¿En qué idiomas se escribió la Biblia?

Un viaje por el hebreo, el arameo y el griego

Por el padre Jorge Luis Zarazúa Campa, FMAP

Durante septiembre, Mes de la Biblia, muchas comunidades colocan la Sagrada Escritura en un lugar destacado, organizan cursos, celebraciones y jornadas de lectura. Es una buena oportunidad para abrir sus páginas, pero también para preguntarnos cómo llegaron hasta nosotros.

Cuando leemos la Biblia en español, pocas veces recordamos que ninguno de sus libros fue escrito originalmente en nuestra lengua. Tampoco se escribieron todos en un mismo idioma.

La respuesta breve es:

La Biblia fue escrita principalmente en hebreo, arameo y griego.

Sin embargo, detrás de esta respuesta aparentemente sencilla existe una historia fascinante de pueblos, migraciones, conquistas, traducciones y encuentros culturales.

La Biblia no cayó del cielo terminada

La Sagrada Escritura no apareció de pronto como un libro encuadernado, dividido en capítulos y traducido a todos los idiomas. Es una biblioteca formada lentamente a lo largo de muchos siglos.

Sus autores vivieron en épocas y lugares diferentes. Algunos escribieron en la tierra de Israel; otros, durante el exilio; algunos vivieron bajo el dominio persa; otros conocieron el mundo griego o el Imperio romano.

Por eso la Biblia refleja la diversidad cultural y lingüística de la historia de la salvación.

Lengua Parte principal de la Biblia

Hebreo La mayor parte del Antiguo Testamento

Arameo Algunas secciones de Esdras y Daniel y expresiones aisladas

Griego Todo el Nuevo Testamento y varios libros o pasajes deuterocanónicos del Antiguo Testamento

Estas lenguas no son simples curiosidades académicas. Cada una nos ayuda a comprender cómo Dios quiso comunicar su Palabra dentro de culturas humanas concretas.

El hebreo: la lengua principal del Antiguo Testamento

La mayor parte del Antiguo Testamento fue escrita en hebreo bíblico, una lengua semítica relacionada con el arameo, el fenicio y otras lenguas del antiguo Cercano Oriente.

En hebreo fueron escritos, entre otros:

  • Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio;
  • Josué, Jueces, Samuel y Reyes;
  • los Salmos, Proverbios y Job;
  • Isaías, Jeremías, Ezequiel y la mayoría de los profetas.

Naturalmente, el hebreo de la Biblia no es completamente uniforme. Entre los textos más antiguos y los más recientes existen diferencias de vocabulario, estilo y gramática.

Tampoco escribe de la misma manera un poeta que un historiador. Los Salmos emplean imágenes, paralelismos y recursos poéticos; el Levítico utiliza lenguaje ritual y legislativo; Proverbios se expresa mediante sentencias breves, mientras que los profetas recurren a símbolos, visiones y oráculos.

Una lengua llena de imágenes

El hebreo bíblico suele ser concreto y expresivo. Frecuentemente habla de realidades interiores mediante partes del cuerpo.

Por ejemplo, el «corazón» no representa solamente los sentimientos. Puede referirse también al pensamiento, la voluntad, las decisiones y el centro profundo de la persona.

Cuando la Biblia dice:

«Les daré un corazón nuevo» (Ez 36,26),

no promete únicamente emociones nuevas, sino una transformación completa de la persona.

Conocer estas características permite leer la Escritura con mayor profundidad y evitar interpretaciones demasiado superficiales.

El nombre de Dios

En el texto hebreo aparece el nombre propio del Dios de Israel mediante cuatro consonantes:

YHWH

Estas letras reciben el nombre de tetragrámaton. Por reverencia, la tradición judía evitó pronunciarlo y utilizó en su lugar la palabra Adonái, que significa «Señor».

De ahí procede la práctica, conservada también en las Biblias cristianas y en la liturgia, de traducir el nombre divino como EL SEÑOR o simplemente Señor.

El arameo: la lengua cotidiana de Jesús

El arameo pertenece a la misma familia lingüística que el hebreo. Durante siglos se convirtió en una lengua internacional del comercio, la diplomacia y la administración.

Después del exilio de Babilonia fue adquiriendo creciente importancia entre el pueblo judío. En tiempos de Jesús se hablaban distintas variedades de arameo en Palestina, aunque el hebreo continuaba utilizándose en la liturgia, la lectura de las Escrituras y otros ambientes religiosos.

¿Qué partes de la Biblia están en arameo?

Las principales secciones arameas del Antiguo Testamento son:

  • Esdras 4,8–6,18;
  • Esdras 7,12–26;
  • Daniel 2,4b–7,28;
  • Jeremías 10,11.

También aparecen palabras y expresiones arameas en otros libros.

Las secciones arameas de Esdras contienen cartas, decretos y documentos relacionados con la administración del Imperio persa. Su empleo resulta comprensible porque el arameo funcionaba como una lengua internacional.

