Septiembre, Mes de la Biblia
Por el padre Jorge Luis Zarazúa Campa, FMAP
Cada septiembre, en muchas parroquias y hogares católicos, la Biblia ocupa un lugar especial. Se organizan procesiones, cursos, concursos, lecturas comunitarias y celebraciones de la Palabra. Pero esta devoción también despierta preguntas interesantes:
¿Por qué la Biblia católica tiene más libros que la protestante? ¿Quién decidió cuáles libros son inspirados? ¿Es verdad que la Iglesia católica añadió algunos libros en el Concilio de Trento?
La respuesta nos lleva a una historia apasionante de varios siglos. Porque la Biblia no cayó del cielo completamente escrita, encuadernada y provista de un índice. Dios quiso entregarnos su Palabra mediante autores humanos y dentro de una comunidad creyente.
La Biblia es una biblioteca
La palabra «Biblia» significa «libros». En efecto, la Sagrada Escritura no es un solo libro, sino una verdadera biblioteca.
El Antiguo Testamento reúne narraciones, leyes, poemas, oraciones, proverbios, profecías y reflexiones sapienciales. Sus libros fueron escritos, recopilados y reelaborados durante muchos siglos.
Algunas tradiciones fueron transmitidas primero de manera oral. Los padres contaban a sus hijos las maravillas realizadas por Dios:
«Cuando el día de mañana tu hijo te pregunte: “¿Qué significan estos preceptos?”, le responderás: “Éramos esclavos del faraón en Egipto, y el Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte”» (Dt 6,20-21).
La Palabra escrita nació dentro de esta memoria creyente. Israel conservó los acontecimientos de su historia porque en ellos descubrió la presencia y la acción salvadora de Dios.
La Ley, los Profetas y los Escritos
Las Escrituras de Israel se fueron agrupando progresivamente en tres grandes secciones.
La primera fue la Torá o Ley, formada por Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Estos cinco libros constituyen el corazón de la identidad religiosa de Israel.
La segunda colección fue la de los Profetas, que incluía tanto algunos libros históricos como las obras de los grandes mensajeros de Dios.
Finalmente se formó la colección de los Escritos, integrada por los Salmos, Proverbios, Job, Cantar de los Cantares, Daniel, Esdras-Nehemías, Crónicas y otros libros.
De las iniciales hebreas de estas tres secciones —Torá, Nebi’im y Ketubim— procede la palabra Tanaj, nombre con el que se conoce la Biblia hebrea.
Hacia el año 132 antes de Cristo, el traductor griego del Sirácida ya mencionaba «la Ley, los Profetas y los otros escritos». Esto demuestra que las tres colecciones fundamentales ya eran reconocibles. Sin embargo, la última todavía no estaba delimitada de la misma manera en todas las comunidades judías.
Existía un núcleo de libros indiscutiblemente sagrados, pero también otros escritos religiosos que eran apreciados y utilizados de maneras diferentes.
Cuando la Biblia comenzó a hablar griego
A partir del siglo III antes de Cristo, las Escrituras hebreas comenzaron a traducirse al griego.
Muchos judíos vivían fuera de Palestina y ya no comprendían bien el hebreo. Necesitaban escuchar la Palabra de Dios en la lengua que utilizaban cotidianamente. Así surgió la traducción conocida como Septuaginta o Biblia de los Setenta.
Según una antigua tradición, setenta y dos sabios judíos realizaron la traducción de la Ley en Alejandría. El relato contiene elementos legendarios, pero conserva la memoria de un hecho histórico: la traducción del Pentateuco al griego. Posteriormente se tradujeron los demás libros.
En esta tradición griega aparecieron también Tobías, Judit, Sabiduría, Sirácida, Baruc y los libros de los Macabeos, así como algunas secciones de Ester y Daniel.
La Septuaginta no fue desde el principio un solo volumen con un índice perfectamente definido. Fue una colección de traducciones elaboradas en momentos distintos. Sin embargo, se convirtió en la Biblia de muchos judíos de habla griega y, posteriormente, en la Escritura más utilizada por las primeras comunidades cristianas.
La Biblia de los primeros cristianos
Jesús, los apóstoles y los primeros cristianos recibieron las Escrituras de Israel. El Nuevo Testamento las llama «la Ley y los Profetas», «las Escrituras» o «las santas Letras».
Los autores del Nuevo Testamento utilizaron frecuentemente la versión griega. Algunas de sus citas se comprenden mejor cuando se comparan con la Septuaginta.
Por ejemplo, la Carta a los Hebreos pone en labios de Cristo estas palabras:
«Me preparaste un cuerpo» (Heb 10,5).
Esta frase procede de la versión griega del Salmo 40. El texto hebreo tradicional dice: «Me abriste los oídos». La traducción griega permitió al autor de Hebreos relacionar el salmo con el misterio de la encarnación.
