La abstinencia de carne durante la Cuaresma —y de modo particular en los viernes y en el Viernes Santo— no es una costumbre arbitraria ni una superstición antigua. Es una práctica penitencial con profundo sentido bíblico, espiritual y eclesial, que la Iglesia conserva como pedagogía de conversión.
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1. No es desprecio a la carne, es un gesto de penitencia
La Iglesia no considera la carne algo malo. Al contrario, la creación es buena. Precisamente por eso, renunciar a un alimento apreciado tiene valor penitencial: implica una privación real, concreta y consciente.
La abstinencia nos recuerda que:
• no vivimos solo para satisfacer gustos,
• no todo lo que es lícito conviene siempre,
• y el cristiano sabe renunciar libremente por amor a Dios.
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2. Un signo bíblico y tradicional de penitencia
Desde los primeros siglos, la carne fue considerada símbolo de fiesta, abundancia y celebración. Renunciar a ella en tiempos penitenciales expresa corporalmente una actitud interior: sobriedad, recogimiento y conversión.
La Cuaresma y la Semana Santa no son tiempos de banquete, sino de camino hacia la Cruz y la Pascua.
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3. Unirse a la Pasión de Cristo
Especialmente los viernes, y de modo culminante el Viernes Santo, la abstinencia tiene un sentido claramente cristológico:
es una forma sencilla de acompañar a Cristo en su Pasión, recordando que ese día entregó su vida por nuestra salvación.
No se trata de “pagar” algo a Dios, sino de participar con el cuerpo en el misterio que celebramos con la fe.
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4. Un acto de obediencia y comunión eclesial
La abstinencia no es una iniciativa individual, sino una práctica mandada por la Iglesia. Vivirla es un acto de obediencia filial y de comunión con todo el Pueblo de Dios.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que los días penitenciales son momentos fuertes para la conversión y que la penitencia cristiana se expresa, entre otras formas, en el ayuno y la abstinencia (cf. CIC 1434–1438).
Abstenerse juntos nos saca del “yo espiritual” y nos recuerda que la fe se vive en comunidad.
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5. Para abrir el corazón a Dios y al prójimo
La abstinencia no termina en la mesa. Su finalidad es mayor:
• educar los deseos,
• despertar hambre de Dios,
• y abrirnos a la caridad.
Tradicionalmente, lo que se ahorra al no consumir carne se convierte en limosna y atención al necesitado. Sin caridad, la abstinencia pierde su alma.
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Conclusión
No se come carne en Cuaresma y Semana Santa porque la Iglesia quiere ayudarnos a vivir:
• la conversión del corazón,
• la memoria viva de la Cruz,
• la sobriedad cristiana,
• y la comunión eclesial.
No es legalismo ni castigo.
Es una renuncia libre y amorosa que nos prepara para celebrar con verdad la Pascua del Señor.