Cuando el Tepeyac se vuelve cátedra: la Virgen de Guadalupe y las verdades de fe reveladas en su palabra
El Nican Mopohua —la narración clásica del acontecimiento guadalupano escrita en náhuatl a mediados del siglo XVI— no es un tratado teológico, ni un documento magisterial. Es, más bien, un relato delicado, poético y profundamente evangelizador. Pero precisamente por eso, revela con admirable belleza las grandes verdades que la Iglesia ha definido sobre la Virgen María.
Sin recurrir a escolástica ni definiciones solemnes, el Nican Mopohua manifiesta —con lenguaje indígena, simbólico y bíblico— los dogmas marianos centrales: Maternidad divina, Virginidad perpetua, Inmaculada Concepción y Asunción gloriosa.
La Virgen de Guadalupe se presenta como Madre de Dios, plenamente consagrada a Él, asociada a la obra redentora, revestida de santidad y anticipando la gloria celestial.
A continuación, veamos cómo estas verdades brillan en el texto.
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1. Theotokos: María, Madre del verdadero Dios
El Nican Mopohua llama a la Virgen:
“Madre del verdaderísimo Dios por quien se vive”
(“Nican moctezuma in Tonantzin, in coatlaxopeuh, in iuhquin Dios tlen melahuac…”)
Esta expresión contiene el núcleo del dogma de la Maternidad divina: María no es madre de un hombre excepcional, sino Madre del Dios vivo hecho hombre.
La Iglesia definió solemnemente este dogma en Éfeso (431), llamándola Theotokos —“Madre de Dios”— para salvaguardar la verdad de la Encarnación.
En el Tepeyac, esta verdad se proclama con sencillez sobrenatural:
Aquel a quien María ofrece es el Dios que da la vida y sostiene el universo.
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2. Virginidad perpetua: la Mujer consagrada para siempre a Dios
Aunque el Nican Mopohua no describe explícitamente la virginidad física de María, su identidad espiritual aparece nítida. Se presenta como la consagrada totalmente a Dios, “siempre Virgen”, en perfecta unidad con aquel que la envió.
El relato subraya su santidad excelsa, su cercanía única a Dios, su misión celestial, su presencia llena de gracia. Todo ello corresponde al corazón del dogma:
María fue virgen antes, durante y después del parto, entregada enteramente al designio divino.
Su trato con el cielo, su autoridad espiritual, la delicadeza con la que se manifiesta y el respeto profundo con que Juan Diego se dirige a Ella evocan la virginidad perpetua como consagración total, exclusividad para Dios, plenitud de pureza.
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3. Inmaculada Concepción: una santidad sin sombra
El Nican Mopohua no usa lenguaje dogmático occidental, pero describe una santidad desbordante en María. Su presencia es luz, consuelo, misericordia; Es “la perfecta siempre Virgen Santa María”, “nuestra noble Señora, llena de gracia”.
La Virgen guadalupana irradia belleza sin mancha, maternidad sin dolor destructivo, presencia que no hiere ni amenaza. Aparece como la creatura pura, llena de Dios, sin rastro de pecado.
En ella, la Iglesia contempla la verdad que siglos después definiría solemnemente (1854):
María, preservada de toda mancha de pecado original desde su concepción.
En el Tepeyac, esta verdad se percibe intuitivamente:
el que la llama, la envía y la cubre es el “Dios por quien se vive”;
la santidad de su misión exige que ella misma sea toda de Dios.
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4. Asunción gloriosa: la Señora que viene del Cielo
Otro dogma aparece luminoso: el de la Asunción de María en cuerpo y alma al Cielo.
En el Nican Mopohua, la Virgen se presenta así:
“Yo perfectamente estoy en el cielo…
Yo vengo de allá donde se encuentra el Altísimo.”
Ella no se manifiesta como recuerdo del pasado ni como espíritu etéreo:
habla como quien vive gloriosamente en Dios.
Su modo de aparecer:
• revestida de luz,
• con autoridad celestial,
• dando órdenes a un obispo,
• recibiendo ofrendas,
• y mostrando signos sobrenaturales,
refleja el corazón del dogma proclamado en 1950: María, al final de su vida terrena, fue asumida por Dios en la plenitud de la gloria.
La Guadalupana no “vino del cielo figuradamente”:
su presencia en el Tepeyac es acción propia de una Reina glorificada, que participa ya de la vida eterna.
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5. María, mediadora en Cristo: intercesión y misericordia
Aunque no es dogma definido, el Magisterio reconoce la intercesión materna de María.
El Nican Mopohua vibra con esta verdad. La Virgen se presenta como:
• Protectora,
• Consoladora,
• Mediadora solícita,
• Camino seguro hacia Cristo.
Ella pide un templo para escuchar el clamor de sus hijos y presentar sus súplicas a Dios. No se ubica como fin en sí misma, sino como puente de misericordia.
Es el eco vivo de las bodas de Caná: “Hagan lo que Él les diga”.
La Virgen del Tepeyac no se pone en el centro: conduce a Dios, favorece la gracia, acerca la salvación.
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6. María, en el centro de la misión evangelizadora
El Nican Mopohua muestra una colaboración mariana con la obra redentora de Cristo.
No sustituye al Salvador, sino que se asocia a su obra:
• quiere atraer a los hombres a Dios,
• sanar heridas,
• conducir al bautismo,
• formar discípulos.
Su aparición en México es un acto profundamente misionero.
Por eso la historia guadalupana es inseparable de la evangelización del continente.
La Iglesia reconoce que María participa en la misión de su Hijo.
En Guadalupe, esta cooperación aparece viva, maternal, cercana, eficaz.
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Conclusión:
El Tepeyac habla con corazón de Iglesia
El Nican Mopohua no define dogmas.
Pero destila los dogmas marianos con una pureza que sorprende:
• Maternidad divina,
• Virginidad perpetua,
• Inmaculada Concepción,
• Asunción gloriosa.
Todo ello sin teología fría, sin disputas ni escolástica, solo con la fuerza de un relato sagrado donde la Virgen se manifiesta como Dios quiso que fuera: Madre, Inmaculada, Toda Santa, Reina glorificada e Intercesora llena de ternura.
Guadalupe es teología narrada.
Dogma vestido de flores, canto y encuentro.
Es doctrina hecha cercanía, catequesis que nace del misterio.
Y en sus palabras al humilde Juan Diego resuena lo esencial de la fe mariana de la Iglesia:
María es la Madre que conduce a Cristo,
llena de gracia, unida a Él para siempre,
y glorificada en la luz eterna del Señor.