También encontramos importantes afinidades entre el Nuevo Testamento y algunos libros deuterocanónicos:
- Hebreos 11,35 parece recordar el martirio de los hermanos narrado en 2 Macabeos 7.
- Romanos 1,18-32 presenta numerosos contactos con Sabiduría 13–14.
- La figura del justo perseguido en Sabiduría 2,12-20 recuerda de manera sorprendente la pasión de Jesús.
- Algunas enseñanzas de Santiago se encuentran muy próximas a la tradición sapiencial del Sirácida.
Estas alusiones no constituyen por sí solas una lista oficial del canon. El Nuevo Testamento tampoco cita expresamente todos los libros protocanónicos. Sin embargo, demuestran que los primeros cristianos conocían un patrimonio religioso más amplio que la colección hebrea posteriormente consolidada.
Lo que revelaron los manuscritos del mar Muerto
El descubrimiento de los manuscritos de Qumrán, iniciado en 1947, transformó nuestra comprensión de la Biblia antigua.
En las cuevas cercanas al mar Muerto se encontraron manuscritos de casi todos los libros que actualmente integran la Biblia hebrea. Ester es la ausencia más notable. También aparecieron textos de Tobías y Sirácida, junto con otras obras religiosas como Henoc y Jubileos.
El simple hecho de encontrar un libro en una biblioteca no demuestra que fuera considerado inspirado. Pero estos descubrimientos sí revelan que el judaísmo de los siglos anteriores a Cristo era muy diverso.
Circulaban distintas formas de algunos textos bíblicos. El texto hebreo que conocemos como masorético todavía no era la única versión utilizada. Algunas diferencias conservadas en la Septuaginta procedían de antiguas versiones hebreas y no de errores cometidos por los traductores.
Por lo tanto, en tiempos de Jesús no existía necesariamente una colección idéntica, perfectamente cerrada y aceptada de la misma manera por todos los grupos judíos.
¿Qué ocurrió en Jamnia?
Durante mucho tiempo se afirmó que un «concilio de Jamnia», celebrado hacia el año 90 después de Cristo, había establecido definitivamente el canon judío y rechazado los libros deuterocanónicos.
Actualmente, esta explicación se considera demasiado simplista.
Después de la destrucción de Jerusalén en el año 70, Yabné o Jamnia se convirtió en un importante centro rabínico. Allí se discutieron cuestiones relacionadas con ciertos libros, especialmente Eclesiastés y Cantar de los Cantares.
Sin embargo, no existe evidencia de un concilio semejante a los concilios cristianos ni de un decreto que estableciera una lista completa. El canon rabínico se consolidó gradualmente, especialmente entre los siglos I y II.
No hubo, por tanto, una reunión en la que todas las autoridades judías votaran qué libros debían permanecer dentro de la Biblia.
La Iglesia leyó las Escrituras desde Cristo
La Iglesia recibió las Escrituras de Israel, pero comenzó a leerlas desde la muerte y resurrección de Jesús.
El episodio de los discípulos de Emaús expresa muy bien esta nueva comprensión:
«Comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras» (Lc 24,27).
Jesucristo se convirtió en la clave para comprender la unidad del proyecto de Dios. La Ley, los Profetas, los Salmos y los libros sapienciales fueron releídos a la luz del misterio pascual.
Por eso, la pregunta de los primeros cristianos no fue solamente: «¿Qué libros utilizan los judíos?», sino también: «¿Qué escritos hemos recibido para proclamar a Cristo, celebrar la liturgia, formar a los creyentes y orientar la vida cristiana?».
El canon fue discernido dentro de la oración, la predicación, la enseñanza y la vida litúrgica de las comunidades.
Hubo dudas y discusiones
Durante los primeros siglos no existió unanimidad absoluta sobre todos los libros bíblicos. Melitón de Sardes, Orígenes, Atanasio, Cirilo de Jerusalén y otros autores ofrecieron listas que presentan algunas diferencias.
También hubo dudas sobre ciertos libros del Nuevo Testamento, como Hebreos, Santiago, Segunda de Pedro y Apocalipsis.
Esta situación no significa que reinara el caos. La mayor parte de los libros era reconocida por todos. Las dudas se concentraban en un grupo relativamente reducido de escritos.
El discernimiento fue lento porque la Iglesia actuó con prudencia. No bastaba con que un libro fuera antiguo, edificante o atribuido a un personaje bíblico. Era necesario examinar su conformidad con la fe, su origen, su recepción apostólica y su uso en las Iglesias.
Jerónimo y Agustín: dos criterios distintos
San Jerónimo fue uno de los mayores estudiosos de la Biblia en la antigüedad. Aprendió hebreo y defendió la conveniencia de traducir el Antiguo Testamento directamente desde esa lengua.
Por este motivo otorgó especial importancia a la colección hebrea y expresó reservas sobre algunos libros que no encontraba en ella.
