. Las conoció, las discutió y avanzó prudentemente hacia un consenso.
El año 367: los 27 libros aparecen juntos
El primer documento conservado que enumera exactamente los 27 libros de nuestro Nuevo Testamento es la Carta festal 39 de san Atanasio de Alejandría, escrita en el año 367.
Atanasio menciona:
- Los cuatro evangelios.
- Hechos de los Apóstoles.
- Las siete cartas católicas.
- Las cartas paulinas, incluyendo Hebreos.
- El Apocalipsis.
Después distingue estos libros de otras obras útiles para la instrucción cristiana, como la Didaché y el Pastor de Hermas.
Atanasio no inventó el canon. Su lista refleja la convergencia alcanzada después de varios siglos de lectura, predicación, controversia y discernimiento.
Poco después, los concilios regionales de Hipona, en 393, y Cartago, en 397 y 419, reconocieron la misma colección. El canon 24 de Cartago determinó que, fuera de esos libros, nada fuera proclamado en la Iglesia «bajo el nombre de Escritura divina».
¿El Concilio de Nicea escogió los evangelios?
No.
Una leyenda moderna asegura que el Concilio de Nicea, celebrado en el año 325, decidió mediante votación cuáles evangelios debían incluirse en la Biblia.
No existe evidencia histórica de ello.
Nicea se reunió principalmente para responder a la controversia arriana y confesar que Jesucristo es verdadero Dios, consustancial al Padre. Sus documentos no contienen una lista de libros bíblicos.
Tampoco es verdad que los obispos colocaran numerosos evangelios sobre un altar para esperar que los verdaderos permanecieran milagrosamente encima.
Cuando se celebró Nicea, los cuatro evangelios llevaban más de un siglo siendo reconocidos y proclamados en las Iglesias.
¿Constantino creó la Biblia?
Tampoco.
El emperador Constantino encargó ejemplares de las Escrituras para las Iglesias de Constantinopla. Pero mandar copiar libros no significa decidir cuáles son inspirados.
Mucho antes de Constantino:
- San Justino hablaba de las «memorias de los apóstoles» proclamadas en la liturgia.
- San Ireneo defendía los cuatro evangelios.
- Las cartas de Pablo circulaban reunidas.
- El Fragmento Muratoriano conocía una amplia colección del Nuevo Testamento.
- Orígenes escribía comentarios sobre numerosos libros cristianos.
Constantino no inventó el cristianismo, no seleccionó los evangelios y no creó el Nuevo Testamento.
¿La Iglesia inventó el canon?
La Iglesia no hizo inspirados los libros mediante una votación. Reconoció en ellos la voz de Dios y el testimonio normativo de los apóstoles.
Es semejante a lo que ocurre cuando una familia reconoce la voz de una persona querida. No crea esa voz; la identifica porque ha convivido con ella.
La comunidad cristiana conocía la fe apostólica antes de contar con una lista completa. Esa fe le permitió distinguir entre:
- La voz de los apóstoles.
- Los escritos edificantes.
- Las elaboraciones legendarias.
- Las falsificaciones.
- Las doctrinas incompatibles con el Evangelio.
El canon surgió dentro de una Iglesia que escuchaba, celebraba y vivía la Palabra.
Trento no añadió libros al Nuevo Testamento
En el siglo XVI, Martín Lutero expresó reservas sobre Hebreos, Santiago, Judas y Apocalipsis. Consideraba que Santiago no anunciaba a Cristo con la misma claridad que Pablo y llegó a calificarla polémicamente como «epístola de paja».
Sin embargo, los cuatro libros permanecieron en su traducción y finalmente fueron conservados por las comunidades protestantes.
Ante las controversias de la Reforma, el Concilio de Trento definió solemnemente el canon en 1546. Confirmó los mismos 27 libros que ya aparecían en la lista de Atanasio y en los concilios africanos del siglo IV.
Trento no fabricó una nueva Biblia. Ratificó una tradición que la Iglesia había recibido durante más de mil años.
Un canon, muchos manuscritos
Determinar qué libros pertenecen al Nuevo Testamento no resolvió automáticamente todas las diferencias entre sus copias.
Antes de la imprenta, los textos eran reproducidos a mano. Los copistas podían saltarse una palabra, repetir una línea, cambiar el orden de una frase o añadir una explicación marginal.