Daniel presenta un caso singular: comienza en hebreo, cambia al arameo a partir de Daniel 2,4 y vuelve al hebreo en el capítulo 8. Las razones exactas de esta estructura continúan siendo discutidas por los especialistas.

Las palabras arameas de Jesús

Aunque los Evangelios fueron escritos en griego, conservan algunas palabras de Jesús en arameo. Es como si los evangelistas hubieran querido preservar el sonido de ciertos momentos especialmente conmovedores.

Cuando Jesús devuelve la vida a la hija de Jairo, le dice:

«Talitá kum»
«Muchacha, a ti te digo, levántate» (Mc 5,41).

Al sanar a un hombre sordo, pronuncia:

«Effetá»
«Ábrete» (Mc 7,34).

En Getsemaní se dirige al Padre diciendo:

«Abbá» (Mc 14,36).

Y desde la cruz clama:

«Eloí, Eloí, lemá sabactaní»
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15,34).

Estas palabras nos acercan a la voz histórica de Jesús. Nos recuerdan que el Hijo de Dios no habló una lengua celestial incomprensible: asumió la cultura, las palabras y la manera de expresarse de un pueblo concreto.

El griego: la lengua que llevó la Palabra al mundo

Después de las conquistas de Alejandro Magno, el griego se extendió por amplias regiones del Mediterráneo y el Cercano Oriente. Se convirtió en una lengua internacional comparable, salvando las distancias, al inglés de nuestros días.

Muchos judíos que vivían fuera de Palestina hablaban griego y ya no comprendían suficientemente el hebreo. Por eso, entre los siglos III y I antes de Cristo, las Escrituras de Israel fueron traducidas al griego.

Esta traducción recibió el nombre de Septuaginta o versión de los Setenta, representada habitualmente con el número romano LXX.

La Septuaginta fue utilizada por numerosas comunidades judías y posteriormente por los primeros cristianos. Muchas citas del Antiguo Testamento presentes en el Nuevo proceden de ella o se aproximan más a su redacción que al texto hebreo medieval.

Los libros deuterocanónicos

Algunos libros del Antiguo Testamento católico fueron escritos en griego. De otros sabemos que tuvieron un original hebreo o arameo, aunque solamente se conservaron completos en su traducción griega.

Sabiduría

El libro de la Sabiduría fue compuesto en griego, probablemente en Alejandría. Su autor conoce profundamente la fe de Israel, pero dialoga con la cultura helenística.

Es un magnífico ejemplo de cómo la fe bíblica pudo expresarse mediante las categorías culturales de otro pueblo sin perder su identidad.

Segundo libro de los Macabeos

También fue redactado en griego. Su autor explica que está resumiendo una obra anterior de cinco libros escrita por Jasón de Cirene.

Eclesiástico o Sirácida

Jesús ben Sirá escribió su obra originalmente en hebreo. Su nieto la tradujo posteriormente al griego y añadió un prólogo en el que reconoce las dificultades de toda traducción.

Durante siglos se conoció el libro completo principalmente por su versión griega. Más tarde se recuperaron amplias secciones del original hebreo en la Guenizá de El Cairo, Qumrán y Masada.

Primer libro de los Macabeos

Fue escrito originalmente en hebreo, pero ese texto completo se perdió. Lo conocemos principalmente mediante una antigua traducción griega que conserva numerosas expresiones propias del hebreo.

Tobías

Durante mucho tiempo se conoció principalmente en griego y latín. Sin embargo, en Qumrán fueron encontrados fragmentos pertenecientes a cuatro manuscritos arameos y uno hebreo.

Estos descubrimientos confirmaron la gran antigüedad del libro y muestran que circuló en distintas formas semíticas. Actualmente se considera probable que haya sido escrito originalmente en arameo. Introducción a Tobías, USCCB⁠.

Judit y Baruc

Judit se conserva completo en griego, pero no existe consenso acerca de si fue compuesto originalmente en griego, hebreo o arameo.

Baruc también se conserva en griego, aunque varias de sus secciones parecen reflejar textos hebreos hoy perdidos.

Ester y Daniel

Las Biblias católicas contienen secciones de Ester y Daniel transmitidas en griego que no aparecen en el texto hebreo tradicional.

En Daniel encontramos:

  • la oración de Azarías;
  • el cántico de los tres jóvenes;
  • la historia de Susana;
  • Bel y el Dragón.

La Iglesia reconoce estos pasajes como parte de la Sagrada Escritura, junto con los siete libros deuterocanónicos.

¿En qué idioma se escribió el Nuevo Testamento?

Los 27 libros del Nuevo Testamento fueron redactados, en su forma canónica, en griego koiné.

La palabra koiné significa «común». Era el griego utilizado en la vida cotidiana, el comercio, la administración y la comunicación internacional durante el periodo helenístico y romano.

En griego fueron escritos:

  • los cuatro Evangelios;
  • los Hechos de los Apóstoles;
  • las cartas de san Pablo;
  • Hebreos;
  • las cartas católicas;
  • el Apocalipsis.

