Cuando a cada invasor se le ofrecía un girasol.
Por el P. Flaviano Amatulli Valente, fmap.
Había una vez un rey tan bueno, tan bueno, tan bueno, que no se cansaba de hablar de paz, amor y comprensión.
– Si todos somos hijos del mismo Padre Dios – solía repetir sin descanso -, ¿por qué no hacemos el esfuerzo por comprendernos, amarnos y ayudarnos entre todos? Entre nosotros la única ley que tiene que existir, tiene que ser la ley del amor.
Su grande aspiración era construir un reino de paz, amor y comprensión, donde no hubiera violencia ni atropello alguno, sino puro amor y respeto entre todos.
– Y si alguien intenta hacerme algún daño – preguntó en alguna ocasión un ciudadano de la calle -, ¿cómo tengo que reaccionar?
– Con amor – contestó el rey -, todo y siempre con amor.
– ¿Y si alguien me amenaza con una espada?
– Entrégale un girasol – volvió a contestar el anciano rey-. Con el amor, todo se vence.
En realidad, en aquella región había muchos girasoles. Por lo tanto, a nadie le resultaba difícil conseguir algún girasol, para cumplir con la orden del rey, en caso de surgir alguna dificultad. Y así , poco a poco, en el Reino de los Girasoles fue desapareciendo el ejército, la guardia nacional y la policía. Hasta los tribunales salieron sobrando.
– Cosas de otros tiempos – contestaban los funcionarios reales, cuando alguien se quejaba por algún atropello recibido o algún problema que se presentara.
Pareciera que con la nueva ley todo iba a cambiar en el Reino de los Girasoles, haciendo revivir la mítica Edad de Oro, cuando en el mundo había solamente gente buena y no existía ningún tipo de maldad. Pero no fue así. En realidad, las cosas, en lugar de mejorar, fueron empeorando cada día más. En lugar de haber más paz, armonía y comprensión entre todos, aumentaron los robos y los asesinatos, sin que ninguna autoridad se percatara de ello ni interviniera mínimamente. Ya nadie se preocupaba por saber si algo era bueno o malo, debido o indebido. Todo era lo mismo, a la insignia del girasol.
Y así se llegó al caos más completo, tanto que, hasta la fecha, cuando se habla de aquellos tiempos, se habla de la época más triste y desastrosa en la historia de aquel país. Fíjense que en aquellos años por suma desgracia el Reino de los Girasoles sufrió una grande invasión de parte de los pueblos vecinos y llegó a perder más de la mitad del territorio nacional, sin que nadie opusiera resistencia alguna, limitándose todos a ofrecer girasoles a cualquier invasor armado que se les presentara.
Afortunadamente, el día menos pensado, cuando parecía que ya todo estaba perdido, en el Reino de los Girasoles surgió alguien, que, arriesgando su propia vida, lanzó el grito: “Girasol con girasol y espada con espada”. No obstante la apatía general, un puñado de valientes patriotas siguió su ejemplo, dándose a la ardua tarea de parar a los invasores, reconquistar los territorios perdidos y devolver el orden en el país. Así empezó una nueva época en la historia del Reino de los Girasoles, llamada la “Época de los realistas”, en oposición a la época anterior, llamada la “Época de los soñadores”.