Por eso existen miles de variantes textuales. La mayoría son insignificantes: diferencias ortográficas, inversiones de palabras o pequeños descuidos. Algunas afectan pasajes más amplios, como:
- El final largo de Marcos (Mc 16,9-20).
- La mujer sorprendida en adulterio (Jn 7,53–8,11).
- El ángel que agitaba el agua de la piscina (Jn 5,3b-4).
La crítica textual compara los manuscritos para reconstruir la forma más antigua alcanzable. Estas variantes no destruyen el mensaje cristiano ni significan que el canon permanezca abierto. Solamente nos recuerdan que la Palabra inspirada fue transmitida mediante procesos verdaderamente humanos.
Escritura y Tradición: una falsa rivalidad
La historia del canon permite comprender por qué los católicos no podemos separar la Escritura de la Tradición apostólica.
Si se aceptara únicamente aquello que aparece expresamente en la Biblia, surgiría una dificultad: ningún libro bíblico contiene la lista completa de los 27 libros del Nuevo Testamento.
¿Cómo sabemos entonces que Hebreos pertenece a la Biblia y la Carta de Clemente no? ¿Cómo sabemos que Apocalipsis es inspirado y el Apocalipsis de Pedro no? ¿Cómo distinguimos los cuatro evangelios de otros textos atribuidos a apóstoles?
Lo sabemos por la recepción, el discernimiento y la Tradición de la Iglesia.
El Concilio Vaticano II lo expresa así:
«Por esta Tradición conoce la Iglesia el canon íntegro de los libros sagrados» (Dei Verbum 8 ).
Y añade:
«El Magisterio no está por encima de la Palabra de Dios, sino a su servicio» (Dei Verbum 10).
La Iglesia no es dueña de la Palabra. Es su oyente, servidora, custodia y pregonera.
De un libro antiguo a una Palabra viva
La historia del canon no debería quedarse en una curiosidad académica. También contiene un desafío espiritual.
Los primeros cristianos copiaron estos libros, los llevaron de una ciudad a otra, los tradujeron y los proclamaron incluso durante las persecuciones. Algunos prefirieron entregar su propia vida antes que entregar los libros sagrados para que fueran destruidos.
Nosotros poseemos la Biblia completa, impresa y disponible en nuestros teléfonos. Sin embargo, podemos tenerla siempre cerca y mantenerla lejos del corazón.
Durante este Mes de la Biblia conviene preguntarnos:
- ¿Leo diariamente algún pasaje del Evangelio?
- ¿Conozco realmente las cartas apostólicas?
- ¿Permito que la Palabra cuestione mis decisiones?
- ¿La Biblia transforma mi manera de tratar a los demás?
- ¿La proclamamos y explicamos adecuadamente en nuestras comunidades?
- ¿Estoy transmitiendo la Palabra a las nuevas generaciones?
La mejor manera de agradecer el canon
Durante siglos, la Iglesia discernió, custodió y transmitió los libros del Nuevo Testamento. Gracias a ese trabajo podemos escuchar hoy el testimonio de quienes conocieron al Señor o recibieron directamente la predicación apostólica:
«Lo que hemos visto y oído, eso les anunciamos, para que también ustedes estén en comunión con nosotros» (1 Jn 1,3).
La mejor manera de agradecer este tesoro no consiste solamente en defender la Biblia durante una discusión. Consiste en abrirla, escucharla y vivirla.
Este septiembre, Mes de la Biblia, no dejemos que la Sagrada Escritura sea únicamente un libro entronizado sobre un altar, adornado con flores o citado ocasionalmente en las redes sociales.
Permitamos que se convierta en:
- Luz para nuestras decisiones.
- Alimento para nuestra oración.
- Criterio para nuestro apostolado.
- Corrección para nuestros errores.
- Consuelo en nuestras pruebas.
- Impulso para anunciar a Jesucristo.
Los 27 libros del Nuevo Testamento surgieron de la fe apostólica y fueron reconocidos en la vida de la Iglesia. Pero su propósito no es permanecer cerrados dentro de un canon. Fueron transmitidos para conducirnos a una persona:
«Estas cosas han sido escritas para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre» (Jn 20,31).