El asombroso poder de la comida familiar

Un rito sencillo que fortalece el hogar y educa a los hijos

P. Jorge Luis Zarazúa Campa, FMAP

Hace más de cincuenta años, antes de la expansión de las grandes ciudades, la globalización y los matrimonios de dos sueldos, existía un rito cotidiano llamado comida familiar, que reunía a padres e hijos alrededor de la mesa. Y no solo para comer, sino también para contarse cómo había ido el día, escucharse mutuamente y estrechar los lazos familiares.

¿Un mito? Quizá. A decir verdad, también hace cincuenta años había empleados con turno de noche, padres que viajaban mucho y madres que trabajaban fuera de casa. Había profesionales que salían tarde del trabajo y papás que pasaban por la cantina antes de volver al hogar, también tarde. La conversación en la mesa tal vez consistía, muchas veces, en peleas entre los chicos y exhortaciones de los padres: «¡Esos modales!», «Acostúmbrate a comerte lo que te pongan»… ¿Quién no habría sentido, en ocasiones, el alivio de librarse de la compañía —incluso de las personas más cercanas y queridas— para dedicarse a sus propias aficiones?

Con todo, el mito de la comida familiar encierra una verdad esencial sobre la vida doméstica y el bienestar personal que, en nuestro mundo individualista y tecnificado, solemos olvidar. Esto es lo que descubrió la periodista norteamericana Miriam Weinstein en el curso de un estudio sobre alimentación, y lo que la llevó a escribir El asombroso poder de las comidas familiares: Cómo nos hacemos más inteligentes, fuertes, sanos y felices comiendo juntos (1).

Para solucionar problemas

Veamos, por ejemplo, el estudio que motivó el trabajo de Weinstein. El objetivo del Centro Nacional sobre Adicciones y Drogas (CASA), de la Universidad de Columbia, es prevenir que los jóvenes caigan en conductas destructivas (consumo de drogas, alcohol y tabaco, así como embarazos adolescentes). En 1996 realizó un estudio para identificar si había algún rasgo característico en los jóvenes que no presentaban tales problemas. Para sorpresa de los investigadores, resultó que comer en familia era más determinante que la asistencia a la iglesia o el rendimiento escolar.

Desde entonces, el CASA ha repetido esta encuesta anualmente. La de 2003 muestra diferencias significativas entre dos grupos de adolescentes según la frecuencia con que comen en familia: dos veces o al menos cinco veces por semana. En el segundo grupo son más quienes afirman no haber probado nunca el tabaco (85 %, frente al 65 % del primer grupo), el alcohol (68 % frente al 47 %) o la marihuana (88 % frente al 71 %). Estos mismos jóvenes presentan menos problemas de ansiedad y aburrimiento, y obtienen mejores calificaciones.

La influencia negativa de no comer en familia se mantiene incluso entre los jóvenes que afirman tener «buenas relaciones» con sus padres, y aun después de descontar variables como la situación matrimonial, el nivel educativo, la raza o el nivel socioeconómico de los progenitores.

Una ocasión para hablar

Si las comidas familiares no hicieran más que prevenir el consumo de drogas en adolescentes, solo por eso ya valdría la pena fomentarlas. Pero, naturalmente, hacen mucho más. Previenen males porque antes han cumplido una tarea más fundamental. Como afirma Weinstein: «Estas comidas permiten a los hijos comunicarse regularmente con los padres, y a los padres comunicarse con los hijos. Nos conectan con nuestras tradiciones religiosas, culturales y familiares».

La regularidad es lo que, ante todo, Weinstein tiene en mente cuando llama «ritual» a la comida familiar. No es algo que debamos reinventar cada día ni que exija un esfuerzo extraordinario para convertirse en un tiempo de convivencia «de calidad»; es algo que prácticamente cualquiera puede realizar. La comida familiar «saca partido de necesidades biológicas y sociales básicas. Nos permite vivir lo que significa ser familia: cuidarnos unos a otros, compartir, recorrer juntos el camino de la vida». Esta intimidad natural es la base sobre la cual luego se edifica la auténtica «calidad».

Aprendizaje de virtudes

Stenson comenta, a propósito de las buenas maneras en la mesa —tema que vuelve a ponerse de actualidad ahora que muchos padres, criados en los tiempos del “todo vale” de los años sesenta y setenta, se sienten faltos de recursos para preparar a sus hijos para la vida social—, que la comida familiar es una escuela privilegiada.

Una comida que reúne a toda la familia —y que no se ve interrumpida por la televisión (el 53 % de los adolescentes encuestados en un estudio piloto en Minnesota afirmaba ver la televisión durante las comidas), el teléfono, los mensajes móviles, Internet, los videojuegos o alguien que se levanta antes de tiempo para acudir a una cita— es, sin duda, el entorno ideal para aprender a comportarse en la mesa.

Las comidas son ocasiones naturales para asimilar la historia y los valores familiares, y para aplicar esos valores a los problemas y oportunidades de la vida social. Muchos de ellos pueden transformarse en virtudes alrededor de la mesa: estar atentos a las necesidades de los demás, levantar el ánimo con una anécdota oportuna, ser generosos al ceder la mejor porción de postre. También antes y después: cuando los niños ayudan a preparar la comida, a recoger la mesa y a lavar los platos, aprenden a servir a los demás y a cuidar de sí mismos.

Una forma sencilla de cuidar la familia

Con tantos beneficios a su favor, ¿por qué ha decaído la comida familiar? Influyen, por un lado, factores externos como la proliferación de la comida rápida y las múltiples distracciones electrónicas. Por otro, inciden circunstancias como el trabajo de las madres fuera del hogar (el estudio de Minnesota muestra correlación entre mayor frecuencia de comidas familiares y madres dedicadas exclusivamente al hogar), los horarios laborales excesivos —especialmente entre los padres—, la sobrecarga de actividades infantiles (entrenamientos, natación, clases de música…) y la realidad de madres solas o separadas.

No obstante, con excepción de la madre sola —pues un padre ausente, que vive en alguna parte pero nunca está a la mesa, constituye un obstáculo permanente, psicológico y práctico, para la cena familiar—, ¿no serán, en el fondo, excusas la mayoría de las demás razones para no comer en familia?

No conviene minimizar las fuerzas que hoy amenazan la unión familiar y convierten a sus miembros en simples compañeros de piso que comen solos y buscan su comunidad en otros ámbitos. Comer juntos no lo es todo cuando se trata de intimidad familiar y bienestar infantil; pero sin duda es una parte esencial y, como sugiere Weinstein, la más factible. Si añadimos decisión y voluntad, la comida familiar puede recuperar su lugar central en el hogar.

(1) Miriam Weinstein, The Surprising Power of Family Meals: How Eating Together Makes Us Smarter, Stronger, Healthier and Happier, Steerforth, Hanover (EE. UU.), 2005, 272 págs.

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