San Agustín siguió un criterio complementario: consideró fundamental la recepción de los libros en las Iglesias, especialmente en aquellas vinculadas con la tradición apostólica. Su lista incluía los libros deuterocanónicos.
Jerónimo destacaba la importancia del texto hebreo; Agustín subrayaba la práctica litúrgica y la recepción eclesial. La Iglesia occidental aprovechó la extraordinaria labor filológica de Jerónimo, pero siguió principalmente el criterio canónico de Agustín.
Hipona y Cartago: mucho antes de Trento
Los concilios regionales de Hipona, en 393, y de Cartago, en 397 y 419, ofrecieron listas de los libros que debían ser recibidos como Sagrada Escritura.
En ellas aparecen Tobías, Judit, Sabiduría, Sirácida y los dos libros de los Macabeos. Baruc estaba asociado al libro de Jeremías.
El Concilio de Cartago determinó que fuera de las Escrituras canónicas nada debía leerse en la Iglesia «bajo el nombre de Escritura divina».
Estos concilios no eran universales, pero demuestran que los deuterocanónicos formaban parte de la Biblia utilizada por importantes comunidades cristianas más de mil años antes de la Reforma protestante.
Posteriormente encontramos una lista semejante en la carta del papa Inocencio I a Exsuperio de Tolosa, del año 405, y en el Concilio de Florencia, celebrado en el siglo XV.
¿La Iglesia católica añadió siete libros?
Esta afirmación, repetida con frecuencia, es históricamente incorrecta.
Durante la Reforma, Martín Lutero colocó los libros deuterocanónicos en una sección separada bajo el título de «Apócrifos». Los consideraba útiles para leer, pero no iguales a los demás libros de la Escritura. Con el paso del tiempo, numerosas ediciones protestantes dejaron de imprimirlos.
Ante esta controversia, el Concilio de Trento definió solemnemente el canon en 1546. La lista aprobada incluía los mismos libros que ya habían sido reconocidos por los concilios africanos y utilizados durante siglos en la liturgia.
Trento no añadió libros nuevos. Confirmó solemnemente una tradición antigua cuando esta comenzó a ser cuestionada.
¿Qué significa «deuterocanónico»?
La palabra «deuterocanónico» no significa «menos inspirado» ni «de segunda categoría».
Se llama protocanónicos a los libros cuya aceptación fue temprana y prácticamente general. Se denomina deuterocanónicos a aquellos cuya recepción fue discutida durante más tiempo en algunas regiones.
La diferencia se refiere al proceso histórico de reconocimiento, no al grado de inspiración.
Para la Iglesia católica, Tobías, Judit, Sabiduría, Sirácida, Baruc y los dos libros de los Macabeos son Palabra de Dios con la misma autoridad que Génesis, Salmos, Isaías o Jeremías.
Una Palabra confiada a un pueblo
La historia del canon nos deja una enseñanza fundamental: Dios no entregó solamente un libro; formó un pueblo encargado de escucharlo, custodiarlo, celebrarlo y transmitirlo.
Ningún libro de la Biblia contiene un índice inspirado de todos los demás. El reconocimiento del canon necesitó el discernimiento de la comunidad creyente.
Esto no significa que la Iglesia esté por encima de la Palabra de Dios. El Concilio Vaticano II lo explica con claridad:
«El Magisterio no está por encima de la Palabra de Dios, sino a su servicio» (Dei Verbum 10).
La Iglesia no convirtió en inspirados unos libros que antes no lo fueran. Reconoció, bajo la acción del Espíritu Santo, aquellos escritos que había recibido como testimonio normativo de la revelación.
Del libro entronizado al libro leído
En el Mes de la Biblia es hermoso colocar solemnemente la Sagrada Escritura en un lugar digno. Pero no basta con adornarla, llevarla en procesión o mantenerla abierta sobre un atril.
La mejor manera de honrar la Biblia es leerla, meditarla, estudiarla, orarla y ponerla en práctica.
«Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen» (Lc 11,28).
La historia del canon nos recuerda cuánto cuidaron nuestros antepasados en la fe esta herencia. Copistas, traductores, pastores, comunidades y mártires colaboraron para que hoy tengamos la Palabra de Dios en nuestras manos.
Ahora nos corresponde a nosotros abrirla.
Porque una Biblia cerrada puede ser un objeto hermoso, pero solamente cuando se abre, se proclama y se vive se convierte en lámpara para nuestros pasos y luz en nuestro camino (cf. Sal 119,105).
Este septiembre, Mes de la Biblia, pasemos de venerar el libro a escuchar la Palabra; de colocar la Biblia en nuestras casas a permitir que transforme nuestra vida; y de conocer sus páginas a encontrarnos, en ellas, con Jesucristo.
Él es quien abre nuestra inteligencia para comprender las Escrituras (cf. Lc 24,45) y quien hace arder nuestro corazón mientras nos habla por el camino.