Esto no significa que todos sus autores escribieran de la misma manera. Lucas utiliza un griego generalmente cuidado y literario. Las cartas de Pablo muestran una lengua vigorosa y flexible. Hebreos posee una composición retórica particularmente elaborada. El Apocalipsis, en cambio, presenta una gramática peculiar, marcada por el pensamiento y las estructuras semíticas.

¿No fue Mateo escrito en hebreo?

Una antigua tradición, vinculada a Papías de Hierápolis, afirma que Mateo reunió las palabras de Jesús «en lengua hebrea». La expresión podría referirse al hebreo o al arameo.

A partir de este testimonio se difundió la idea de que san Mateo escribió primero su Evangelio en una lengua semítica.

Sin embargo, la mayoría de los investigadores actuales considera que el Evangelio canónico según san Mateo fue compuesto en griego. Entre las principales razones se encuentran:

  • su dominio de la composición griega;
  • su utilización del Evangelio de Marcos en griego;
  • el empleo de citas bíblicas procedentes de la Septuaginta;
  • y la ausencia de un manuscrito antiguo de Mateo en hebreo o arameo anterior al texto griego.

Es posible que Papías se refiriera a una antigua colección de palabras de Jesús, a tradiciones semíticas utilizadas por Mateo o a una obra diferente que no se ha conservado.

Por tanto, lo más prudente es afirmar que el Mateo que forma parte de nuestra Biblia fue escrito en griego, aunque recoge tradiciones nacidas en un ambiente profundamente hebreo y arameo.

¿Por qué no tenemos los originales?

No se conserva la hoja exacta escrita por Isaías, Jeremías, san Pablo o los evangelistas. Los documentos originales, llamados técnicamente autógrafos, desaparecieron debido al uso, la fragilidad de los materiales, las persecuciones y el paso de los siglos.

Lo que poseemos son miles de manuscritos y fragmentos antiguos. Al compararlos, los especialistas pueden reconstruir con gran seguridad el texto bíblico.

Para ello utilizan:

  • manuscritos hebreos;
  • los documentos del mar Muerto;
  • manuscritos griegos;
  • la Septuaginta;
  • la Vulgata latina;
  • versiones antiguas en siríaco, copto, armenio y otras lenguas;
  • citas bíblicas conservadas en los Padres de la Iglesia.

Las diferencias entre los manuscritos son objeto de estudio de la crítica textual. La inmensa mayoría consiste en variaciones ortográficas, cambios de orden, repeticiones o palabras omitidas accidentalmente. Las variantes importantes se señalan habitualmente en las notas de las buenas ediciones bíblicas.

Traducir la Biblia también es evangelizar

Desde sus orígenes, la fe bíblica ha vivido en constante traducción.

La Palabra pasó:

  • del hebreo al griego;
  • del griego y el hebreo al latín;
  • del latín y las lenguas originales a numerosos idiomas;
  • y continúa llegando a los pueblos que reciben la Biblia en su propia lengua.

Traducir no significa traicionar necesariamente el texto. Significa buscar la mejor manera de comunicar en una lengua viva lo que fue expresado en otra cultura y en otro momento histórico.

Naturalmente, ninguna traducción puede reproducir todos los matices del original. Por eso resulta enriquecedor comparar varias traducciones católicas y consultar sus notas.

La Santa Sede insiste en que las traducciones bíblicas deben realizarse, siempre que sea posible, directamente desde los textos hebreos, arameos o griegos. Liturgiam authenticam⁠, 24⁠.

Dios quiso hablar nuestras lenguas

La diversidad lingüística de la Biblia comunica una verdad profundamente cristiana: Dios no desprecia las culturas humanas.

Para revelar su amor utilizó:

  • el hebreo de los profetas;
  • el arameo de pueblos y administraciones;
  • el griego de las ciudades mediterráneas;
  • y posteriormente las innumerables lenguas a las que fue traducida la Escritura.

El Concilio Vaticano II expresa esta realidad mediante una comparación admirable:

«Las palabras de Dios, expresadas con lenguas humanas, se han hecho semejantes al habla humana, como en otro tiempo el Verbo del Padre eterno, tomada la carne de la debilidad humana, se hizo semejante a los hombres» (Dei Verbum, 13).

La Palabra eterna se hizo palabra humana. Entró en nuestra gramática, nuestro vocabulario, nuestras imágenes y nuestra historia.

Un desafío para el Mes de la Biblia

Conocer las lenguas bíblicas nos ayuda a valorar el inmenso trabajo de quienes copiaron, conservaron, estudiaron y tradujeron la Sagrada Escritura.

Gracias a ese esfuerzo podemos escuchar hoy en español las palabras que alguna vez resonaron en hebreo, arameo y griego:

«Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1 Sam 3,10).

Durante este Mes de la Biblia no basta con colocar la Escritura en un lugar de honor. Hay que abrirla, leerla, estudiarla, orarla y convertirla en vida.

Dios habló en hebreo, arameo y griego, pero desea seguir hablando hoy en la lengua de cada pueblo y, sobre todo, en el lenguaje concreto de nuestras decisiones, nuestras obras y nuestro amor.

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